domingo, 5 de junio de 2011

¿No ha llegado el momento de que los argentinos nos convirtamos en "sudafricanos"?

Para quienes no tuvieron la oportunidad de leer la columna de opinión del Dr. Mariano Grondona en La Nación de hoy, se la dejamos a continuación, ya que al final de la misma el columnista toca tema que son caros a nuestro sentir y muy cercano a la propuesta de Pacificación Nacional Definitiva.



De Schoklender a Hebe; ¿de Hebe a Cristina?

Mariano Grondona

Domingo 05 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa de La Nación

En el juego del ajedrez, cuando uno de los contrincantes se halla bajo ataque necesita proteger al rey. Puesto en emergencia por su rival, comprometerá en este empeño todas las piezas necesarias, ya sean los modestos peones, los veloces alfiles, las sólidas torres y hasta la encumbrada dama, para trazar en torno del rey círculos concéntricos de salvaguarda con la esperanza de que, tras asegurar que estos círculos no sean perforados, le llegue el momento de contraatacar. Algo similar ocurre en la lucha política. Cuando el titular del poder se siente acosado, cava en torno de sí una sucesión de trincheras escalonadas que eventualmente podrían ser abandonadas si ésta es la condición para que el adversario no lo hiera en forma directa. En el ajedrez político actual, el poder gira en torno de un rey o, mejor, de una reina, la "reina Cristina". Sin embargo, uno de sus alfiles, Sergio Schoklender, ha sido afectado por serias sospechas de corrupción que, si la justicia se decide a actuar, podrían desembocar en su procesamiento criminal.


También podría decirse que otro de los alfiles del poder, Hugo Moyano, se encuentra en una situación delicada. Después de haber resultado sospechoso en la investigación criminal de los medicamentos adulterados, Moyano viene de sufrir una derrota electoral contundente a manos de Armando Cavalieri, quien, después de retener la mayoría en el vital sindicato de los empleados de comercio, ahora deja ver que los días de Moyano al frente de la CGT podrían estar contados.

Las comprometidas situaciones del "alfil" Moyano y del "alfil" Schoklender, ¿son similares? No lo parece porque, en tanto que el sentimiento de Cristina hacia Moyano es en el fondo hostil y su eventual reemplazo por el amplio arco de enemigos sindicales que éste ha cultivado con imprudencia sería quizá bienvenido en la Casa Rosada, el derrumbe de Schoklender compromete al contrario al "hijo adoptivo" de Hebe de Bonafini, quien a su vez fue declarada "madre adoptiva" por los esposos Kirchner. Ya no estamos hablando aquí, entonces, de meros "alfiles" como Moyano o Schoklender, sino de una torre: la "torre Bonafini". A la inversa de las trincheras relativamente lejanas de Moyano y Schoklender, Hebe representa otra trinchera más inquietante, porque está cerca de Cristina.


Variaciones
Las primeras reacciones del poder frente al caso Schoklender fueron "de manual" ya que, después de tratar de ignorar por breve tiempo el escándalo, algo que demostró ser imposible por la gravedad del caso, concentró la lucha en la trinchera lejana que el administrador de las Madres todavía ocupaba. El mensaje implícito del Gobierno era que sólo nos hallábamos ante un caso aislado de corrupción en el millonario manejo de las obras de vivienda confiadas a Hebe. Esta excusa apenas sirvió para ganar escaso tiempo, primero por las delicadas conexiones del propio Schoklender dentro del aparato del Estado, por ejemplo cuando Marta Cascales, la mujer de Guillermo Moreno, le facilitó una serie de operaciones inmobiliarias que también habrían implicado al funcionario Abel Fatala, y segundo porque Schoklender, al verse amenazado, comprometió a su vez a Hebe al decir que él sólo había sido uno de sus modestos "apoderados". Muchos se preguntaron entonces si, así cercado, Schoklender "prendería el ventilador". A partir de esta pregunta, la espiral de la sospecha pública comenzó a desplegarse.

Sin embargo, los voceros del Gobierno se empeñaron en defender a ultranza a la propia Hebe, cual si encarnara por sí sola el símbolo de todas las Madres. Pero la actuación de Hebe como favorita del Gobierno, ¿agota acaso la profunda significación moral de las Madres? En ningún momento, ni en el oficialismo ni en la oposición se ha pretendido cuestionar el movimiento de reivindicación que ellas representan en defensa de las trágicas víctimas del terrorismo de Estado. Es un precepto ampliamente compartido en nuestro sistema político de que "a las Madres no se las toca". Este precepto que la inmensa mayoría de los argentinos comparte, ¿cubre acaso a la propia Bonafini o ella es, al contrario, una lamentable excepción?


Hubo desgraciadamente una multitud de madres en los trágicos años setenta. Muchas de ellas vieron cómo mataba a sus hijos el funesto terrorismo de Estado. No todas ellas militaron, empero, en las Madres de Plaza de Mayo. Tal fue el caso, por ejemplo, de Graciela Fernández Meijide. Y hubo también otras Madres, las de los hijos abatidos por la subversión terrorista, de las cuales poco y nada se habla. ¿No habría que cubrirlas también a ellas, a partir de hoy, con el manto de la misericordia? La propia Hebe prolongó su simpatía por el terrorismo subversivo más allá de los años setenta, por ejemplo cuando alabó encendidamente el  atentado de Ben Laden contra las Torres Gemelas en el año 2001.



¿Toda la verdad?
Cuando, inspirada por Nelson Mandela, la flamante república sudafricana decidió superar las terribles violaciones de los derechos humanos que se habían cometido en ella, invitó a todas las partes que se habían enfrentado sin piedad a confesar sus delitos a cambio de una amnistía general. Así lo hicieron los sudafricanos blancos y negros, y obtuvieron como premio la democracia y la pacificación. Este egregio ejemplo, ¿sería inalcanzable para nosotros? Casi un millar de militares están hoy presos, muchos de ellos sin proceso. Pero ni ellos ni los que practicaron no ya el "terrorismo de Estado" sino el puro y simple "terrorismo contra el Estado", se han "confesado" como querría Mandela. ¿No ha llegado el momento de que los argentinos nos convirtamos en "sudafricanos"?



En los años setenta, miles de jóvenes civiles y militares fueron arrastrados por la utopía de la violencia. ¿Quiénes los habían tentado? Aquellos que alegremente incitaron a los militantes de uno y de otro bando a asomarse a las fantasías revolucionarias o contrarrevolucionarias, ¿no guardan en sus almas, todavía, las semillas del arrepentimiento? Cuando un adulto de cualquier signo instala en jóvenes inmaduros una versión maniquea de la realidad, ¿no se da cuenta de que, al hacerlo, si bien él mismo no tomará el fusil esos jóvenes lo harán? La mecha encendida por algún adulto puede convertirse, en manos juveniles, en un arma letal. ¿No es esto lo que pasó, precisamente, entre nosotros? Pero ¿se ha instalado acaso en los que instigaron a los jóvenes a la violencia una seria autocrítica acerca de la masacre que precipitaron? Los padres, los maestros, los formadores de los jóvenes de los años setenta y sus continuadores de hoy, ¿no debieran hacerse esta pregunta, al menos en el silencio de sus conciencias?

Quien sí se la hizo, en plena guerra interior, fue el padre Carlos Mugica. También él, llevado por un celo extraordinario, influyó en la formación de cientos de jóvenes que al fin deformaron su inspiración, que era eminentemente religiosa, llevándola al terreno de la lucha armada. Pero Mugica, que era un hombre de Dios, al fin cayó en la cuenta del peligro que, sin proponérselo, había generado. Pero en 1974, cuando quiso volver sobre sus pasos en busca de la reconciliación, cayó bajo las balas de la intemperancia después de celebrar misa. Fue velado por sus villeros y por otros a quienes nos honraba con su amistad. Mugica podría haber sido un Mandela criollo en demanda no ya de ésta o de aquella verdad parcial, alimentadas por el fanatismo o por el oportunismo, sino de toda la verdad de lo que pasó entre nosotros, la única que podría devolvernos el futuro al que seguimos ignorando.

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