lunes, 17 de octubre de 2011

Dad al César lo que es del César

Sermón pronunciado por un sacerdote católico en el día de ayer en su iglesia. Muy cercano a nuestra realidad cotidiana.


Domingo 16 de octubre de 2011

Introducción

El Evangelio del día trata sobre la virtud de la obediencia.
A nuestro Señor le plantean lo que en lógica se llama un “dilema”, es decir, un razonamiento del cual no se puede salir airoso sin caer en la respuesta que desea que dé el interlocutor.
Le preguntaron si era lícito pagar tribu­to al César. Cristo salió airoso sin definirse en materia de política. Si Cristo hubiese dicho:
Le preguntan:

- ¿Hay que pagar o no el impuesto al César?

(Es como si le hubiesen dicho: “¿Qué opina?¿hay que pagar o no la deuda externa?”)

Si su respuesta era como la de nuestros gobernantes, es decir, si hubiese dicho:

- “Claro…, obvio, el Emperador de Roma es nuestro soberano legítimo”, los judíos lo hubiesen tildado de traidor a la Patria. Para los judíos Israel sólo pertenecía a Yavéh.

En cambio, si hubiese dicho:

- “No hay que pagar un comino porque son unos imperialistas que nos están subyugando, lo hubiesen acusado de sedicioso, de revolucionario… como luego hicieron luego (“Este se niega a pagar el tributo al César”..., decían ante Pilatos el Jueves Santo).
Cristo, que también era profesor de Lógica y conocía de dilemas, salió con elegancia del brete; se hizo mostrar una moneda (no la tocó, mal que les pese a los banqueros) y diciendo como si no entendiera dijo:

        ¿Quién es éste chango?
  El César de Roma – le respondieron (se trataba de una moneda que tenía la cara del emperador).
        “Dad entonces al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Y todos quedaron en Babia…


1.                 La obediencia y el poder

El hombre, como enseñaba el gran Aristóteles, es una “animal político”, es decir, un animal que se realza en la polis, en la ciudad, y que, por lo tanto, necesita de sus semejantes para vivir; pero al igual que un barco, que si no está bien dirigido para llegar a tierra puede naufragar, hay en la naturaleza humana una necesidad de ser regido para los fines que son comunes, de ahí que necesitemos del poder, como emanado de la misma naturaleza humana, para que se nos rija y no naufraguemos.
Es por esto que el cristiano debe obedecer a las autoridades legítimas.

Cristo mismo quiso obedecer incluso a las pequeñas cosas:

-         Pagó el impuesto del templo
-         Dijo que pagaran el impuesto al César, etc.

Es que la desobediencia es hija de la soberbia, y como ella, es la raíz de la perdición; porque en definitiva, todo pecado es una desobediencia.
Por ello incluso los príncipes de los apóstoles mandaron la obediencia a los príncipes seculares legítimos, incluso si no son cristianos; porque, como decía San Pablo: “toda autoridad viene de Dios”, es decir, que el hecho de ser regidos es natural al hombre y como Dios es autor de la naturaleza, Dios también es autor de la autoridad.


Pero todo tiene un límite:

Los límites de la obediencia son la caridad y la prudencia. No se pue­de obedecer contra la caridad, es decir, en contra de Dios: en donde se ve pecado, aun el más míni­mo, hay que detenerse, porque “el que despreciare uno de los preceptos estos mínimos, mínimo será llamado en el Reino de los Cielos”. Y no se puede obedecer una cosa absurda; porque “si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo[1].
Es más, existe incluso la doctrina católica acerca de la tiranía que es lícito y aun obligatorio –para el que puede– levantarse contra ella y deponerla, como ha sucedido en la Guerra de la Vendée, en la Guerra Civil Española y en nuestro continente en la llamada “Guerra de los Cristeros”, en Méjico.

2. Obedecer a Dios antes que a los hombres

Cuando San Pedro y otros apóstoles fueron llevados después de la muerte de Jesús al Sinedrio, los sumos sacerdotes, las “autoridades” de la época, les dijeron:

- «Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina».
- Pedro y los apóstoles contestaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»[2].

Pero… ¿no hay que obedecer a la jerarquía? Sí, pero antes hay que obedecer a Dios…
Y cuando se atacan los derechos de Dios, no hay derecho que valga.

Ejemplos:

Voy a poner ejemplos porque si no a los curas nos dicen que hablamos en el aire

  • La verdad: Si el César enseña mentiras históricas por medio de la TV, si el César me quiere imponer un pasado para dominar el futuro, como Dios es la Verdad, no puede obedecer al César si va contra la Verdad  (verdad histórica, verdad moral o verdad teológica)
  • Si el César me quiere imponer “conductas” que van contra la ley de Dios, como matar al inocente (eutanasia o aborto) o me dice que todas las religiones son iguales o hacerme creer que la vida es “pan y Circo”, entonces digo no: Antes hay que obedecer a Dios que a los hombres.

Y ese César puede ser cualquiera que ostente un cargo de gobierno: no sólo fuera de la Iglesia, sino incluso dentro.
Si, como sucedió el fin de semana pasado, en el “Encuentro de mujeres auto-convocadas”, el obispo de Bariloche las obligó a las mujeres católicas que no defendieran la catedral contra las hordas de travestis, lesbianas, etc., había que decirle como los apóstoles le dijeron al Sinedrio: “antes obedecer a Dios que a los hombres”, porque sus palabras no vienen de Dios.
Si no hubiese sido así, entonces no tendríamos mártires en la Iglesia

  • La Educación: si el César dice que debo enseñarle a mis hijos lo que el gobierno manda en la revista titulada “Educación sexual integral” que tengo en mis manos, donde se enseña, por ejemplo…: que hay que masturbarse cuantas veces uno quiera porque “hay que respetarles esos espacios de intimidad… y no están haciendo nada indebido” (pág. 8) o que tengo que enseñarles que “es un derecho humano decidir cuándo iniciar sus relaciones sexuales” (pág. 23) o a conseguir métodos anticonceptivos y abortivos para no tener ese “embarazo no deseado” (pág. 25) o que tengo que enseñarle con dibujitos y todo cómo colocar un preservativo, un diafragma, un DIU, etc. (pág 27) (ojo: ¡con dibujitos y todo) o que “hay distintas maneras de vivir la sexualidad” (pág. 34-35) y que uno puede amar a quien quiere, como quiere, donde quiere…), etc.

Cuando me pasa todo esto, hay que recordar esto: Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, y en este caso, lo que hay que darle al César es una buena patada en el traste y educar a los hijos como Dios manda.


Conclusión

Me dirán que  la cosa está difícil, que el César ataca por todos lados y que cada vez es más grande el Imperio que posee; no lo niego. Para poder dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, hace falta tener algo de Quijote, de héroe, en fin de santo.
La cosa no está fácil; hay que rezar y trabajar, militar y meditar, hay que luchar para instaurar los derechos de Dios y no doblegar por las malas leyes del César, y esto “aunque vengan degollando”.
Hay que decir con el poeta que Dios nos ayude y nos libre de ellos para que:

De rudos malsines,
falsos paladines,
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, Señor![3]
 
A César lo que es de César, pero antes, a Dios lo que es de Dios…


[1]–¿Se puede obedecer un mandato absurdo? Materialmente se puede a veces, he­lás, pero ningún voto religioso obliga per se a tal cosa, “status enim religiosas est status rationalis, non irrationalis” (cf.: A. Ballerini, Op. Theol. Mor., val. fo, Nº 130).
[2] Hechos 5, 28-29.
[3] Rubén Darío, Letanía a nuestro señor Don Quijote.

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