martes, 31 de julio de 2012

¿Ingenuidad o hideputez?


La comparación de ETA y las Brigadas Rojas con el terrorismo argentino.
La falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la siguen
arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan
cuenta del engaño ya es demasiado tarde.
Miguel de Cervantes Saavedra
El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Desde la terminación de la guerra contra la subversión comenzaron a oírse voces, primero tímidamente, que en su afán de minar la actitud de las Fuerzas Armadas y de Seguridad en la guerra contra la subversión propugnaban que estas debieron haber circunscripto su accionar a las leyes y usos judiciales. Como prueba liminar sostenían que tanto Italia como España habían vencido a sus organizaciones terroristas ETA y Brigadas Rojas con el peso de la justicia y no con el uso de la violencia.


No hay, ni habrá jamás en mi ánimo hacer la defensa de esa estupidez llamada Proceso de Reorganización Nacional que no reorganizó nada, que se demostraron incompetentes para mejorar la condiciones de producción tanto agrícola-ganaderas como fabriles y mejorar, aunque fuera manu militari mediante, las condiciones de salud y de educación de la sociedad argentina en general.

Pero estoy como siempre de corazón con aquellos que teniendo en ese entonces entre 23 y 45 años llevaron el peso de una guerra para la que nadie los había preparado y en la que perder la vida era para ellos sólo una contingencia menor pues dada la manera como el terrorismo la había planteado eran conscientes que si algo saldría lacerado de ella eran sus almas.

Algún día, ya acallados los ánimos, no será difícil demostrar que quien dirigió el PRN era el general equivocado en el lugar y momento erróneo, pero eso ya fue y llorar sobre la leche derramada no lleva a nada.

Tampoco es este escrito un intento de rasgarse las vestiduras y pedir disculpas por como se llevó la guerra en esa urgencia producto del desconocimiento del enemigo y su modus operandi. Era la guerra contra el terrorismo, no la carga de la Brigada Ligera en Balaklava y para entender que es la guerra contra el terrorismo nada mejor que meditar sobre un par de  frases; la primera de Ari Sharón, General israelí, que de contraterrorismo sabía mucho: “Si no comprendemos que la guerra contra el terrorismo implica en muchos momentos el uso de la crueldad, nuestro horizonte es la derrota.”, también, como complemento a esto, conviene recordar una frase de Rodolfo Galimberti, jefe de la JP y oficial montonero: “La tortura es una anécdota. Cualquiera es capaz de torturar en una situación extrema. Si ellos hubieran peleado con el Código bajo el brazo, perdían la guerra.”.

 Solo los estúpidos o los malintencionados pueden negar hoy que el objetivo manifiesto de las organizaciones terroristas era crear un estado remedo de la Cuba castrista. Entonces, lo importante, es que la guerra se ganó y, al menos hasta hoy, hemos zafado de ser Cuba.

Es cierto que para la sociedad argentina -puta barata del “animémonos y vayan”- que antes del 24 de marzo se había llenado la boca pidiendo cadalsos públicos en las plazas de la República para los terroristas encontrarse frente a una pena de muerte, firmada, sellada y ejecutada, hubiera sido demasiado para su inaudita cobardía. Era mejor creer que un toque de varita mágica y no una bala había terminado con una vida. Por eso, esa magistral gansada que alguien dijo: “¿Qué es un desaparecido?, ...es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”. Fue recibida por los argentinos, calladamente, pero con un regocijo interior porque los eximía de las muertes que otrora habían pedido, ya que hay una realidad que nos hemos esforzado en ocultar laboriosamente y es que todos sabíamos que era lo que sucedía. Quien diga que desconocía las acciones que la guerra sucia imponía miente con descaro y alevosía.

Cuando el proceso, enredado en sus estupideces maniqueas y jaqueado por los errores cometidos en sus políticas sociales y económicas comenzó a hacer aguas también empezaron a aparecer los que de golpe descubrían el “paraíso jurídico” que en perversa liviandad juraban haber defendido siempre y que, como “defensores de la libertad y de la democracia” el ejemplo que se les había negado era la manera en que España e Italia habían vencido- ¿vencido?- al terrorismo. Ingenuidad o falacia que nos lleva al meollo del asunto, el de los necios o malparidos que se llenan la boca con lo bien que hicieron las cosas españoles e italianos.

En Argentina, según Caparrós y Anguita, a quienes no se puede acusar de criptoprocesistas “La organización Montoneros tenía de 5.000 a 10.000 combatientes y milicianos. Sus simpatizantes eran muchos más.”(1)  Por otra parte, el ERP (ejército revolucionario del pueblo) si bien tenía menos combatientes, pero mejores organizadores, urdió un excelente plan para tomar el monte tucumano y de allí intentar el control militar del noroeste argentino. Los primeros intentos de dominar este foco insurrecto por medio de la Policía Provincial y la Federal fracasaron y si no se hubiera tomado la decisión de contrarrestar la iniciativa de la guerrilla troskista sumando al Ejército a la lucha en el monte es probable que el ERP -estaba en sus planes- hubiera declarado al monte tucumano zona independiente y beligerante buscando un reconocimiento internacional que a no dudarlo lo hubiera conseguido tanto en Cuba como en muchas naciones asiáticas y africanas.

El grado de preparación y el armamento empleado, por ejemplo en el monte tucumano y en el intento de copamiento del Regimiento 29 de infantería de monte, dan prueba de ellos. Habían pasado las “orgas” terroristas, de cometer atentados y asesinatos selectivos a acciones militares perfectamente planificadas.

En Italia el terrorismo se llamó, Brigate Rosse. Fundadas en 1969, recién se volvieron operacionales, a nivel terrorista, en 1974 y hasta sus últimas acciones en 1987, su palmarés de muertes como medio de sembrar el terror no fue para nada espectacular; estos no pasan de cincuenta y siete asesinados, entre secuestrados y carabineros y policías muertos en enfrentamientos. Una modesta marca  de 4,4 muertos por año de operación.

Comenzaron con secuestros express siguiendo luego con el “recurso” de disparar a las rodillas de los condenados por la “justicia proletaria” y terminaron asesinando a Aldo Moro y al Juez Francesco Coco pero jamás, ni aun en su mejor momento, cuando secuestraron al Juez Mario Sossi, contaron con más de sesenta combatientes que, entrenados en Irlanda o en Libia, servían más para asesinar en emboscadas que para organizar alguna operación militar de fuste. Si algo recibió con beneplácito el estado Italiano fue la aparición de estos grupúsculos terroristas con pretensiones de revolucionarios sociales que le servía para ocultar su intrínseca corrupción y hacer humo sobre la guerra entre la‘Ndragheta y la Cosa Nostra Siciliana que tratando de hacerse con el botín que configuraba el tráfico de drogas desde África del Norte, habían dejado algo más de 400 cadáveres entre 1973 y 1977 en las ciudades del sur italiano.

La represión a las Brigadas Rojas fue más que fácil. Desde 1974 las desavenencias internas entre los grupúsculos de la izquierda terrorista habían dado lugar a un muy desarrollado sistema de delaciones, traiciones y ajustes de cuentas lo que facilitó la detención o la eliminación de los integrantes de él. Nunca se sabrá cuantos brigadistas muertos entre 1972 y 1981 lo fueron por el Servicio Secreto, la Policía, los Carabinieri, por los neofascistas de Ordine Nero, por los grupos católicos de Comunione e Liberazione o por ellos mismos en sangrientas purgas. Finalmente, con más pena que gloria las Brigadas Rojas terminaron diluyéndose en una nada total.

El caso español se diferencia del italiano en el hecho que la ETA duró más tiempo. Fundada en 1958, en plena época del Generalísimo, debutaron el 27 de junio de 1960 asesinando, bomba mediante, a Begoña Urroz Ibarrola de dos años de edad. Su organización en células minúsculas y volcada a acciones tipo comando, apoyada por organizaciones de masa al estilo de Herri Batasuna jamás consiguió, pero tampoco intentó, otra cosa que aterrorizar a los españoles. Aún menores en número que las Brigadas Rojas pese a tener en determinados momentos un  apoyo de masas importante nunca se les ocurrió a ellos, los “independentistas vascos” organizar una guerra de guerrillas que mediante acciones militares crecientes buscaran la independencia de Euzkadi. Tenían el apoyo de una parte del País Vasco, una geografía que ayudaba y la posibilidad de conseguir armas en un mercado que rifaba AK–47. No, lo suyo era hacer tiro al blanco contra guardias civiles, militares, empresarios vascos que se negaron a pagar el “impuesto revolucionario” y en los últimos tiempos a liquidar concejales del PP y del PSOE, nativos de Euskal Herría, que estaban abrumados por el desquicio que este grupúsculo representaba. Siempre lo suyo fue el asesinato serial y el negocio que ello conllevaba.

En esto reside la diferencia que no quieren ver aquellos que al ritmo de una cumbia villera  titulada “lesa humanidad” hoy creen que los gobiernos de España e Italia hicieron algo más que dejar morir vilmente a sus ciudadanos. Enfermos de juridicidad nos quieren hacer creer que en Argentina se pudo haber hecho lo mismo y aquí estriba la mala leche de estos bellacos hideputas, porque cabe preguntarse: después del asesinato del Juez Quiroga, ¿Cuantos jueces se hubieran animado a dictar sentencias a los integrantes de las “orgas” terroristas?

Esta es la realidad argentina. Quienes niegan que hubo una guerra cruel, cafishios de un relato amañado, lo hacen porque se han permitido borrar la parte de la historia que nunca les convino. El terrorismo en Argentina controló, si bien efímeramente, parte del territorio nacional, asaltó regimientos con la intención, no solo de hacerse de armamentos y municiones, sino también de aniquilar fuerzas combatientes.


Y mató, mató mucho más que lo que en promedio anual mataron los terroristas vascos e italianos.

JOSE LUIS MILIA
Josemilia_686@hotmail.com

1). La voluntad, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós

 Non nobis Domine, non nobis, sed Nomine Tuo da Gloriam



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