domingo, 23 de diciembre de 2012

DECLARACIÓN DEL INSTITUTO DE FILOSOFÍA PRÁCTICA ACERCA DE UN PREMIO, LA SENSATEZ Y LA INSENSATEZ.


I

Festejo en Suecia”, así titula un matutino la recepción por dos sonrientes Amado Boudou y Aníbal Fernández, en Estocolmo, del premio otorgado a nuestra presidente por la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Trans e Intersex (La Nación, 13/12/2012), sin ningún comentario que lo alabe o repruebe, ni siquiera el viaje, inútil para las finanzas públicas, de estos dos personajes, cuando la distinción podría haberla recibido el embajador. La premiada habló por videoconferencia para prometer: “Seguiremos luchando contra quienes quieren penalizar a los que piensan o quieren vivir diferentes”.

A su vez el mismo día, en el mismo diario, aparecen unas declaraciones del presidente ruso Vladimir Putin, quien exhorta a sus compatriotas a tener más hijos, para “conservar su identidad nacional y no perderse como nación”, agregando: “si queremos ser fuertes, debemos ser más y mejores”.

El primero es un premio a la insensatez; las manifestaciones del segundo, más allá de lo que podamos objetar de otros capítulos de su política, interior y exterior, son expresión de sensatez.

II

Sabemos que la prudencia es la primera de las virtudes cardinales y que una de sus especies es la prudencia política, que reside en forma arquitectónica en el gobernante y en forma obediencial en el gobernado.

Una de las virtudes anexas a la prudencia se denomina “synesis” o buen sentido moral. Según Santo Tomás, ella importa “un juicio recto sobre las acciones particulares” y que “se llama ‘asyneti’ o insensatos a los que carecen de dicha virtud” (Suma Teológica, 2-2 q. 51, a. 3).

Rusia y la Argentina tienen problemas análogos: “grandes territorios, insuficientemente poblados”. Y los gobernantes ante estos problemas tienen que tener criterios sensatos, racionales, que guíen a las leyes: fomentar la población, poblar a Rusia con rusos y a la Argentina con argentinos.

Señala Santo Tomás en el texto citado que “el juicio recto consiste en que la inteligencia aprehenda las cosas tal como son en sí mismas. Esto se da cuando está bien dispuesta, como un espejo en buenas condiciones reproduce las imágenes de los cuerpos como son en sí mismos, mientras que, si falta esa buena disposición, aparecen en él imágenes torcidas y deformes. La buena disposición de la inteligencia para recibir las cosas tal como son en sí mismas proviene radicalmente de la naturaleza”.

En este tema Putin tiene un juicio recto y practica una parte de la prudencia que es la providencia, se anticipa al futuro, teme la desaparición de la nación rusa si no se cambia el rumbo y ordena los medios para ello. Lamentablemente, nuestra presidente no, porque su inteligencia no está bien dispuesta, sus imágenes son torcidas y deformes y ha cortado su relación con la naturaleza, corte que es la razón de este premio. La providencia o previsión se ocupa de “los futuros contingentes, en cuanto a ordenables por el hombre al fin de la vida humana” (Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 49 a.6)

III

El  premio a la esterilidad y la preocupación por la fecundidad nos conducen a ocuparnos de la cuestión demográfica. Como este tema es primordial, esencial, básico, no interesa en general a nuestros políticos ni a nuestros periodistas, entretenidos en chismes, habladurías de conventillo, prebendas, viajes, elecciones, reelecciones. A ellos nada de lo superficial les es ajeno; sí todo lo que haga a cuestiones de profundidad y de supervivencia nacional.

El mandato del Génesis: sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra (1, 28), sigue vigente. Pero ante tantas tesis alarmistas por la llamada “explosión demográfica”, ¿habrá sido el Creador un irresponsable? ¿Se habrá ocupado del sustento de las aves del cielo y del vestido de los lirios del campo, abandonando a la única criatura terrestre creada a su imagen? Evidentemente, no, porque los problemas del hambre y la miseria no surgen de la falta de recursos sino de una mala administración y distribución.


El inglés Peter Bauer, profesor emérito de Desarrollo Económico de la Escuela de Economía de Londres, escribe con sensatez: “la población es un triunfo de la vida sobre la muerte. Se trata de una bendición y no de una calamidad. Casi todas las personas prefieren vivir más tiempo y que sus hijos también vivan más” (Apuesta a la inteligencia, La Nación, 11/9/1995).

Es necesaria una política de población. Es un asunto de los Estados, no sólo de las familias, aunque sea necesario cuidar a las últimas para que puedan crecer y desarrollarse. Como bien señala Anselm Zurfluh: “El Estado nunca es neutral, siempre está poniendo en práctica una determinada política. Unas veces lo hace a favor de la vida y otras en contra” (¿Superpoblación?, Rialp. Madrid, 1992, p.146).

Entre nosotros el Pbro. Rafael Braun, desde un enfoque privatístico, entiende la cosa de manera diferente: “no incumbe al Estado favorecer una alta tasa de natalidad ni propender a que sea baja, porque es resorte propio de las familias” (La Prensa, 4/10/1992).

Como en otras cosas, aquí se equivoca, porque tal vez no entienda, que uno de los primeros objetivos que debe perseguir el Estado es el de conservar el pueblo a través de la sucesión de las generaciones, pues como advierte Santo Tomás, “el bien de la multitud no debe ser establecido solamente por un tiempo, sino para que él se prolongue, en cierta manera, siempre. Y como los hombres son mortales, ellos no pueden durar siempre” (El gobierno de los príncipes, L. I, C. XV).

IV

Los argentinos somos pocos y mal distribuidos. Nuestra población crece a una tasa anual inferior a la media mundial y cada vez más lentamente. Según el último censo somos 40.117.096 habitantes, cuando en 1991 éramos 32.615.528.

La densidad de la población argentina es de 12,9 hab/km2, sin incluir a la Antártida, mientras que la media mundial es de 44.

A la elevada concentración en áreas urbanas se unen los grandes vacíos demográficos. En el 37% del territorio vive el 1% de la población, y así, mientras la Ciudad de Buenos Aires tiene casi 14.000 hab/km2, la Provincia de Santa Cruz tiene 0,8. Es un caso de macrocefalia, de una cabeza desproporcionada con relación al cuerpo.

En la Argentina hace mucho tiempo que ningún gobierno constitucional o de facto se tomó el asunto en serio y por eso ya en 1992, el director del Departamento de Matemática de la UCA, Juan Carlos Auernheimer, señalaba que “casi ochenta años de ausencia de políticas demográficas efectivas han culminado en una endeble ocupación del territorio nacional”, augurando que han de aumentar “las presiones demográficas sobre las fronteras argentinas, especialmente con los países del Brasil, el Paraguay y Bolivia”.

Han pasado veinte años y esa ausencia continúa, mientras se han dictado leyes que se burlan de las exigencias de la naturaleza humana y se suman a la campaña internacional contra la natalidad.

V

Con motivo de la Conferencia de las Naciones Unidas que se reunió en El Cairo en 1994, Mariano Grondona escribió en La Nación un artículo titulado A la sombra de Malthus” (4/9/1994); en él se refiere a los temas que se abordarían: “todos situados en la encrucijada de nuestro futuro demográfico: la anticoncepción, el aborto, la homosexualidad y el feminismo… Esos temas dividen las aguas entre las dos corrientes que chocarán en El Cairo: los liberales y los conservadores”.

En su simplismo periodístico Grondona señala dos palabras claves que serán el eje de la división: población y desarrollo, y pontifica: “desde el punto de vista liberal, la que cuenta es desarrollo”, en cambio, “desde el ángulo de mira conservador, la palabra que cuenta es poblaciónlos conservadores sostienen que el desarrollo es para la población y que privar a 1200 millones de personas del banquete de la vida previniendo nacimientos que de otro modo ocurrirían, supone de por sí un estrepitoso fracaso en la administración de los recursos de la tierra”.

Luego, sin la más mínima inquietud moral y con una aviesa adulteración del interés nacional, escribe: “la mayoría católica de los argentinos apunta hacia la dirección conservadora. Una consideración pragmática del interés nacional apuntaría en dirección contraria”.

Más adelante, esgrime sus razones que avalarían nuestra adhesión a la política mundialista, enemiga de la natalidad, razones elaboradas por Grondona y política aplicada por nuestro gobierno actual: “dueño de uno de los grandes espacios vacíos del planeta y poseedor de una baja tasa de natalidad, casi de tipo europeo, nuestro país no podría ver con buenos ojos una explosión demográfica en otras latitudes, con potencial desborde hacia nuestras desérticas playas. Desde un ángulo de visión global, la Argentina es una inmensa estancia poco poblada y poco productiva. Un latifundio. Un vacío que otros pueblos prolíficos y hambrientos, en el futuro podrían reclamar”.

El diagnóstico es verdadero, pero la solución es falsa; es inmoral y antinacional. Lo que debemos hacer es sencillo y constituye todo un programa de gobierno: aumentar la tasa de natalidad, poblar la Argentina, en primer lugar con nuevos argentinos, y en segundo lugar, con inmigrantes deseosos de trabajar y de asimilarse, respetuosos de nuestra idiosincrasia; producir más a partir de los recursos naturales que tenemos, incrementar la agricultura, la ganadería, la pesca y la minería; promover una redistribución sensata de la población, fundar nuevos pueblos y ciudades, mejorar los transportes y las comunicaciones. Entonces, dejaremos de ser pocos y mal distribuidos. Entonces, la Argentina dejará de ser un latifundio, una estancia nada poblada y poco productiva. Entonces no ofrecerá espacios vacíos que otros pueblos puedan reclamar.

VI

Y esto ¿cómo se hace? En primer lugar, con una sana política familiar, que vuelva a valorizar el matrimonio, que ayude a la mujer embarazada, que premie a la maternidad, que apoye a la familia numerosa, que establezca un razonable salario familiar, que consagre el sufragio familiar, postulado por Martín Aberg Cobo, o sea que el padre tenga tantos votos como hijos varones tenga a su cargo y la madre lo mismo respecto a sus hijas mujeres (Reforma electoral y sufragio familiar, Kraft, Buenos Aires, 1944); sólo entonces votarán todos los argentinos; en segundo lugar, con una política económica que estimule el desarrollo y el incremento de la producción, una política económica en la cual los Bancos y las finanzas vuelvan a tener el lugar subordinado que les corresponde; en tercer lugar, con una política geográfica que estimule el nacimiento de nuevos centros de población en el interior, que vigorice a los que languidecen y se encuentran en vías de extinción, que revierta el proceso de abandono actual.

El final de esta Declaración vuelve a su principio: si queremos conservar la identidad de nuestra patria “debemos ser más y mejores”, afirmó el presidente ruso en las antípodas del ideólogo Grondona y de su realizadora Cristina Kirchner.

No sólo ser más, sino también mejores. Aquí se unen lo cuantitativo y lo cualitativo. Necesitamos hombres buenos, que realicen su vida el imperativo de la heroica ética de Píndaro: “Llega a ser el que eres”. Porque el hombre al existir, lo hace con una peculiar naturaleza que le marca su deber ser. Necesitamos hombres mejores, que a través de sus actos cotidianos practiquen las virtudes y huyan de los vicios. No hombres peores, que vivan “diferentes”, en rebelión permanente contra la ley natural moral y la ley divina positiva. Con hombres mejores, prudentes, justos, fuertes, temperantes, pacientes, respetuosos, agradecidos, generosos, veraces, laboriosos, magnánimos, sacrificados, caritativos, tendremos una sociedad mejor. 

El título de nuestra presidente para merecer el premio recibido en Suecia, es la burla al orden natural que se expresa en sus actitudes, en muchas leyes que promulga, en los proyectos que patrocina. Pero la Argentina no tiene futuro si no vuelve al orden natural. Porque como bien se ha dicho: Dios perdona, el hombre olvida, pero la naturaleza no perdona ni olvida.

Buenos Aires, diciembre 19 de 2011.

Juan Vergara del Carril                          Bernardino Montejano
        Secretario                                             Presidente