sábado, 29 de diciembre de 2012

POLÍTICOS DEL PRIMER MUNDO Y OTROS

OPINIONES PUNTO DE VISTA

28.12.12
MAURICIO ORTIN

Como con los árbitros de fútbol, los mejores presidentes de un país son los que pasan desapercibidos. 

El protagonismo desmesurado y obsesivo de los populistas y/o totalitarios encubre, por lo general, la campaña de lanzamiento permanente en la que se hallan inmersos. De tanto esquivar el debate público se hacen adictos al monólogo. Eliminan las conferencias de prensa de la agenda y, a cambio, ofrecen patéticos discursos a funcionarios (todavía más patéticos) que aplauden y festejan cualquier ocurrencia, por disparatada y ridícula que sea, del que tiene “la sartén por el mango”. 

Duele ver a gobernadores, intendentes, jueces, legisladores, etc. haciendo el papel de “lamebotas” del presidente de turno (un amigo dice “que, aún más, duele ver que los lamebotas ganan elecciones. ¿Será que los lamebotas son mayoría?”.

El verdadero “proyecto” del totalitario es conquistar y mantenerse en el poder. Lo demás es cháchara. El tan cacareado “bien común” no figura ni último, en su orden de prioridades. Si no fuera así, ellos mismos propondrían la imposibilidad de la reelección presidencial; es inverosímil que ignoren las ventajas de la alternancia en el poder. 

Al respecto, el caso del ex presidente de Chile, Patricio Aylwin, bien nos ilustra. A este señor, cuando se cumplía su mandato, “sacristanes más papistas que el Papa”, pretendieron convencerlo para que, desde el poder, modificara la Carta Magna, con el objeto de incluir la reelección presidencial, y se presentara para un segundo mandato. La negativa airada, absoluta e indignada del patriota chileno, Aylwin, ante semejante propuesta abortó cualquier intento futuro de insistir sobre el asunto. Los presidentes trasandinos democráticos parecen cortados por la misma tijera. Parcos, aunque amables; hacen de la prudencia un culto. Refractarios a las escenas melodramáticas, no se muestran como víctimas ni victimarios de nadie. No son sus discursos una grotesca mezcla de supuestos logros de gestión, junto a imprecaciones contra los que piensan distinto, seguida del autoelogio. Tampoco, trazan una línea que marque un antes y después de su gestión revolucionaria. Nada de eso, gobiernan como aquel ciudadano que tiene la responsabilidad de administrar algo que no es suyo. El contraste es indisimulable. El protagonismo desmedido del gobernante es un decidido paso al umbral fascista del culto a la personalidad y una pésima señal para la propiedad privada y la libertad de los ciudadanos.

Cuánto hay para aprender del Primer Mundo! ...Y pensar que está ahí nomás, a la vuelta de la esquina. Sí, ahí; del otro lado de la cordillera.