martes, 25 de junio de 2013

LA BALA QUE NO LES ENTRA


"Debéis saber que hay dos modos de combatir:
uno, con las leyes; el otro, por la fuerza.
El primero es natural del hombre;
el segundo, de los animales.
Como el primer modo no siempre es suficiente,
conviene utilizar el segundo."
Niccoló Macchiavelli- “Il príncipe”; cap. XVIII

Si alguna vez se escribe la historia de estos diez años, la malhadada “década ganada”, la mitad de ella deberá versar sobra la inutilidad de los políticos opositores, un cuarenta por ciento sobre las cualidades negativas de la sociedad argentina y el resto y en tres páginas se puede escribir la hoja de ruta del exitoso latrocinio que viene sufriendo la República.

Hablar de este saqueo no es un tema menor. Baste sólo como ejemplo lo que el campo, en diez años, le entregó al Gobierno nacional en retenciones antes de impuestos. No menos de 87.000 millones de dólares. Con esta suma se podrían haber hecho 11.600 kms. de autopistas, o hacer el ferrocarril transpatagónico y renovar a nuevo el material rodante de todos los ferrocarriles. Este dinero también equivale a 20.800 escuelas o a 250 hospitales de alta complejidad. La respuesta del “modelo” a esta contribución son 76.800 muertos en accidentes viales, 72 muertos en accidentes ferroviarios y trenes destruidos, ocho chicos por día que no llegan al año de vida por desnutrición y un millón de jóvenes que ni estudian ni trabajan y que han abandonado la escuela, las ilusiones y cualquier posibilidad de futuro.

Decir que estos diez años perdidos no se deben a los saqueadores sino a quienes se dejaron saquear mientras contaban vidrios de colores y espejitos es una verdad de Perogrullo. Ese noventa por ciento de una historia que, cuéntese como se cuente siempre será mal contada, fue protagonizada por nosotros, los argentinos, que preferimos el canto de la sirena antes que escuchar las sirenas del incendio.

Doce años atrás, los argentinos salieron a reclamar, violentamente, por la exacción que sus ahorros habían sufrido. ¿Cuál es hoy la diferencia, pese a que el robo desde el 2003 ha sido infinitamente mayor, entre este pueblo anestesiado y sin ilusiones y aquellos que golpeaban las vidrieras de los bancos que se habían quedado con sus dineros? Dos cosas caben ser registradas para hacer esta diferenciación; la primera es que los argentinos en 2001 habían perdidos sus ahorros personales, no los bienes de la República que, por ser de todos dejan de importarle a nuestro egoísmo, la segunda es que había políticos que por acción u omisión trabajaban para que el gobierno cayera. A partir de estas evidencias llegamos a la pregunta que no sabemos o no nos animamos a contestar: ¿podemos, con la República en agonía, esperar al 2015? En reiterados escritos he sostenido que no, pero es menester reconocer que aún si todos coincidieran en esto es probable que no nos animáramos a hacer lo que hay que hacer.

Los elogios que cotidianamente se hacen, sobre todo por parte de los políticos de la oposición, sobre la buena voluntad, educación y la falta de agresividad que hubo en la gente que salió a la calle el 13 de setiembre, el 8 de noviembre, y el último 18 de abril son la prueba manifiesta que a ellos o se les ensucian los calzones de solo pensar que hay que echar sin contemplaciones a quienes están destruyendo la República o están muy cómodos en su papel de tibios opositores. No hay mejor ejemplo que lo ocurrido en el 2008 que fue lo más cerca que estuvimos de sacarnos de encima a esta banda de embaucadores cuando el gobierno, en su infinita necesidad de caja, entró en conflicto con el campo. Conflicto que se aplacó por la falta de visión de la mesa de enlace y la actitud de un tarambana -el vicepresidente y su voto no positivo- que nos dejó sin la bronca necesaria que hace falta cuando uno pretende un cambio.

Si en el 2001 las manifestaciones hubieran sido como los cacerolazos hechos entre setiembre de 2012 y abril de 2013 aún lo tendríamos a De La Rúa. La soja, y los commodities que empezaron a aumentar a fines del 2002 lo hubieran salvado, de la misma manera que se ha venido salvando este desgobierno.

La protesta cívicamente educada es una bala que a los políticos y en particular a quienes se han apoderado de la República, no le entra. Pensar que la tranquilidad debe primar en cualquier protesta solo sirve al gobierno, y solo pone en claro que no nos animamos a pararle los pies. Aunque a la mayoría de los argentinos les cueste pensar de otra manera, ya no hay un cuartel donde buscar a alguien para que haga el trabajo sucio. Eso corre hoy por nuestra cuenta si es que queremos ser nación.

Dejemos de soñar con la oposición -una oposición que se siente cómoda, pero también magníficamente recompensada, con el sucio papel que juega- para un recambio cada vez más lejano en el tiempo aunque creamos que falten dos años. Dejemos de soñar con los logreros de la suprema corte, que jamás fallan pensando en la República, pero sí en sus espurias canonjías y seamos conscientes que el futuro solo está en nuestras manos y que esperar al 2015 para un recambio es de necios o de cobardes

JOSE LUIS MILIA