sábado, 6 de julio de 2013

PIDO VERDAD Y RECONCILIACIÓN

Algunos ex militantes montoneros que participaron del conflicto armado de los años ’70, no coinciden con el relato kirchnerista y lo rechazan por falso y manipulador.  


Prueba de ello son las recientes reflexiones de Héctor Leis en su charla con Graciela Fernández Meijide; otra la declaración de Carlos Flaskamp en la causa por el asesinato de José Ignacio Rucci; agregamos la declaración de Federico Ramón Ibáñez en la causa unificada de la Esma en la que pide perdón a sus ex enemigos y dijo: “la mentira y la falta de compasión de las memorias hoy vigentes en Argentina que rechazan la confesión y el perdón, que ahora parecen malas palabras”; no podemos dejar de mencionar al Lic. Luis Labraña, quien se hizo presente en la prisión de Campo de Mayo para visitar a sus viejos enemigos de los 70 y ha participado en numerosas charlas y mesas redondas sobre la violencia de los años ’70… sobran ejemplos de muchos otros pensadores marxistas y verdaderos ex guerrilleros que participaron de la violencia y hoy muestran un genuino arrepentimiento, autocrítica y deseos de reconciliación nacional.


Todos ellos son la contracara del relato oficial que se instaló para lavar el cerebro de la sociedad argentina, especialmente a la juventud, y de esa manera poder juzgar a los miembros de todas las fuerzas legales que combatieron al terrorismo para impedir que mediante la violencia se alzaran con el poder del estado. Ni hablar de los simples panfletistas que huyeron al sur a hacer plata con la circular 1050 y después que se llenaron los bolsillos y llegaron al poder, montaron un nuevo negocio a caballo de los derechos humanos.

A continuación les dejamos una nueva entrevista a Héctor Leis, donde profundiza algunas de sus anteriores reflexiones.

Sinceramente,

Pacificación Nacional Definitiva
por una Nueva Década en Paz y para Siempre

 


PIDO VERDAD Y RECONCILIACIÓN

Héctor Leis es licenciado en Ciencias Sociales, máster en Ciencia Política y doctor en Filosofía. Escribió el libro Un testamento de los años 70. Terrorismo, política y verdad en la Argentina.

El asesinato de Rucci. En opinión de Leis, la cultura política argentina valoriza más la violencia que la palabra (Gentileza Clarín).

Héctor Leis comienza Un testamento de los años 70. Terrorismo, política y verdad en la Argentina (Katz, 2013) con datos autobiográficos que constituyen una declaración de fe: “Nací en Avellaneda, Argentina, en 1943. En los años 60, fui militante comunista y peronista. Esta experiencia me llevó a participar en la lucha armada. Estuve un año y medio en la cárcel, fui amnistiado en 1973. Fui combatiente de los Montoneros hasta el final de 1976”. Entonces, testamento, como indica la Real Academia Española, debe entenderse aquí como esa obra en la que un autor expresa los puntos fundamentales de su pensamiento. Para Leis, es un desprendimiento de la escritura de sus memorias, urgido por debatir sobre los ’70, a causa del relato kirchnerista.


     Comencé a escribir mis memorias sin apuro, como un corolario de mi vida, pero de repente sentí urgencia para entrar en el debate sobre los ’70. Paré entonces las memorias y escribí Un testamento. Durante mucho tiempo creí que los muertos podrían enterrar a sus muertos y dejar a los vivos en paz. Pero esto no fue así, y durante los gobiernos kirchneristas fue cada vez peor. Comprobé, con profunda tristeza, que una memoria parcial y mentirosa se había congelado en el país, apuntando a la repetición simbólica o material de errores graves de la generación del’60. Participé esporádicamente del debate sobre los ’70, con algunos artículos académicos que pocos deben haber leído y un artículo en un número de 2006 de la revista Lucha Armada, a propósito del “no matarás” de Oscar del Barco. Las cosas que digo ahora ya estaban anunciadas en esos textos, pero nunca había hablado desde mi militancia pasada, como ahora, sintiendo la necesidad de hablar de mi experiencia de vida de una forma desapegada, esto es, sin preocuparme por identidades pasadas o intereses presentes. Las interpretaciones que hice surgieron de mi experiencia de forma intuitiva. Algunas se sumaron a lo que otros ya habían dicho, otras siguieron caminos vírgenes.

Oscar del Barco
     Encuentro en tu trabajo algo más profundo que lo que generó Del Barco con aquella carta que mandó a la revista “La Intemperie”, porque llegás a reivindicar como antecedente importante a un libro que siempre fue repudiado, desde su primera edición hasta hoy: “Montoneros, la soberbia armada” (1984), de Pablo Giussani.


     Héctor Schmucler y Oscar del Barco me ayudaron mucho, ellos comenzaron debates fundamentales. Sin duda, el tiempo me ha permitido incorporar nuevos elementos, pero no me gusta pensar en términos de contribuciones más profundas que otras. Todos los autores que hicieron ejercicio de un pensamiento crítico sobre aquellos años suman de una forma imposible de saber quién es más importante. En relación con Giussani, el problema fue que la lectura de su libro se superpuso a la del Nunca Más de la Conadep. Ante tanto sufrimiento de las víctimas, no había lugar para registrar lecturas críticas de la guerrilla. Pero Giussani fue uno de los primeros en denunciar el contenido fascista de los Montoneros. Él percibió tempranamente que se habían apropiado de ideas socialistas para fines fascistas.

La organización más terrorista

     Un par de afirmaciones tuyas: Montoneros fue la organización guerrillera más terrorista de la región y el asesinato de Rucci fue el mayor acto terrorista de los ’70; con todo, fue la que tuvo el mayor apoyo popular. ¿Cómo se explica esto, que bien puede ser una paradoja?


     Te agradezco la pregunta. Me permite hablar sobre la perversión de la cultura política argentina, que valoriza más la violencia que la palabra. La admiración argentina por la violencia viene de la época de las guerras civiles entre unitarios y federales. En el siglo 20, se encarnó por igual en importantes a sectores de los militares, del peronismo y de la izquierda (en ese orden). La intervención de todos ellos en los ’70 es demostrativa del uso compartido de la violencia ilegal. A pesar de eso, disfrutaron de popularidad. La del peronismo y la izquierda continúan; la de los militares, no. A las nuevas generaciones les puede parecer increíble esto último, por eso es bueno que sepan que todos los golpes militares en Argentina, desde Uriburu en 1930 hasta Videla en 1976, tuvieron apoyo popular, así como los grupos guerrilleros en los ’70. Después de que la sociedad tomara conciencia del terror salvaje y del alto número de víctimas producidos en los ’70, principal pero no exclusivamente por los militares, esta cultura de la violencia fue atenuándose, pero nunca desapareció. No veo entonces ninguna paradoja en tu pregunta, los Montoneros construyeron su popularidad, precisamente, en el culto a la violencia.


     Cuando se habla de los SSRq 70, hay dos palabras/acciones absolutamente vedadas: nadie, sea del bando que sea, puede autocriticar a su sector ni confesar en qué actos participó. Vos te atrevés a las dos cosas, y considerás que son necesarias para, otra palabra/acción prohibida, empezar a transitar el camino de la reconciliación.

     El punto de partida de mi análisis prioriza la política entendida cómo fortalecimiento de la nación como un todo. En la Argentina, gracias a su cultura política de la violencia, los conflictos y la relación amigo-enemigo (con énfasis mucho mayor en la definición del enemigo que del amigo) han pasado a comandar la política. A veces la confrontación no se puede evitar y la guerra civil se desata, pero el odio al enemigo que acompaña esa guerra, que representa el peor mal para una comunidad, no puede nunca superar al deseo de unidad que deberá ser buscada después. Esto quiere decir que, pasado el conflicto, les resta todavía a los ciudadanos enfrentados curar sus heridas para que el pasado no amenace su futuro. Los fundamentalismos marxista, liberal y populista son insensibles a esta necesidad, ellos privilegian el conflicto, y el vencedor, por encima del conjunto de la sociedad, se dedica a aumentar las diferencias y distancias entre vencedores y vencidos, en vez de atenuarlas. Mi pedido de verdad y reconciliación parte de estos supuestos, de que en la Argentina no deberían existir ciudadanos que tengan más derechos (humanos o de cualquier otra especie) que otros. Si alguien entiende esto como una defensa de Videla o los militares, lo siento mucho por su falta de ética. Yo tomé partido en el pasado y no preciso renegar de mis convicciones antiguas, estoy convencido de que cuando pido públicamente un único memorial para todas las víctimas de la violencia soy el mismo Héctor Ricardo Leis que era cuando agarré las armas en los ’70. La única diferencia que podría admitir es la de una mayor edad y experiencia y, si el lector aprueba, un poco más de sabiduría.

Lo que está en juego

La propuesta de reconciliación de Leis contempla, por ejemplo, construir un único monumento que contenga el nombre de todos los argentinos muertos en aquellos años, sin distinción de grupos, de modo que el nombre de un militar pueda estar junto al nombre de un guerrillero; y construir una memoria que no sea instrumental (que no sea facciosa), donde los vivos no hablen en nombre de los muertos.

El Valle de los Caídos - España
     ¿Cómo hacemos para llegar a eso si ni siquiera podemos juzgar las acciones de la guerrilla bajo los gobiernos democráticos 1973-1976?

     La respuesta está en manos de la sociedad. Pero para que ella sea efectiva los ciudadanos deberán primero concientizarse de lo que está en juego. A pesar de las numerosas manifestaciones espontáneas contra el Gobierno, veo una cierta resignación y actitud cortoplacista en la gente, defendiendo intereses sectoriales, sin percibir realmente la gravedad de la situación. En este sentido, importa saber que la Argentina está abandonando la democracia a pasos agigantados. El sistema de valores que inspira al gobierno actual es autoritario y fascista, no es democrático. El ejercicio de la democracia exige que los ciudadanos se sientan libres de cualquier miedo, pero en la Argentina encontramos que, después de 30 años de democracia, muchos argentinos han comenzado a sentir miedo. Tienen miedo de perder sus empleos públicos o apoyos del Estado para su trabajo o empresa, o de ser discriminados de cualquier otra forma si asumen posiciones contrarias al Gobierno. No es una casualidad que yo afirme cosas que muchos piensan, pero pocos se animan a decir. Vivir en Brasil me garantiza la libertad que los argentinos no tienen. En un país donde se pretende amordazar o domesticar a la Justicia y a los principales medios de comunicación, donde existen funcionarios prepotentes para tratar con los empresarios, jóvenes para escrachar a los opositores y la Afip para amenazar a todos los que molesten, es lógico que muchos ciudadanos tengan miedo de hablar. Es imprescindible que los argentinos enfrenten sus miedos con la verdad. La verdad es justiciera, perdonadora y reconciliadora por su propia naturaleza.


     Un punto clave de tu diagnóstico es el asunto de la memoria mal resuelta. No sólo porque podría generar a futuro nuevos hechos de violencia, sino porque se asienta sobre una doble falta. Te cito: “Los militares dicen que no hicieron lo que hicieron, los revolucionarios dicen haber hecho otra cosa de la que hicieron”.

     La memoria se empobrece y falsifica cuando no se pone al servicio de la verdad y la reconciliación, sino de la continuación del conflicto. Los principales participantes de la guerra de los ’70, sean militares o guerrilleros, condenados o amnistiados, continúan por igual deseando la guerra y no la paz, la venganza y no la reconciliación. No es de extrañar, entonces, que no puedan confesar lo que hicieron y ponerse al servicio de la verdad. En cualquier cultura o época histórica, los que pretenden continuar y exacerbar los conflictos del pasado son siempre ángeles caídos, demonios disfrazados de ángeles que se amparan en sus víctimas para continuar matando y dividiendo a la comunidad.

     Graciela Fernández Meijide escribió el prólogo a tu libro. ¿Cuál sería tu prólogo para su libro?


     En su búsqueda por Pablo, su hijo desaparecido, Graciela Fernández Meijide ha recorrido un camino de sufrimiento, pero también de lucidez; de angustia, pero también de amor. Ella supo no olvidar, pero también ir más allá de su condición personal para ayudarnos a todos a entender por qué pasó lo que pasó en los ’70. “Eran humanos, no héroes”, es un nuevo ejemplo de su capacidad para hablar sin resentimientos de una historia tan trágica como falsificada y empobrecida. Me llenó de esperanzas la lectura de su libro, me ayudó a pensar y también a dialogar. El lector podrá encontrar diferencias al comienzo, pero si establece un diálogo interior con su libro, al final de su lectura se sentirá enriquecido y sin saber muy bien cuáles eran aquellas diferencias. Su libro debiera ser leído por todos.



NOTA: Las imágenes y negritas no corresponden a la nota original.