lunes, 15 de julio de 2013

SEÑALES DE VERDAD Y RECONCILIACIÓN

Por Arturo Cirilo Larrabure  | Para LA NACION
    
Días pasados felicité a Héctor Leis por su casi solitario pedido de perdón a la sociedad como ex miembro de Montoneros. Me emocionó su convocatoria a la verdad histórica reconociendo a todas las víctimas de esos dolorosos años. Sus palabras invitan a pensar en un diálogo de reconciliación.


Demasiado tiempo ha transcurrido desde que mi padre, el coronel Argentino del Valle Larrabure, escribiera desde su horrible cautiverio de 372 días: "A Dios, que con tu sabiduría omnipotente has determinado este derrotero de calvario, a ti invoco permanentemente para que me des fuerzas. A mí muy amada esposa, para que sobrepongas tu abatido espíritu por la fe en Dios. A mis hijos, para que sepan perdonar. Al Ejército Argentino, para que fiel a su tradición mantenga enhiesto y orgulloso los colores patrios. Al pueblo argentino, dirigentes y dirigidos, para que la sangre inútilmente derramada los conmueva a la reflexión para dilucidar y determinar con claridad que somos hombres capaces de modelar nuestro destino, sin amparo de ideas y formas de vida foráneas totalmente ajenas a la formación del hombre argentino. A mi tierra argentina, ubérrima y acogedora, escenario infausto de luchas fratricidas, para que cobije mi cuerpo y me dé paz. Mi intención no es el insulto ni formular personalismos. Más bien me impulsa a escribir este cautiverio que me sume en las sombras pero que me inundó de luz. Mi palabra es breve, sencilla y humilde; se trata de perdón y que mi invocación alcance con su perdón a quienes están sumidos en las sombras de ideas exóticas, foráneas, que alientan la destrucción para construir un ‘mundo feliz’ sobre las ruinas".

Procurando honrar su sabio consejo, he señalado en la causa donde se investiga su secuestro y asesinato por el ERP, ocurrido en pleno gobierno democrático, que más que la condena me interesa la conversión, porque la cuestión esencial no es condenar, ni indultar, sino rescatar el sagrado valor de todas las vidas.


En su valioso libro Un testamento de los años 70, Ledis da pruebas fehacientes de su conversión, no sólo pidiendo perdón, sino fundamentalmente revelando que "existía un cálculo inconfeso de medio millón de víctimas, entre prisión y fusilamientos, que serían necesarias luego de tomar el poder para que el socialismo pudiera sobrevivir". Este reconocimiento es esencial en un proceso de reconciliación, porque obliga a reflexionar sobre la masacre que pudo haber ocurrido en el país de haber triunfado la guerrilla. Algo que muchos argentinos, obnubilados por el relato de la memoria, omiten realizar.

Es también vital para los deudos de tantas víctimas de la guerrilla que piden justicia que uno de sus militantes admita que hubo complicidad estatal, dando como prueba lo actuado por el subjefe de policía de la provincia de Buenos Aires, que, militando en montoneros, lo protegió.


Leis ha tenido la hidalguía de negar toda legitimidad al terrorismo guerrillero que, en un contexto democrático, pretendió asaltar el poder. Ha denunciado también la injusticia de juzgar sólo a los militares, abjurando del sofisma que sostiene que el terrorismo guerrillero fue menos grave.

Como hijo de una víctima de la guerrilla pienso que la justicia y el perdón no son incompatibles; que imprescriptible no es equivalente a imperdonable; que todo hombre puede transformarse por el arrepentimiento generado por el perdón, que no clausura la justicia ni se opone a ella, sino que la complementa.


Fue lo que hizo Nelson Mandela cuando dio al mundo una lección de inteligencia y de perdón, desoyendo los gritos de venganza de la mayoría negra.

Las víctimas del terrorismo hemos sido olvidadas; somos el "eslabón perdido" del conflicto. Desde Celtyv lucho para que dejemos de ser los desaparecidos de la memoria pública. Mi profundo deseo es cumplir con el legado de mi padre e invitar a todos aquellos involucrados en semejante tragedia que dejen de lado su dolor y comprendan el dolor del otro, que es el mismo y que necesita reparación.


Iniciemos un proceso de paz, de autocrítica, de verdad, de concordia, de profundo "amor al enemigo" siguiendo el ejemplo de nuestro papa Francisco, que nos ha enseñado que la unidad es superior al conflicto.

Somos heridos que estamos aguardando a la vera del camino la llegada del buen samaritano, del Pastor que, saciando nuestra sed de verdad y paz, nos ayude a labrar esa cultura del encuentro, esa cultura de antídoto contra ese pasado que certeramente ha propuesto Norma Morandini .

"Desde una perspectiva civilizatoria -advierte Leis-, lo peor de la historia argentina de las últimas décadas no fue la catástrofe de los años 70 sino el hecho de que la amplia mayoría de los ciudadanos pasó por ella sin comprender su sentido profundo, permitiendo así que el viento del destino pueda alimentar nuevos incendios con sus cenizas nunca apagadas...; me permito aventurar que al final de la era Kirchner el país asistirá a un nuevo ciclo de violencia entre argentinos. La guerra civil argentina todavía no terminó porque la comunidad continúa dividida. Es importante entender la sobredeterminación del presente por el pasado en la Argentina. Eso ocurrió en los 70 y continuará ocurriendo en el futuro, por lo menos hasta que los argentinos se sientan parte otra vez de una historia común."