jueves, 15 de agosto de 2013

TODOS O NINGUNO


Crecí en una Argentina dividida. Eras antiperonista o peronista como antes habías sido radical o conservador. Quizás llevemos en la sangre esta pasión por la división cruel y despiadada y sea potenciada por la errada convicción que el que piensa distinto es un enemigo o simplemente sea una manía remanente de las guerra civiles donde el antagonismo se solucionaba con un cuchillo mellado en la garganta.


Tengo el recuerdo, ya algo nublado por los años, de aquel: “Ni el polvo de tus huesos, la América tendrá”, repetido con fastidiosa insistencia por maestras y profesores y la porfiada lectura de “Las Tablas De Sangre” de Rivera Indarte. Supe de degüellos y entreveros donde los que en algún momento cruzaron hermanados el Ande para pelear por la libertad de estas tierras decidían, con esfuerzos dignos de mejor causa, acallar a lanza al adversario político aunque con este hubieran compartido la vela de armas en Suipacha, Chacabuco o Río Bamba. Supe también que los perdedores de 1852 tuvieron pocas o ninguna chance de exponer sus ideas y también supe de un caudillo político que todo lo que pudo hacer en homenaje a su padre colgado por mazorquero en la Plaza de la Victoria fue incorporar la divisa punzó a los colores de su partido. Supe, en fin, de Saldías y Ugarte, entre tantos otros que sufrieron durante años un duro ostracismo intelectual.


Todo esto duró algo más de cien años. Fue un siglo de desgaste intelectual que se renovó en nuevos enfrentamientos y del que nada nació. Nada que supusiera seguir creando una identidad nacional que hoy ya ni siquiera pretende ser una roca sino millones de minúsculos granos de arena. Y cabe preguntarse, todo esto, ¿para qué? Si aquel que la América jamás tendría sus cenizas hoy está sepultado en la Patria y su nombre se repite en calles y avenidas. Está bien que cada uno defienda sus ideas pero la realidad es que nunca supimos hacerlo sin bastardear el pensamiento contrario.


Hay un parque en la ciudad llamado el Parque de la Memoria. Es un parque que más que honrar a la memoria es una exaltación de la división. Ni siquiera es un homenaje a una parte de los que murieron en una de las peores tragedias argentinas. No es otra cosa que -aunque parezca que se limita a una década atroz- la reivindicación de doscientos años de historia construida en facciones y no en unidad.

Hay allí un muro con alrededor de ocho mil nombres y lugar para veintidós mil más. Realidad y leyenda que a los efectos de los años por venir no importa. Estos nombres son nada más que parte de una tragedia argentina que mientras siga siendo vista de manera sesgada solo nos puede augurar otros cien años de enfrentamientos. Enfrentamientos que solo beneficiarán a los que saben que los mejores réditos se obtienen en una Argentina dividida, que para aquellos que solo han venido a medrar a costa de nuestros esfuerzos lo mejor es llevar a los argentinos a un nivel de desafío tal que en él una idea solo tiene valor si está refrendada por una pistola.


No quiero destruir el Parque de la Memoria. Quiero ahí, no por mi sino por los que nos siguen, a todos, como quiero a todos en la Justicia si hay que juzgar a quienes fueron los actores de ese drama y que todos sean procesados más allá de estúpidas chicanas jurídicas, prescripciones dudosas y argumentaciones falaces. Quiero a todos, en el parque o en la justicia, y quiero esto porque es el único ejemplo que podemos dejarle a nuestros hijos y nietos de una generación argentina, otra más, que no supo construir una República. Quiero a todos o a ninguno en el parque y en la justicia porque esta será la única manera que tendrán las generaciones posteriores a nosotros de saber que vivimos, como otras veces en la corta historia de la República, una tragedia atroz y que repetirla sería una indecente estupidez.


Si como sociedad queremos seguir siendo Pilatos en el Viernes Santo dejemos que las cosas sigan así como hasta ahora. Con solo algunos presuntos culpables y no todos como fue en realidad; pero seamos conscientes que al contar la historia de esta manera le estamos dejando como regalo a quienes nos siguen la seguridad de repetir la tragedia.

Si somos capaces los argentinos de escribir en esos lugares en blanco del Parque de la Memoria los nombres de Rodolfo Berdina, Argentino del Valle Larrabure, Paula Lambruschini y los un mil trescientos civiles y militares argentinos muertos en esa década trágica recién ahí seremos capaces de reconstruir la República.

JOSE LUIS MILIA


NOTA: Las imágenes y negritas no corresponden a la nota original.