miércoles, 15 de enero de 2014

EL ESPÍRITU DEL SOLDADO


Por Jorge Milia El siguiente artículo fue publicado días atrás por L’Osservattore Romano perteneciente a la serie "Il gergo di Francesco", del periodista, poeta y director de Diario CASTELLANOS.

Evangelii gaudium resulta ser una caja de sorpresas. Yo sabía que viniendo de Francisco esas sorpresas eran previsibles y encontraría varias. Pero no soy de lectura rápida, suelo tomarme mis tiempos y no sólo leer sino también releer. Por eso, cuando un amigo me llamó por teléfono y preguntó:

 - ¿leíste Evangelii Gaudium?

- Estoy en eso – le contesté un poco con la verdad y otro poco sin ella

- Bueno en el punto 96 ha incluido algo para ti –

- ¡Cómo va a incluir algo para mí! ¿qué es lo que ha puesto?- dije quejándome y cayendo en la trampa de quien me telefoneaba.

- ¡Un bergoglismo! – exclamó y yo suspiré aliviado obviando cualquier responsabilidad.

- ¿Cuál?

- El “habraqueísmo”

- ¡Oh! ¡Toda una doctrina! Este hombre está decidido a alterar la historia –

- ¿Del mundo?

- Del mundo seguramente, pero a mí lo que me preocupa es la de las palabras cruzadas.

Mi corresponsal  dijo que yo estaba definitivamente perdido y cortó. No sé por qué varios coinciden en eso. Por mi parte fui directamente al texto. Lejos de la chanza telefónica volví a la práctica de siempre. Sucede que cuando leo un texto suyo me parece estar escuchándolo. Se me estrujó el corazón al leer sobre “quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando”. Esa frase, pensé, sólo puede venir de un jesuita. Un Ignacio de Loyola que abandona la gloria de unas armas por la de otras distintas. Simples soldados de un escuadrón que siguen luchando sin importar el resultado de la batalla, porque la gloria se da por descontada cuando se lucha en el bando de Dios.  Y recordé a un Jorge Bergoglio S.J. muy joven, dirigiendo una ignota obra de teatro de otro jesuita, Juan Marzal S.J. sobre la vida de San Ignacio. Más jóvenes aún, Rogelio Pfirter y quien suscribe, dos de sus alumnos, jugando, el primero, el rol de Ignacio de Loyola y el segundo de un oficial pendenciero, amigote de juergas del Capitán de Artillería ahora convertido. Según dijeron los papeles estaban dados según el physique du rol de cada uno. Gracias Padre Bergoglio por lo que a mí me tocaba. Mi parlamento no era muy extenso. Le decía a un Ignacio ya repuesto de sus heridas:

- Vuelve a la guerra/ a fuer de caballero! – exclama Arregui que no quería perder a su amigo. Y él me explicaba con aire de reconciliación:

- No abandono las armas, / fuera indigno! / Yo las cambio, / en vez de espada /una cruz que no mata al enemigo,/ antes bien, le da vida…

Siempre recordé ese “No abandono las armas”, asociado a que la Fe era milicia y la batalla, permanente.

Me he detenido en esa imagen porque el bergoglismo de hoy apunta a la otra cara de la moneda. Así, frente a la acción, frente a la lucha, frente a esa “vida deshilachada en el servicio” aparecen los otros, los estrategas de la derrota, los cerradores de iglesias, los ahuyentadores de fieles. Los vanidosos teóricos de “lo que habría que hacer.

Francisco inaugura para ellos un nuevo pecado: el “habriaqueísmo”. Vistos en perspectiva hace mucho tiempo que se aprovechan de esa actitud, teñida de Fe como la de las viejas balconeras. Desde la comodidad de sus despachos estos generales derrotados teorizan sobre lo que habría que hacer, lo que habría que decir, lo que habría que pensar… Lo mismo que nunca se animaron a llevar a cabo. Porque era difícil, porque estaban cansados, por estar ahítos de comodidad, empachados de vanidad. No sé por qué me asaltan estos bergoglismos, pero entiendo, desde adentro, lo que marca al hablar de los generales  de la derrota. Aquellos responsables que perdieron contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo. Es que el general que olvida que es soldado y que lo que importa es librar un buen combate, está derrotado. Quizá porque ya no entiende que si nos acompaña la Fe la victoria está más allá del resultado de la batalla, no en la vanidad del reconocimiento mundano sino en el encuentro con Dios.

Jorge Milia