sábado, 18 de enero de 2014

EL PAPA FRANCISCO Y LA RECONCILIACIÓN ENTRE LOS ARGENTINOS

por Emilio J. Cárdenas Ex Embajador de la República Argentina ante las naciones Unidas

Los duros acontecimientos vividos por nuestra sociedad durante el reciente fin de año y, muy especialmente, aquellos que tuvieron que ver con los saqueos que se sucedieron en distintos puntos de nuestro país, dejaron al desnudo algo nada sorpresivo. Me refiero al inmenso daño sufrido por nuestro plexo social como consecuencia previsible de la siembra constante y sistemática a lo largo de la última década y desde lo más alto del poder de odios, divisiones, descalificaciones, sentimientos de venganza y de toda suerte de resentimientos. Como nunca nos había sucedido hasta ahora.


Frente a ello, muchos de nosotros miramos con esperanza al Papa Francisco, un argentino excepcional. Pero ocurre que, además de admirarlo, es necesario escuchar lo que nos está diciendo. Ahora, como Pontífice. Con meridiana claridad. Y ponernos manos a la obra. Sin demoras, de modo de restañar algunas de nuestras profundas heridas re-abiertas.


Uno de sus mensajes recientes más impactantes es el contenido en su exhortación apostólica: Evangelli Gaudium, del 24 de noviembre pasado, cuyo texto íntegro ha sido ya publicado por la Conferencia Episcopal Argentina. El documento es de una enrome riqueza y merece ser leído y releído con reflexión.

Nos detendremos esta sólo vez en uno de sus capítulos en particular. El que tiene que ver con la paz social. Aquel estado en el que, nos dice el Papa Francisco, una sociedad debe actuar responsablemente y no como masa arrastrada por las fuerzas dominantes.


El Papa nos habla de la importancia de la unidad. Puntual y específicamente. Esto es, de todo lo contrario a la división y a los enfrentamientos. Nos dice que los conflictos deben ser asumidos. Que nadie debe lavarse las manos frente a ellos.

Pero también que no se puede quedar atrapados, cautivos o prisioneros de los conflictos. Que es necesario resolverlos. Esto es, encararlos con vocación auténtica de superarlos. Para establecer lo que Francisco llama una comunión en las diferencias, precisamente aquello que Nelson Mandela lograra construir en su fenomenal visión de unir a su pueblo por encima de las diferencias y de la horrible tragedia que se había abatido sobre Sudáfrica.


El Papa nos advierte asimismo que la unidad, como objetivo, es superior al conflicto. Porque permite que la solidaridad construya la historia de una sociedad en una unidad que define como pluriforme. En razón de que la diversidad, nos dice, es bella cuando acepta entrar en un proceso de reconciliación hasta sellar un pacto cultural que permita emerger lo que el Papa bautiza como una diversidad reconciliada. La que aun no hemos encontrado.

Es momento entonces de preguntarnos si no nos ha llegado la hora de abandonar la siembra de la venganza y de reemplazarla por un diálogo maduro y sincero que, con una profunda humildad social, sea efectivamente un vehículo de encuentro entre todos y no un instrumento de más fracturas.


Diálogo que debería estar impulsado de inicio por una mística que procure busque acercarnos y no separarnos. Diálogo sincero que sea también el instrumento central de una búsqueda sincera de consensos y acuerdos, sin por ello dejar de lado el objetivo de construir una sociedad justa. Memoriosa sí, pero como nos dice el Papa sin exclusiones.

Para así poder construir la oportunidad demorada en exceso de poder vivir juntos y en paz, con un pacto social y cultural que obre a la manera de cimiento de una auténtica coherencia social. Para lograrlo es necesario obrar con respeto recíproco, vocación real de sanar, tolerancia por el disenso. Y con una cuota grande de solidaridad, que no sólo nos unifique, sino que nos mantenga en la unidad. La verdad no debe ser un aroma de agresión, sino un instrumento indispensable de construcción, con la mirada hacia delante.


Los argentinos sabemos bien que la paz obtenida con la punta de una espada es apenas una tregua. La paz duradera es fruto de la reconciliación, cuando ésta es auténtica. Para esto hay que saber que nadie es patria, sino que todos lo somos.



NOTA: Las imágenes y negritas no corresponden a la nota original.