lunes, 17 de marzo de 2014

LA FALAZ UTOPÍA GUERRILLERA DE LOS AÑOS 70

By Luis Illuminati


En una nota anterior titulada: “Cuando todos éramos católicos” (*) nos referimos a la realización del XXXII Congreso Eucarístico Internacional (Buenos Aires, 1934), en momentos en que el General Agustín Pedro Justo gobernaba en la Argentina y que, pese al clima político imperante, la Argentina en ese momento era auténticamente católica, y aseveramos que esa coyuntura en absoluto era motivo para sostener que la Iglesia argentina apoyaba y cohonestaba al régimen que mediante el “fraude patriótico” sucedió en el poder al General Uriburu.

Sin embargo, si esa misma burocracia eclesiástica hubiera escuchado en su momento a los sacerdotes Leonardo Castellani y Julio Menvielle, quizá el enemigo no se hubiera infiltrado tan fácilmente en los seminarios. El mismo Papa Pablo VI al verificar esta Quinta Columna, dijo el 29 de junio de 1972: “A través de una grieta, ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”. Algunos creerán que dijo esto en forma figurada, como si fuera una metáfora, pero no es así, antes bien fue una denuncia, una verificación o visión inspirada.

Desgraciadamente, al caer en saco roto las advertencias y denuncias de los mencionados sacerdotes, la etapa subsiguiente fue que la Fe de Cristo fue sustituida por la falsa utopía de la revolución comunista y el lugar de la esperanza cristiana fue ocupado por la ilusión falaz del paraíso marxista.

La jerarquía eclesiástica lamentablemente se durmió en los laureles. Monseñor de Andrea fue la excepción, lo mismo que los dos curas antes nombrados. Con diez más como ellos, la deletérea teología de la liberación (falacia marxista) no hubiera envenenado las almas y las mentes de esa juventud “idealista”. El progresismo fue una trampa que sedujo a los jóvenes contrarios al espíritu filisteo de la época.

¿Cómo puede ser que se le haya tributado tanta admiración a los feroces criminales Ernesto “Che” Guevara y Fidel Castro, líderes de la Revolución Cubana por cuya causa corrió tanta sangre?

Dos mil años antes, Cristo hizo otra Revolución infinitamente mejor y más auténtica. Una Revolución que conmovió los cimientos de una época perversa. Una Revolución donde  la única sangre derramada fue la suya y no la de sus enemigos que pidieron su ejecución.

El que a hierro mata, a hierro muere, pero el que perdona tiene ganado el  cielo y la tierra. Amaos los unos a los otros, no juzguen (mal) y no serán juzgados, que arroje la primera piedra el que se crea perfecto y justo, por sus frutos se conoce el árbol. Estas son palabras de ese Cristo Revolucionario.

¿Alguien puede afirmar con total certeza y convencimiento que los guerrilleros y toda su parafernalia de violencia, bombas, atentados, crímenes, emboscadas y conspiraciones para matar, fueron unos mártires igual que los primeros cristianos que fueron asesinados por los emperadores romanos?

¿Pueden merecer los asesinos que sucumbieron, se les levanten monumentos y se los considere héroes y los secuaces que se escondieron en las sombras, luego de cuarenta años, sean parte del actual gobierno?

Respecto de este doloroso tema, el discurso del Papa Francisco, dirigido a los miembros de la Pontificia Comisión para América Latina, pronunciado en Roma el pasado 28 de febrero, ha causa profunda conmoción, sobre todo en los sectores llamados progresistas, habida cuenta la contundencia de sus palabras.

El Santo Padre ha reconocido, expresamente, que en la Argentina, en los años setenta muchos jóvenes provenientes de círculos y ámbitos católicos formaron en los cuadros de la guerrilla.

Ha dicho el Papa: “Otra cosa que es importante para la juventud, transmitir a la juventud, a los chicos también, pero sobre todo a la juventud, es el buen manejo de la utopía. Nosotros en América Latina hemos tenido la experiencia de un manejo no del todo equilibrado de la utopía y que en algún lugar, en algunos lugares, no en todos, en algún momento nos desbordó. Al menos en el caso de Argentina podemos decir: ¡cuántos muchachos de la Acción Católica, por una mala educación de la utopía, terminaron en la guerrilla de los años setenta!…”

Ha obrado muy bien el Santo Padre. Es muy saludable decir la verdad. No es bueno tergiversar la Historia. Por eso a las nuevas generaciones hay que decirles cuáles fueron las verdaderas causas de que tantos jóvenes católicos terminaran en las filas del terrorismo y quienes son los responsables de esa artera puñalada ideológica.

En primer lugar hay que decirles que luego de concluido el Concilio Vaticano II (1966), algunos círculos católicos presentaron a los jóvenes de aquella época una visión adulterada de la Fe. Tal como lo ha expresado hace poco un fidelísimo profesor y conferencista argentino: “La Fe de Cristo fue sustituida por la falsa utopía de la revolución comunista y el lugar de la esperanza cristiana fue ocupado por la ilusión falaz del paraíso marxista. La teología de la liberación, primero, el tercermundismo, después, crecidos ambos al calor del desbarajuste posconciliar, fueron los instrumentos ideológicos que posibilitaron el pasaje de tantos jóvenes de la filas de la más acendrada militancia católica a las huestes partisanas. Este trasiego de la Fe de Cristo a la herejía tercermundista y liberacionista es la causa profunda del hecho hoy, finalmente, reconocido por la más alta voz de la Iglesia”.

Coetáneamente al Concilio Ecuménico realizado en Roma, el país sufría un golpe de estado deleznable que derrocó al gobierno constitucional de Arturo Illia (28 de junio de 1966), régimen que practicó un estúpido nacionalismo, cursillista y tendencioso,  juntamente con un catolicismo impregnado de tartufismo y solipsismo, además de un vergonzoso servilismo a los EE.UU. y a Gran Bretaña, impostura que contribuyó inconscientemente a prohijar el comunismo y la guerrilla.

En Córdoba, antes y después del Cordobazo (29 de mayo de 1969), se dio una singular dicotomía social. Por un lado, una parte de las familias aristocráticas se alinearon con la dictadura de Onganía quien nombró a varios personajes de estas familias como gobernadores de la provincia mediterránea.

Por el otro, los hijos de varias de estas encumbradas familias formaron grupos que fueron los primeros guerrilleros de la nefasta organización Montoneros. Esta juventud contestataria se autosegregó de esa élite a la que pertenecían por considerarla contaminada de una mojigatería estéril que se apartaba del mensaje de Cristo. La cooptación de algunos de estos jóvenes la realizó un sacerdote tercermundista que oficiaba de Capellán el Liceo Militar General Paz.

Empero, dicho capellán -y demás curas tercermundistas- olvidó predicarles sobre el Sermón de la Montaña que pronunció Cristo ante una numerosa multitud. Olvidó que el mensaje de Cristo no fue de matar y asesinar sino de consolidar el mandamiento divino de “No matarás”. Olvidó recordarles a los ex cadetes que, moribundo Cristo en la Cruz, dijo elevando sus ojos al cielo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

De las mismas sacristías salieron los Montoneros. Numerosos sacerdotes empujaron a esos jóvenes a la guerrilla y en muchos casos, ellos mismos tomaron las armas. Y en muchos casos, los mismos guerrilleros ajusticiaban a los que daban marcha atrás, endilgándoles luego sus muertes a las Fuerzas Armadas que cumplieron la ímproba tarea de obedecer las órdenes impartidas por el gobierno justicialista de María Estela Martínez, llamada Isabelita, y antes, las de su extinto esposo, el Teniente General Juan Domingo Perón. Luego, los responsables de esas órdenes, cuando ya no eran gobierno, salieron a decir que ordenaron otra cosa, que fueron malinterpretados.

Pero de semejante desbarajuste nacional, donde unos pagaron cuentas ajenas y otros quedaron impunes, es absolutamente injusto que por grupos desviados, la Iglesia Católica tenga que desaparecer y callarse la boca, plegándose a la corriente que la culpa de todos los males pasados, presentes y futuros, exculpando torcidamente a los verdaderos responsables de esta dolorosa tragedia nacional que tanto daño le hizo a las almas y sumió al país en un caos que casi destruye las bases mismas del Estado.

El mismo Papa, en ese discurso, ha dicho: “El futuro, ¿cuál es? Una obligación. La traditio fidei es también traditio spei y la tenemos que dar”. Vale decir, hay que transmitir la Fe y la Esperanza que hemos recibido y que vienen desde lo alto, en lugar de hacernos adoradores de falsos aspirantes a santos que son lobos con piel de oveja. La Fe y la Esperanza son los dos faros que disiparán las actuales tinieblas que oscurecen el límpido cielo de la Patria, a la cual quieren convertir en un sucio y confuso chiquero, donde los puercos se revuelcan contentos.

Luis Illuminati