domingo, 27 de abril de 2014

CARTA DE DESPEDIDA DEL SEMANARIO “EL DÍA DE GUALEGUAY” POR HORACIO PALMA

PUNTOS Y COMAS...

“No tengáis miedo. Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. Sólo Él lo sabe”
 (Juan Pablo II – Octubre 1978)


Uf… en este hermoso sábado de sol, en medio de perturbaciones más importantes y terrenales que hacen complicado mi día a día aquí, debajo de este cielo tan azul y tan claro que pareciera haberse amigado para siempre con el otoño, y después de una semana de rezar y rezar por la salud de un ser querido, con suerte por suerte (la Fe mueve montañas y tuerce voluntades y hará justicia el último día de la historia, lo sé), digo, aprovecho la claridad del día para aclararles que si bien yo escribo hace muchos muchos años en éste Semanario, no se confundan: yo NO soy el Semanario.
Estoy seguro que lo saben, pero por las dudas lo repito. Siempre que he escrito, me he hecho cargo de cada una de las palabras con sus puntos y sus comas.

 Y con mi nombre. Que no será mucho, pero es lo único que tengo. Y es bien mío y de nadie más. No tengo dinero… pero tengo algo mejor, algunos lo llaman dignidad.

Sé que con la dignidad no se come ni se cura ni se educa… pero con ella uno recuesta la cabeza en la almohada y duerme tranquilo. Con ella uno anda las calles con la frente en alto, sin esquivar miradas ni agachar la cabeza.

Hace unos días, en una charla, un personaje encumbrado me decía: “ustedes desde el Semanario…”. Aquí vamos otra vez, pensaba yo… a explicarlo nuevamente.

Yo soy yo… y lo que firmo. Nunca me he subido al púlpito en nombre de alguien. Siempre he hablado en mi nombre… así que las buenas y las malas consecuencias de eso, me corresponden. Me hago cargo.

Claro que la salud es importante… pero la dignidad también lo es.



Primero fue mi abuela Amalia, y luego fue mi padre. Ambos me enseñaron con su doloroso ejemplo, a morir con dignidad. Morir con dignidad… qué fácil se escribe ¿no?

Pero repita la frase con los ojos cerrados y piense en ese momento: Morir con dignidad.

Uno puede escribir sobre el tema, es más, hasta puede hablarlo… pero a mí es algo que me da vuelta en la cabeza desde hace mucho mucho tiempo.

Ese momento final, decisivo, solitario, entre lo último de nosotros acá, y el más allá.

Solitario y final momento de dejar este mundo.

El momento de la verdad, a partir del cual ya todo lo demás no tendrá razón de ser.

El momento en que lo que teníamos, lo que acumulamos, lo que escondimos, lo que ganamos, lo que robamos, lo que dijimos, lo que callamos, lo que gritamos, lo que mentimos… lo que amarrocamos con avaricia servirá para nada.



Vivimos en un mundo lleno de ruidos, de “empoderados” que militan en eso de hacer ruido alrededor de nuestras vidas, para que olvidemos nuestra finitud.

Tuve la desgraciada suerte de pasar toda la Semana Santa en el Hospital, y de tener que entrar varios días a la terapia intensiva. Pude hablar con amigos y familiares de otros enfermos o accidentados y compartir dolores y angustias para aliviar un poco las horas aciagas. Una familia entera llorando por la salud de un pibe que se accidentó en moto, un hombre que no paraba de hablar al ver a su mujer con hemiplejia nerviosa tras un asalto violento en su casa… hijos esperando abrazados y compungidos las horas finales de una madre. La angustia de la incertidumbre… el dolor de los desahuciados.

Las cucarachas que caminan por la sala de espera hoy no militan, salieron de paseo sin la remera de ninguna Gestión.

Hace tiempo leí un libro y me guardé este párrafo: “Hubo un instante eterno de silencio y luego se escuchó el ruido seco de la 9 mm. El tucu, cayó de boca contra el suelo, y en pocos segundos una enorme mancha de sangre circundó la gorda cabeza que yacía de lado, con la boca y los ojos bien abiertos, la enorme humanidad hasta recién suplicante y vital, acababa de traspasar con una loca ayuda la oscura cortina que nos lleva hacia la nada, para siempre.” El relato contaba cómo, una terrorista del ERP asesinaba a sangre fría al empleado de un Ingenio azucarero… obviamente no creo en eso de “la nada para siempre”.

Qué poco se cotiza la vida en el barrio. Qué gratis nos sale la muerte en el país. Qué caro nos cuesta el silencio cobarde a los argentinos.

Claro que tal vez uno se vaya de este mundo sin darse cuenta. Muchas veces he sido testigo de muertes así. Algunos dicen que las prefieren. Yo no estoy tan seguro.

Morir de repente, sin tiempo siquiera de mirar a los ojos por última vez a los que uno quiere. A los que uno ama. A los que les debemos un GRACIAS, así, con mayúsculas, aunque sea un GRACIAS con ojos, sin palabras.

Pero afrontar el momento final intuyendo el final también tiene sus cosas. Hay que ser fuerte, hay que estar preparado, hay que tener dignidad y hay que tener la conciencia tranquila para irse en paz.

Por supuesto que si uno tuviera la posibilidad de elegir, elegiría la opción menos dolorosa. Pero no se puede elegir. Hay que meter la mano en la bolsa con los ojos cerrados y sacar una opción. Y será lo que toque en suerte.

Los finales son así. A veces esperados y a veces sin aviso. Por eso hay que estar vestido para la ocasión. Con las medias zurcidas y los paños menores limpios.


Hermosa está la ciudad. Todos sabemos por qué. Y el que no lo sabe es un necio. Y el que no lo ve no sabe mirar. Acá hay gestión. Hay pasión por hacer.

Lo importante es hacer. Las formas en ese hacer son pormenores…no es cuestión de perder tiempo en nimiedades formales.

¿Se puede ser un poco más prolijo?… seguro que sí, pero se tardaría una eternidad.

En lugar de criticar a los políticos y funcionarios, deberíamos nosotros mirarnos el ombligo. Ver la viga en nuestros ojos, antes que andar hurgando pajas en ojos ajenos.

Si el Senador tiene diez testaferros, su esposa en un puesto creado a medida, pues mejor callar, mire usted dónde esconde su mugre antes de criticar a los demás.

Si la misma familia tiene al Senador, otro en el tribunal y además el estudio del doctor alquilado al juzgado, usted mejor métase en sus cosas que bastantes muertos tiene su ropero… todos tienen derecho de aprovechar las oportunidades doradas que la vida presenta.


Como verán, hoy he decidido hacer las paces con las mentiras que los “empoderados” quieren. Y todos contentos. Y todos “avestruzmente” felices, con la cabeza en la tierra y con el culo al aire.

Allá ellos que aprietan, allá los otros que temen,  mucha suerte usted, lector desprevenido y manso. Cuando tenga esta página ante sus ojos será domingo. Tal vez. Y Lolek, que nació Karol y murió Juan Pablo II, estará siendo Canonizado. Todos hemos sido testigos de su santidad. Cuando él murió nacía mi último hijo. En el sanatorio, con Bauti en brazos vi una y otra vez las últimas imágenes de Lolek… esa dignidad de la Cruz. La cargó hasta el último aliento con cristiana resignación. Así quiero morir yo. Pero veremos.

Siempre que he escrito, me he hecho cargo de cada una de las palabras con sus puntos y sus comas. Y claro, también me haré cargo, llegado el momento, del punto final.

Feliz vida para todos… y todas.

Horacio R. Palma
El Día de Gualeguay
Gualeguay

Entre Ríos