jueves, 1 de mayo de 2014

LA CRUZ CRISTIANA: ¿SÍMBOLO DEL TERROR EN EL PAÍS DEL PAPA FRANCISCO?

Por Mauricio Ortín
LOS FISCALES QUE SE NOS PARECEN


A pedido de los querellantes, los jueces Fátima Ruiz López, Daniel Morín y Federico Díaz, ordenaron descolgar el crucifijo de la sala donde se lleva a cabo el juicio. La decisión tiene como antecedente el planteo, en el primer juicio por delitos de lesa humanidad en Jujuy, del entonces abogado querellante –hoy fiscal federal- Juan Manuel Sivila, quien, al respecto, alegó: 

Juan Manuel Sivila
“Tan insidiosamente el terror habita todas nuestras prácticas cotidianas, que inclusive aquí hemos llevado adelante todas estas audiencias bajo el signo de la tortura, me refiero a la imagen de esa persona torturada, allí arriba del estrado”. 
Pues bien, dado que el acto de descolgar el crucifijo y el alegato que lo justifica, prima facie, comporta un formidable shock simbólico para una sociedad mayoritariamente cristiana, resulta pertinente analizar, primero, lo dicho por el fiscal y, luego, lo hecho por los tres jueces. En realidad, el texto de Sivila de tan explícito no amerita ningún esfuerzo interpretativo, sin embargo, a la luz de sus posibles implicancias no es ocioso detenerse en él. Sivila, muy suelto de cuerpo y en medio de un juicio, sostiene, por lo menos, tres afirmaciones polémicas; a saber, que “el terror habita todas nuestras prácticas cotidianas” de manera insidiosa; que una prueba de ello es que el propio juicio se ha llevado adelante “bajo el signo de la tortura” y que dicho signo es la imagen de Jesucristo en la cruz. Como es evidente, el fiscal no se anda con chiquitas a la hora interpretar el significado del principal símbolo cristiano; no así, en cambio, cuando se trata de fundamentar académicamente sus dichos polémicos; los cuales, más bien, parecen responder a prejuicios ideológicos de intolerancia religiosa.

Si, como dice el fiscal, Jesús en la cruz, simboliza al terrorismo y, además, el terror por medio del signo “habita todas nuestras prácticas cotidianas” de manera insidiosa, entonces (emulando al Tribunal Federal de Jujuy) sería deber del Estado y de todo hombre de bien  rechazar y combatir la malsana costumbre de exhibir el signo “insidioso” de la “tortura y el terror”. En tal sentido correspondería, por ejemplo, legislar para impedir que, por lo menos, en las oficinas públicas los ciudadanos presuman de su fe cristiana ostentando el “ominoso” símbolo colgando de sus cuellos y/ o coartar la atávica costumbre de persignarse con la señal de la cruz cada vez que pasan por frente de una iglesia. ¡Ni hablar! de los “excesos” fuera de toda proporción como, por ejemplo, el deambular por la ciudad en procesión multitudinaria con el Señor del Milagro a cuestas. Incluso, el nombre de la constelación estelar, “la Cruz del Sur” debiera ser cuestionado. Llamarla, por ejemplo, “la X del Sur” enmendaría su sesgo terrorista actual (Drácula, agradecido). Como se puede apreciar la jurisprudencia sentada por los “descolgadores de crucifijos” podría afectar en forma directa a millones de fieles; los que, además de ofendidos, bien podrían sentirse que son objeto de persecución política.


Ahora bien, dadas las consecuencias posibles a las que conduciría la citada interpretación, de la cruz y su significado, es una obligación  preguntarse: ¿Tiene razón el fiscal Sivila? ¿Simboliza la crucifixión lo mismo que la cruz esvástica?  Sucede que, desde hace dos mil catorce años son miles de millones los que, contrariamente a Sivila, no ven en la cruz al torturador sino al torturado, como tampoco al odio sino al amor ¿Asistirá la razón, tal vez, a estos últimos? En mi profana y modesta opinión (más allá de que esa no fuera su intención) la interpretación “siviliana” es un verdadero disparate ideológico; el cual, además, podría obrar como un peligroso incentivo del odio religioso.


Considero un hecho inaceptable  que los funcionarios que deben garantizar mi libertad –la de culto, entre otras– me tengan bajo sospecha o persigan por mis creencias religiosas.


Las generalizaciones suelen ser injustas; pero cuando, por un lado, en cantidad y calidad tenemos este tipo de funcionarios en el Estado y, por el otro, la respuesta ciudadana es la indiferencia, no parece arbitrario afirmar que los argentinos (los cristianos, primero) tenemos los fiscales, jueces y políticos que se nos parecen.

NOTA: Las imágenes no corresponden a la nota original.