lunes, 9 de junio de 2014

CARTA A SU SANTIDAD FRANCISCO


La siguiente carta fue entregada en mano a Su Santidad Francisco, a mediados de mes de mayo del presente año, por una persona de su amistad personal.

En ella hace una descripción de su penosa situación como Preso Político, sometido a una prolongada prisión preventiva –más de 8 años–, y la que sin duda alguna hace extensiva a todos sus camaradas detenidos en una similar e injusta detención a manos de la justicia.

Desde nuestro humilde sitio formulamos votos para que el Santo Padre, conocedor en detalle de la injusta situación que sufren todos los Soldados de la Patria, que por defenderla de la agresión violenta del terrorismo se hallan detenidos como Presos Políticos y a la merced de jueces y fiscales prevaricadores, interceda ante las autoridades argentinas para que se dé una solución justa y definitiva a este drama que enlútese a la Nación.

Sinceramente,
Pacificación Nacional Definitiva
por una Nueva Década en Paz y para Siempre



Olivos, abril de 2014.

Santo Padre:


Es difícil describir el impacto emocional producido en la mayoría del pueblo argentino cuando, en forma sorpresiva, el 13/3/13 las pantallas de nuestros televisores difundieron la noticia que el Cónclave cardenalicio había consagrado Papa a un compatriota: Nuestro Cardenal Primado.

En una Argentina cargada de dilemas políticos, predicciones económicas inquietantes y una sociedad inducida a dividirse, fue como si se abriera una ventana por donde penetró una bocanada de aire fresco, que avivó la llama de una gran esperanza general.

Quien escribe esta carta de ninguna manera fue ajeno a tan trascendente acontecimiento, porque soy un preso político por casi ocho años que se encuentra privado de su libertad, sin sentencia, y en instancias de la etapa oral del mismo, a merced de caprichos políticos y no de una verdadera justicia.

¿Por qué le escribo estas líneas Santo Padre? simplemente para que sepa el drama que vivo, por más que tengo la seguridad de que Ud. conoce perfectamente lo que ocurre con los presos políticos en nuestra patética patria.

Estoy privado de mi libertad y aún no he podido determinar la razón por la que estoy detenido.

El 16/11/06 fui citado por un juzgado al que me presenté como corresponde ante un llamado de la justicia.

Me atendió un funcionario de tercera o cuarta categoría, que me entregó una cantidad de carpetas imposibles de leer en el corto tiempo disponible; me pusieron un letrado de oficio, negué haber pertenecido a ningún grupo de tareas ni haber participado en ninguna actividad relacionada con los hechos que se me atribuían, como también negué todos los cargos que me parecieron insólitos porque no se ajustaban a la verdad. Acto seguido y, sin análisis previo, ordenaron mi traslado inmediato a la Base Aeronaval Punta Indio en calidad de detenido, preventivamente.

Me endilgaron cargos de partícipe necesario por la tortura, muerte, violación y tantos otros delitos aberrantes cometidos contra más de 200 personas que jamás vi, y con quienes nunca tuve contacto. Me embargaron por más de 200 (doscientos) millones de pesos. Es el día de hoy que aún no puedo comprender tremendas acusaciones.

Desde la primera presentación, nunca más fui llamado por el juzgado hasta que, en 2013, debí presentarme para las acusaciones al comenzar el juicio oral.

En esa instancia pude presentar mis descargos, que en esa oportunidad no produjeron ningún efecto pero que servirán en circunstancias de la defensa final, la que ocurriría, según versiones extraoficiales, en el 2015 ¡¡después de las elecciones!!

Santo Padre, soy un Capitán de Navío retirado de la Armada Argentina, Veterano de la Guerra de Malvinas. Tengo 76 años, nunca pertenecí a ningún grupo de tareas, nunca torturé a nadie, ni tuve contacto con persona alguna relacionada con los grupos subversivos.

De la lectura de miles de páginas que componen el megaexpediente de la causa ESMA 2, no existe ninguna acusación concreta de ninguna persona, ni entidad, ni documento que me relacione con los grupos de tareas. Sin embargo, sigo detenido preventivamente como el peor de los criminales y le puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que un porcentaje elevado de mis camaradas privados de su libertad están en condiciones similares.

Santo Padre, estos casi ocho años fueron una pesada carga, no tanto para mí, porque como soldado estoy preparado para soportar tremenda injusticia, sino para mi familia, que lleva el peor calvario.

En estos años fui privado también de los más ricos acontecimientos familiares. No pude concurrir al casamiento de una hija; dos de mis hijos, presionados por la situación de mi prisión, se radicaron en el extranjero; en el interín nacieron cinco nietos fuera del país, a los que conozco sólo a través de fotografías.

Santo Padre, también me negaron el principio de inocencia, me negaron la excarcelación después de los tres años de preventiva porque consideraron que soy un detenido muy peligroso, que podía fugarme (estoy operado de las dos caderas y tengo certificado de discapacidad) y que tengo contactos en el extranjero donde podría refugiarme.

Me quitaron una autorización para caminar tres veces por semana durante una hora, por prescripción médica, porque un camarada se propasó con esa autorización, por lo tanto nos prohibieron a todos.

Santo Padre, somos personas cuyo promedio de edad es de 72 años. Yo soy un privilegiado porque estoy en prisión domiciliaria, pero muchos de mis camaradas se encuentran recluidos en penales abyectos donde carecen de los elementos necesarios para atender a ese universo de personas que padecen patologías propias de la edad y enfermedades graves como deficiencias cardiacas, renales, cáncer, hipertensión (hay casos de detenidos que han fallecido, por falta de una atención primaria de emergencia).

A muchos camaradas, incumpliendo el juramento Hipocrático, les han negado atención médica por considerarlos represores. Nos han transformado en una subespecie ciudadana que no merece acceder a ningún derecho constitucional y que, una vez señalada por la querella (integrada por ex terroristas), queda de hecho condenada sin que se tengan en cuenta ni se les de valor alguno a las pruebas presentadas, aún debidamente documentadas.

Santo Padre, el marqués Cesare de Beccaria, uno de los grandes innovadores en derecho penal, decía que una prisión prolongada en el tiempo es peor que una sentencia de muerte.

Al respecto, Santo Padre, ya han muerto en cautiverio 238 camaradas, la mayoría sin llegar a sentencia.

Nuestros padecimientos no les interesan a nadie, la muerte de un "represor" tiene menos valor que la muerte de una res en un matadero, salvo para las familias y un grupo de personas integrado por camaradas, amigos y abogados que desarrollan una invalorable tarea de esclarecimiento, apoyo y ayuda a quienes les han quitado hasta el amor de su familia.

Santo Padre, somos muchas personas y familias discriminadas, ni la Santa Iglesia se ha acercado a nosotros para reconfortarnos; los medios ignoran nuestros fallecimientos, la mayoría, por falta de atención médica adecuada.

Lo más grave es que no le he podido quitar a mis hijos y, sobre todo a mis nietos, el doloroso sentimiento de impotencia ante la injusticia en que me encuentro, cosa que les crea demasiado dolor y enojo. Una de mis nietas le pide a Dios, en sus oraciones nocturnas, que le diga a la presidente: “cuándo le permitirá a su nonito que vaya a la calle con ella.”

Trato de suavizar la crudeza de la realidad, pero, a veces, créame Santo Padre, no encuentro las palabras para explicarles las incoherencias de mi condena en relación al trato con que se ven beneficiados los acusados diarios por delitos importantes. Se les tapa la cara para proteger su anonimato y se les da todo tipo de protección judicial hasta tanto se decide su destino. Los niños no lo entienden y, en realidad, los mayores tampoco.

Santo Padre, mi deseo es que mis nietos como mis hijos puedan reconciliarse, lo antes posible, con esta sociedad anárquica y acomodaticia, presa fácil de la acción psicológica de medios que responden a intereses que Ud., Santo Padre, conoce mejor que ninguno.

En lo inmediato, sólo deseo ser juzgado con las pautas con que se juzga ante la ley a todos los ciudadanos de mi patria. Si soy culpable que me condene, pero es intolerable la discriminación, y la negación de derechos elementales como el principio de inocencia y la excarcelación después de los tres años en prisión preventiva que son de práctica.

Santo Padre, soy creyente y he depositado mi fe cristiana en devoción* a San Francisco Di Paola, a quien venera y es devota toda mi familia.

Sus palabras "También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza" me alentaron a escribirle esta carta, que le será entregada por el puñado de abogados y familiares que han pedido audiencia para verlo. Quisiera que sepa que en el ínterin ya fallecieron tres de mis camaradas enjuiciados, como consecuencia de su edad y de sus padecimientos.

Santo Padre, lo que pedimos es justicia y no venganza. Sólo su Santidad, con su bondad e inteligencia, puede influir para que nos devuelvan lo que nos fue negado en estos últimos 10 años. Quienes le llevan esta misiva le informarán sobre el cúmulo de injusticias que se están cometiendo en nuestra patria. Es preciso actuar lo antes posible, porque en estas condiciones se nos va la vida.

A través de su acción, es mi deseo poder restituir la fe, la concordia y la unión en mi familia y en la de mis camaradas a la luz de sus santas palabras "El odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida".

Le pido su bendición y le mando un fraterno abrazo.

Eugenio Bautista Vilardo
Capitán de Navío IM (RE) VGM
Preso Político

NOTA: Las imágenes y destacados no corresponden a la nota original.
                                        
* En el año 1948 mi padre sufrió una pancreatitis aguda, cuya gravedad llevó a que le dieran la extremaunción por declararlo desahuciado. Su fe en San Francisco di Paola, según sus propios dichos, fue la causa de la elección para implorarle que lo sanara. Prometió que iría a visitarlo con toda la familia. Contaba que tuvo la aparición del santo y, en forma milagrosa, fue bendecido con una recuperación inexplicable.
En el año 1951 fuimos toda la familia a visitar al Santo cumpliendo dicha promesa. Recuerdo, que desembarcamos en Génova donde permanecimos un día y fuimos en tren directo al convento en Paola para cumplir su promesa antes de encontrarnos con la familia.