martes, 5 de agosto de 2014

FUÍMOS TODOS... Y PERDIMOS NUESTRA HUMANIDAD

El pasado domingo contamos que el sábado 2 de agosto, se había llevado a cabo el Festival Internacional de Novela Policial BUENOS AIRES NEGRA, donde el crimen real se mezcla con el crimen de ficción, en el mismo había participado Raúl Argemi[1], nuestro amigo José María Sacheri enfrentó a uno de los asesinos del juez Jorge Vicente Quiroga… tal vez con la esperanza de averiguar datos sobre el asesinato de su propio padre, el recordado profesor de filosofía Carlos Alberto Sacheri.
A pesar de su negación Raúl Argemi es un asesino, delito ya prescripto, por el cual fue juzgado, condenado, encarcelado y amnistiado… podemos afirmar que conoce el protocolo de la violencia de los años ’70, esa cruel guerra que nos quitó la humanidad a todos los argentinos”, las bombas, secuestros, asesinatos, torturas y distintas formas de violencia pasaron a ser partes de nuestras vidas… hasta las tomábamos como normales. Habíamos perdido la humanidad, el fin justificaba los medios… vieja frase atribuida a Maquiavelo y significa que gobernantes o el pueblo han de estar por encima de la ética, de la moral y de las leyes vigentes para conseguir sus objetivos o llevar a cabo sus planes.
Esta premisa es defendida por la doctrina del Bien Superior y se opone frontalmente a la doctrina cristiana que declara exactamente lo contrario: El fin no justifica los medios.

En una clara muestra que hemos aprendido la lección de nuestra triste historia, José María Sacheri nos invita a la reconciliación y a una amnistía general para todos los argentinos. Porque como dice y demuestra en su libro el escritor historiador Juan Bautista “Tata Yofre”: ¡FUÍMOS TODOS!

Sinceramente,

Pacificación Nacional Definitiva
por una Nueva Década en Paz y para Siempre


DR. JOSÉ SACHERI: IMPRESIONES DE MI BREVE CHARLA CON RAÚL ARGEMÍ
lunes, 4 de agosto de 2014

Jamás se me hubiese pasado por la cabeza escribir unas líneas sobre lo que iba a hacer, e hice, anteanoche: ver a un ex guerrillero que integró el mismo grupo terrorista “ERP 22 de agosto”, que el 22 de diciembre de 1974, asesinó a mi padre, Carlos Alberto Sacheri, patriota y católico con mayúsculas, profesor de filosofía, y padre de siete hijos, con sólo 41 años de edad, delante de su mujer, sus siete hijos y tres amiguitos.


Pero con la recepción de algunos llamados, elogios y agradecimientos del “nuevo” facebook, todos inmerecidos, me parece mejor explicar lo que pasó, que guardarlo sólo para mí. Por comentarios me enteré que había alguien que había filmado en forma absolutamente precaria dos personas conversando a bastante distancia, y no puede escucharse nada (obvio, pero yo no lo sabía). Agradezco en primer lugar a los amigos que me acompañaron en este pequeño acto inusual. Como así también a todos los que elogiaron, o felicitan, o difunden inmerecidamente el hecho que aunque no haya sido sencillo, tampoco es nada extraordinario.

Hace unos cuatro años, con la misma idea de acercarme al “enemigo” de los 70´, fui con menos miedos y prevenciones a ver a un sacerdote que había sido del llamado Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, y muy tristemente, pude constatar que ya en el año 2010, seguía viendo el mundo y la Argentina con las mismas anteojeras y enormes parcialidades que en los 60´ y 70´. Esa vuelta salí muy, muy lastimado espiritualmente y me costó más de una semana reponerme de aquel resentimiento. No fue así anoche. De allí que anoche -los amigos que me acompañaron, pueden dar algo de fe al respecto- fui con temor a pasar por una situación que podía llegar a ser muy desagradable, y que podía llegar incluso a una violencia (verbal o física) grave. Afortunadamente mis prevenciones no eran ajustadas. Yo sabía que Argemí no había intervenido materialmente en la muerte de Papá, pues él ya estaba preso desde seis meses antes de la misma. Argemí me pareció un tipo frontal, y sin demasiadas vueltas.


Conversamos unos 10/15´, con lo que obviamente no entramos en ningún tipo de cuestión con una mínima profundidad. Lo primero que le dije es que a mi padre lo había matado el grupo guerrillero “ERP 22 de agosto” (el mismo grupo se llamó también “ERP 22” y “ERP 22 L”), y que él había integrado ese grupo. Él me dijo que no recordaba la muerte de Papá, y es posible… Fueron tantas, las de aquellos años que es perfectamente posible que no la recordara…, pero ni se escapó, ni puso obstáculo alguno en seguir hablando. Como también le dije, para no ir tan violentamente como cuando lo mataron a Jorge Vicente Quiroga, que él había “tenido la desgracia” (tomado en sentido estricto del término “desgraciado” que hasta no hace tanto se usaba respecto de aquel que había asesinado) de matar al Juez Quiroga. Me escuchó atento, y aunque también me pareció que no comprendió todo lo que le fui diciendo por ser algo sordo, me reconoció expresamente haber estado en el ERP 22, a la vez que me dijo que no había estado en la muerte del Juez Quiroga (28 abril 1974), por la que fue detenido el 21 de junio de 1974, condenado judicialmente, y cumplió diez años de prisión, siendo liberado en 1984. Mi propósito central no era hablar de sus hechos o muertes, sino el acercarme para hablar más distendida y tranquilamente en otro momento. Me contestó algo así como: “En esa (muerte) no tuve nada que ver.”; lo que para mí fue positivo, pues me pareció que podía estar reconociendo que en alguna otra muerte, sí había estado. Esto verdaderamente sin ningún tipo de interés judicial de sonsacarle ningún tipo de dato o reconocimiento pues, a la vez que no es mi función, no soy tan zonzo como para pensar que Argemí no ha pasado por una experiencia parecida y no va a reconocer al primer tipo que lo encara, una cuestión de tamaña gravedad. De hecho todos estos delitos están verdaderamente prescriptos, y no existían en aquellos años los mal llamados “delitos de lesa humanidad”, mal que le pese a casi todos nuestros jueces federales.

Enseguida me ofreció su número de celular para poder conectarnos y hablar tranquilamente, pero cuando llegó el momento de dármelo, casi tan torpe como yo, no sabía cómo dármelo y me ofrecía una tarjeta. También me dijo que no hablaba con gente ajena a los hechos de aquellos años, pero que para conmigo el tenía una “responsabilidad social”, lo que me pareció un buen principio. No muchas, pero algunas veces me ha tocado estar con ex guerrilleros, que aún en el gravísimo rol que desempeñaron, reconocen lo que hicieron, y hasta en un par de casos, con conciencia del mal que produjeron, y hasta cercanos al pedir perdón. También Raúl Argemí se refirió al Perdón, y al arrepentimiento, y le llegué a decir lo importante que es esa cuestión. No la cerró, aunque le parecía un poco al cuete, pues: “Un arrepentimiento o un perdón no resucita a ningún muerto”. La charla fue más que razonable. Y me pareció ver en él, un respeto importante por la parte destinataria de lo que él de algún modo había contribuido a cometer: un gran dolor.

Espero estar en lo cierto. Dentro de lo difícil y la tensión que implicó para mí el saber que iba a hablar con alguien que -al menos hasta donde puede saberse-, mató al único juez de toda la historia argentina asesinado por razones políticas, la charla fue afable y como para seguirla... Creo que va a seguir para bien, aunque nada de esto es fácil… Alguien puede preguntarse con razón: ¿Para que fue éste tipo a ver a un guerrillero que integró el mismo grupo que mató a su padre? La primer respuesta es: que mi conciencia me impedía dejar pasar la posibilidad de hablar con quién mató, o no como me dijo ayer, a Jorge Quiroga, e indirectamente a mi padre. No cabía en mí la posibilidad de no hacerlo, sin inculparme por muchísimo tiempo de cobarde e impío (en el sentido de la piedad paterna).

Y encararlo a Argemí implicaba decirle y “recordarle” lo que pasó, y también -lo que efectivamente ocurrió- que él tuviera, y tuviéramos ambos la posibilidad de hablar después de 40 años de tantas muertes. La respuesta más cerebral puede parecer ingenua, y creo que no lo es. Si una buena cantidad de guerrilleros o “Argemís” se animaran a decir que lo que ocurrió en los 70´ fue un baño de sangre entre hermanos, producto de una gran locura colectiva, y que como argentinos debemos mirar para adelante, sin olvidar la historia de lo ocurrido, esta parte del problema argentino del resentimiento fraternal, se acercaría a una solución. Hoy espontáneamente, le contesté a un amigo, al preguntarme cómo hacía eso, que si este tan grave problema no se hace con “la zurda” que tiene mucha gente honesta, probablemente no se solucione… Si muchos Argemís demuestran su arrepentimiento, o más aún, piden perdón, el resentimiento, que algunos vienen sembrando y cultivando desde hace tantos años, se limitaría muchísimo, y comenzaría a ser sepultado como corresponde a toda guerra entre hermanos. Si quienes tomaron las armas -la mayoría de los cuales, no quiere saber nada con este enorme negociado de los derechos humanos- se pusieran de acuerdo en que esto fue una guerra entre hermanos, en la cual como en toda guerra, hubo errores y horrores, la única solución para ello es una amnistía (sea de derecho, o de última, de hecho). Con lo que para todos los argentinos -no solamente para “los militares” - se elimina un enorme grano de pus para todos, especialmente para los más jóvenes y pequeños. Y tal vez así, podamos acercarnos un poco a la Paz que Dios nos quiere regalar y, parece una tragedia que nos marca, nos negamos a abrazar y guardar...

Dr. José María Sacheri

FUENTE: http://horaciopalma.blogspot.com.ar/2014/08/dr-jose-sacheri-impresiones-de-mi-breve.html



[1] Escritor argentino, actualmente radicado en su país de origen, luego de 12 años en España. Es autor de novela negra. Su obra ha ganado diversos premios, el Hammett entre ellos, y se ha traducido al francés, italiano, holandés y alemán.

A las dos y media de la tarde de un 28 de abril de 1974, Argemí venía en moto con Marino Amador Fernández por las calles frenéticas del centro de Buenos Aires. Desandaban la calle Viamonte esquivando gente y autos. En la esquina de Montevideo casi chocan contra el auto de un juez, que les tomó la patente.

Tal vez iban distraídos pensando en los datos que les había cantado, bajo tortura, el Dr. Carlos Alberto Bianco, al que tenían secuestrado desde hacía varios días. La moto hizo una maniobra extraña y frenó justo a la altura del 1506 de la calle Viamonte. Desde calle Paraná venía cruzando, puntual, el juez Jorge Vicente Quiroga. Él también iba aquella tarde al 1506 de Viamonte a visitar a su amigo Rébori.

Marino Amador Fernández y Raúl Artemí lo sabían perfectamente. Lo dejaron pasar, y entonces Artemí o Fernández, o los dos, se bajaron de la moto, sacaron sus metralletas Halcón como por arte de magia, y lo acribillaron con 14 balazos a quemarropa… con esos balazos el ERP intentaba vengar a sus camaradas enjuiciados por Quiroga. Si bien el neopresidente Cámpora los había indultado a todos.

Quiroga cayó en agonía, los asesinos subieron a la moto y salieron a toda velocidad mientras la gente huía despavorida. Quiroga se desangra en la vereda, y agonizará dos horas más tarde en el hospital Rawson antes de convertirse en mártir de la justicia argentina.

El testigo del auto frena, y le pasa a la policía la patente de la moto… y con ese dato, la policía de Perón llegó en pocas semanas hasta la calle Fragata Sarmiento 1071 en Ramos Mejía. Allí encontraron un rastrojero robado, preparado con una bomba de 3 kilos de trotyl, un indicador eléctrico mecánico de activación, una ametralladora Halcón cargada, una falsificadora de credenciales, papeles del ERP, miles de proyectiles y un cuaderno con los datos de un funcionario judicial secuestrado: el Dr. Bianco.