jueves, 21 de agosto de 2014

UNA IMAGEN VALE POR 1.000 PALABRAS

El famoso dicho “una imagen vale más que mil palabras” se refiere a la noción de que una idea compleja puede ser transmitida sólo con una imagen, una imagen que descoloca y que queda grabada en nuestras mentes. El origen de esta expresión popular podría resultarnos reciente, aunque es en realidad originaria de la China antigua. Como ejemplo basta con mostrar una tapa reciente de la revista Barcelona, medio de comunicación al que no se puede identificar con una ideología conservadora de la derecha… más bien diríamos que es “progre”, para usar un término de moda.




Es evidente que Barcelona cuestiona el uso político que hace el poder de turno y no se tragó el sapo… nosotros tampoco.

Les dejamos un artículo publicado en El Tribuno de Salta, con un análisis no tan simple acerca de la identidad de las personas y su recuperación.

Sinceramente,

Pacificación Nacional Definitiva
por una Nueva Década en Paz y para Siempre


IGNACIO PONE A PRUEBA LA IDEA DE "IDENTIDAD"

20-08-2014
Gabriel Palumbo
Nadie está en condiciones de restituir la identidad de nadie salvo que esté dispuesto, previamente, a negarle la totalidad de su propia subjetividad anterior. La idea de restitución de la identidad es una idea estrictamente política y su uso también lo es. Llamar Guido a Ignacio es despreciar todo lo que Ignacio es y ha sabido construir.

"Ignacio, me llamo". Lo tuvo que pedir varias veces, con insistencia.


La intensidad con que los periodistas y los militantes quieren llamar Guido a Ignacio no es solo un acto de ignorancia o de torpeza. Es una muestra enorme de lo que la falta de diferenciación entre lo público y lo privado puede hacer en la vida de las sociedades.

Una sociedad que cree, sin reflexionar demasiado, que está en condiciones de restituirle la identidad a una persona, está marcada por un componente animista, conservador y retardatario que muy improbablemente advierta.

El debate excede en mucho el tema que ocupa los diarios, ya que propone un diálogo improbable: el de identidad y restitución. La idea de identidad es sumamente compleja y no admite suspensiones. La identidad individual, la única posible, es una construcción que no se suspende por ningún motivo ni en ningún momento. La única forma en la que podría argumentarse esa suspensión debería, en el mismo momento, admitir que se está dispuesto también a suspender la propia subjetividad que es objeto de análisis.

La identidad no es algo que se pueda esencializar. Toda construcción identitaria es compleja, múltiple y sumamente dinámica. No es posible vaciar este proceso de construcción subjetiva por ninguna situación particular, por extrema que fuere. La identidad se conforma con la acumulación de experiencias y no admite ser contrastada con los conceptos de verdad o mentira en un sentido mundano. La identidad se hace de los fracasos, los equívocos y los aciertos de la experiencia humana. Esta experiencia, intransferible, acumulativa y creativa no se suspende por una dictadura.

Ser persona, construir una identidad, tener un nombre y finalmente reconocerse y ser reconocido, depende fundamental y sencillamente de la posibilidad de hablar un lenguaje particular, un lenguaje que nos habilite a discutir incluso nuestras propias creencias y deseos.

Cada historia personal es particular, propia y enteramente contingente. Por lo tanto, nadie está en condiciones de restituir la identidad de nadie salvo que esté dispuesto, previamente, a negarle la totalidad de su propia subjetividad anterior.

La idea de restitución de la identidad es una idea estrictamente política y su uso también lo es.


La pretensión del Gobierno por convertir un hecho íntimo en un suceso espectacular responde, en realidad, a una lógica muy distinta de la que se utiliza para justificarlo. La tragedia se convierte en farsa bajo la utilización autoritaria del pasado. Lo que se convierte en el centro de atención no es algo relacionado con la justicia o con la posibilidad de considerar la historia en su complejidad. La única voluntad que mueve al Gobierno es de la capitalización simbólica por vía de la tergiversación y el engaño.

La cultura de los derechos humanos tiene en Argentina un componente particular que se acentúa con el populismo. Argentina no pudo nunca utilizar el universo de los derechos humanos para colaborar en la construcción de una comunidad. La idea de los derechos humanos ha servido, desde la recuperación democrática hasta ahora, como un ejercicio de partición y de separación social. En lugar de buscar recrear los lazos comunitarios, se ha reforzado la idea de la existencia de planos morales sin matices. En vez de buscar la continuidad de una sociedad colaborativa, se utiliza la historia, el pasado y la memoria para separar y estigmatizar.

La posibilidad de reconciliación y búsqueda pública de una vida en común se perdió definitivamente en relación con los responsables directos de la dictadura. Los excesos concesivos que las mayorías argentinas tienen frente a las tentaciones autoritarias aparecen bastante claros. Hay que considerarlos como factor indispensable de nuestro empequeñecimiento democrático.



NOTA: Las imágenes y destacados no corresponden a la nota original.