viernes, 12 de septiembre de 2014

¿QUÉ PARTE DEL “VAMOS POR TODO” NO ENTENDIERON?


Convengamos en algo; el “vamos por todo” que se gritó en Rosario no es el chillido de alcoba de una sesentona menopáusica ni es el grito de tablón de una expresión deseo en la que sueña que todo sea bueno en el país que deja a hijos y nietos. No, el  “vamos por todo” es un grito de batalla que ratifica una manera perversa de gobernar; manera que, con excelente resultado, ella y el marido pusieron en práctica en una provincia con más ovejas que seres humanos pero con el convencimiento -ratificado en estos once años- que la república no era para nada diferente, al menos en la calidad de los seres humanos que la pueblan.

Un régimen de once años de ineptitud, amenazas, aprietes y mentiras sumados a la convicción setentista de una “revolución nac & pop” que se quedó en el tiempo, no se va porque un acto eleccionario lo diga ni retrocede ante una presunta repulsa popular porque, desde el vamos, el pueblo en este relato rastrero, son ellos y solo ellos, no el resto de los argentinos que al carecer de la lucidez necesaria para entender esta empresa solo les queda por conducta seguir a los iluminados.

Así las cosas, cada día me convenzo más de que ellos no se van a ir digan lo que digan las urnas. ¿Por qué, además de lo dicho precedentemente, sucederá esto?; basta analizar ciertas acciones de gobierno y también algunas declaraciones que a veces se les escapan a la banda de lenguaraces que según la ocasión el gobierno utiliza. Mientras analistas y políticos se afanan por saber quiénes están enfrentados con quienes en el gobierno, la realidad nos golpea mostrando lo que no queremos ver, que el gobierno es sólo ella y nada más que ella, más el acompañamiento musical de Kicillof, Zannini, Verbitsky, Pérsicco y Milani y algún que otro más, y no necesariamente estos últimos en ese orden de aparición. Todos los demás, desde el Coqui hasta Rossi son, como diría Serrat, muñecos de cartón piedra.

Para saber que el resto de los que presumen de pertenecer al gobierno -vicetiples de opereta- están pintados basta una sola anécdota: ante la negativa de la Unión Europea de venderle carne a Rusia, inmediatamente volaron a Moscú Déborah Giorgi, ministro de no sé qué, y Carlos Horacio Casamiquela, persona que suele presentarse como ministro de agricultura y ganadería, con el objetivo de, por lo menos, ligar algo en el reparto de cuotas de importación de carne, producto con el que, en tiempos mejores, jugábamos en la ligas mayores. En principio todo iba de maravillas pero nadie les avisó a ellos, ministros, que el secretario de comercio interior - Augusto Costa, feudatario del ministro Kicilloff- había decidido prohibir toda exportación de carne hasta que bajara el precio interno de esta. Si hubo algún trato comercial fracasado nunca lo sabremos, pero el papelón cometido fue de los mejores de la década.

Es entonces que en las manos de estos pocos personajes -los que de verdad rodean a la presidente- está el futuro de la República. 

Que estén organizando una “revolución Nac & Pop” con el auxilio de Milagros Salas, D’Elía, Pérsicco y Milani con su “ejercito del proyecto nacional” o que decidan convertir al país -en estos últimos cuatrocientos cincuenta y seis días- en una Cartago devastada a la que luego le echarán sal para que nada perviva, puede llegar a ser un hecho en el que los argentinos pensamos pero el miedo a que esto sea inevitable es tan grande que lo que estamos haciendo no es otra cosa que meter la cabeza en la arena. 

Pero bueno, al fin y al cabo el ñandú es tan criollo como el mate.
Es probable que ambas cosas -la “revolución” y la tierra arrasada- vengan juntas. Ni siquiera habrá que preocuparse bajo que grito se hará. Si ellos saben muy bien que a los argentinos, luego del bolsillo, lo que nos conmueve a llanto es el viejo: “Patria o….” y como para completar la frase nunca faltan sujetos, eso es lo que menos nos debería preocupar, siempre están a mano los cipayos, el imperialismo, Braden resurrexit o todo el folklore que supimos conseguir.

Además de las “causas ideológicas”, hay otro problema que una algarada de este tipo les resolvería ya que, después de diciembre del 2015 -supuesto cambio de gobierno mediante- seríamos espectadores de un continuado desfile, y no de modelos precisamente, por las escalinatas de Comodoro Py,  y ellos no quieren eso. ¿Podríamos, en estas condiciones, no imaginar al vicepresidente camino de Marcos Paz?, ¿podría alguien suponer que no se pedirá la cabeza de los ministros de seguridad para que den cuenta de los miles de muertos que su inseguridad permitió?, ¿se podría pensar que no se le hará rendir cuenta a los ministros de defensa por los aviones caídos, los buques hundidos, el equipamiento obsoleto, la munición vencida, el abandono de la campaña antártica y el uso fraudulento de los sueldos de los militares en el exterior?. Y estos, solo serían los muñecos del comienzo, porque sin duda alguna hay muchos más, ¡vamos, si son a hoy, once años de ineficaz gestión y fructífero latrocinio!

No hay mucho que pensar para imaginar cómo llevarían a esto a cabo; y ni siquiera a nuestras espaldas, sino bien a la vista. ¿Cómo interpretan, quienes lean esto, el desordenado y fantástico aumento del presupuesto de inteligencia militar a un año y tres meses de la entrega del gobierno?, ¿o creen que  Milani sueña con ubicar un “topo” en Villavicencio  364, de Santiago de Chile o comprar un “cabloco” para que filme día y noche a Celso Amorim?, ¿Cuál es, la necesidad de imponer por la fuerza del número una reforma stalinista a una ley de abastecimiento que de por si era más que dura?, ¿cuál es la necesidad de actuar como si el mundo conocido estuviera en una conspiración para destruirnos?, ¿Cuál fue la necesidad de darle doscientas hectáreas a China para construir una base aeroespacial, base que fácilmente puede transformarse en misilística, o coquetear sin pudor con Putin?.  Que cada uno piense las respuestas que quiera, pero la estupidez y malevolencia puesta en juego por el gobierno en estos once años nos autorizan a pensar así.

Y es a partir de estas suposiciones que creo conveniente que nos empecemos a hacer una serie de preguntas donde la primera sería: ¿realmente quieren los llamados presidenciables ganar las elecciones?, o esta perversa travesura a la que asistimos diariamente de egos quisquillosos que al igual que Penélope destejen en horas lo que les llevó días urdir no es la manera de decirnos a los tontos que esperamos de ellos, como si fueran Moisés dándonos el maná, que en el fondo no quieren hacerse cargo de esta bolsa de gatos que es el país.

Quizás lo cierto sea que ha llegado la hora de aceptar que en el fondo, estos “salvadores de la patria”, se sienten cómodos en su “quintita”, sea esta la capital, la provincia de los cárteles narcos, los feudos provinciales donde todo se arregla en idénticas noches de puterío y vino, o cada uno de los cargos electivos que se rifan y que le regalan al afortunado la ilusión de tener una -aunque sea mínima- cuota de poder, ya que la parranda electoral que ellos venden es tan endeble que ni siquiera se animan a preguntarse si en verdad la comparsa mafiosa instalada en el gobierno aceptará irse.

Mientras tanto, aunque nada de esto llegara a suceder y luego de cuatrocientos cincuenta y seis días -días en los que cientos de argentinos morirán por la inseguridad, las drogas o la desnutrición infantil- nos encontremos frente a una urna, seamos conscientes  que una vez más -por culpa nuestra y solo nuestra- el futuro se nos fue de las manos.

JOSE LUIS MILIA