jueves, 9 de octubre de 2014

LA PALABRA DE LA IGLESIA


En su reciente entrevista con LA NACION, el papa Francisco transmitió su interés en que exista un respeto perdurable hacia las instituciones del país
  
La entrevista que el Papa concedió a nuestro columnista Joaquín Morales Solá, y que LA NACION publicó el domingo último, constituye, sin duda, uno de los acontecimientos periodísticos del año. Ha sido así por la jerarquía excepcional de un diálogo franco y directo con el líder de la Iglesia Católica, cuya gravitación trasciende los confines de la feligresía, y por las circunstancias mundiales y nacionales que privilegian aún más, si cabe, el peso que de por sí se ha acordado, en todo tiempo, a la palabra de un sucesor de Pedro.

Bergoglio ha asumido la conducción de la Iglesia con inocultable voluntad de cambio. Más austeridad, menos boato eclesiástico y menor contemplación con las intrigas palaciegas en la curia romana o los desvíos en las finanzas vaticanas. Más rigor disciplinario con inconductas graves de los pastores, a tal punto que un nuncio polaco se encuentra en prisión en el Vaticano, acusado de pedofilia, delito para el que no habrá perdón. Más comprensión pastoral por la situación de los divorciados y los jóvenes que constituyen familia sin contraer matrimonio y necesitan contención de la Iglesia. Más libertad para debates como el del sínodo que acaba de abrirse: se buscarán en ese ámbito de reflexión colectiva respuestas a la consulta del Papa sobre la posición de la Iglesia en un mundo en que las relaciones civiles -las parejas, los hijos- son azotadas por fuertes controversias culturales. Una iglesia históricamente centrada en Europa ha comenzado también con Bergoglio a acentuar la mirada, en aquella misma línea de actualización, hacia lo que se denominan las "periferias existenciales", mientras profundiza la voluntad, ya expresada después del Concilio Vaticano II, en el último medio siglo, de involucrarse en el diálogo ecuménico e interreligioso.

La entrevista con el Papa dejó constancia de la prudencia del Pontífice para hablar de la Argentina. Siente que no puede olvidar, en ningún momento, que él es ahora un jefe de Estado cuyas funciones lo comprometen a la preservación de la equidistancia entre las parcialidades internas en juego y, sobremanera, por la atención que suscitan sus orígenes y condición inmediatamente anterior de arzobispo de Buenos Aires. Los obispos argentinos lo han informado de la repercusión en el país de las visitas de políticos y de la utilización que algunos de ellos han hecho en beneficio de sí mismos o de sus parcialidades. Ha tomado nota de todo eso el Papa, que en la intimidad niega haber contraído en su vida otro compromiso que no fuera el de hombre de la Iglesia y con la esperanza de alcanzar algún día ser hombre de Dios. En adelante, los funcionarios serán recibidos no en su residencia austera de Casa Santa Marta, sino en la Sede Apostólica, con normas ajustadas a un estricto protocolo de Estado.


Ahora sabemos que ha dado por clausurado aquel ciclo de generosa apertura que para los obispos argentinos había producido, como enojosa e imprevista derivación, que un político editara de forma tan especial la fotografía de su participación en una audiencia colectiva que dejó a los más inocentes con la idea de que había sido recibido por el Papa en audiencia privada. Cada uno se cocina en la salsa de su propia temeridad y no parecería que haya emergido en la mejor situación, al cabo de su visita a Roma, acompañando a la Presidenta, el dirigente de La Cámpora que se atrevió a entregar a Francisco una camiseta con el registro de su facción política. Lo hizo a pesar de haber sido, en coincidencia con una sesión de la Legislatura porteña, quien frustrara la iniciativa de celebrar al momento de conocerse la elección del nuevo Papa.

La nota del columnista de LA NACION ha dejado constancia de que en las conversaciones de Francisco con los obispos argentinos se comentó la sobriedad con la cual el gobernador de Buenos Aires hizo saber en su momento de una entrevista mantenida con el Papa, y del rasgo inusual de que el gobernador de Córdoba visitara a éste, con su mujer y dos hijas, y se abstuviera, sin embargo, de informar algo al respecto. En cuanto a la última entrevista con la Presidenta, ahora ha podido también conocerse que, al requerirle ella a Su Santidad alguna orientación en especial sobre lo que habría de decir ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, éste la remitió a la exhortación apostólica "Evangelii Gaudium" (La alegría del Evangelio).


En ese documento, la Presidenta halló elementos de condena por la situación de desigualdad económica y financiera en el mundo, que a su modo abordó en Nueva York. Olvidó, en cambio, según ha sido parte de conversaciones con los obispos, que Francisco había hablado por igual en aquel documento de la paz, del diálogo y del consenso como preocupaciones esenciales de su papado.

Latirá siempre en el espíritu de un pontífice la angustia por no poder resolver nunca por sí mismo lo que una sociedad no esté dispuesta a hacer. Por eso el extraordinario valor indicativo de la nota de Morales Solá cuando señaló, como balance de su viaje a Roma, que a la Iglesia le interesan tres cuestiones de Estado, que considera cruciales para la Argentina del porvenir inmediato. En el orden anotado por el columnista, ellas son:
  • Que exista un respeto coherente y perdurable de la dirigencia política hacia las instituciones del país.
  • Que el actual proceso político concluya normalmente en diciembre del próximo año, como lo establece la Constitución.
  • Que el próximo gobierno no herede una situación inmanejable, objetivo que debería impulsar decisiones políticas desde ahora.

Si tales principios guiaran no sólo al Gobierno, sino al conjunto de la dirigencia política en el camino hacia la renovación gubernamental habrá luces de esperanza sobre lo que los argentinos puedan entrever en la línea del horizonte común. Hagamos votos y trabajemos para que así sea.



NOTA: Las imágenes y destacados no corresponden a la nota original