miércoles, 24 de diciembre de 2014

CARLOS SACHERI, CONSTRUCTOR DEL BIEN COMÚN

Martes 23 de diciembre de 2014 | Publicado en edición impresa

Editorial I

A cuarenta años de su asesinato, la memoria de su trabajo a favor del entendimiento pacífico entre los argentinos debería servirnos de ejemplo

Con diversos actos académicos llevados a cabo en distintos puntos del país se ha evocado ayer la memoria del profesor y filósofo Carlos Sacheri, asesinado a los 41 años el 22 de diciembre de 1974 a la salida de la Catedral de San Isidro por un disparo en la cabeza en presencia de su esposa y de sus siete pequeños hijos. Días después, un oscuro y cínico comunicado adjudicado al Ejército Revolucionario del Pueblo - 22 de agosto (ERP 22) se atribuyó el asesinato, aunque las investigaciones judiciales no avanzaron demasiado.

Este crimen ocurrido 15 meses antes del golpe militar de 1976 no tuvo ni tiene justificación alguna, pero sí tiene sentido recordar qué ideologías sustentaban estas atrocidades para entender mejor la dramática década del 70, tan parcial y tendenciosamente recordada en estos últimos años.

Sacheri había nacido en 1933 y era un miembro activo de la Acción Católica, como muchos otros de su generación. Estudió derecho, filosofía y teología. Se formó con Charles de Koninck en Canadá, donde se doctoró con honores. Vuelto definitivamente a la Argentina en 1968, dedicó su vida a la docencia en instituciones, privadas y públicas, incluyendo el Conicet, el Seminario de San Isidro, la UCA y la Facultad de Derecho de la UBA, donde era director del Instituto de Filosofía del Derecho cuando lo asesinaron. También dictó cursos en Canadá y en Francia. Integrado al movimiento de los pensadores católicos inspirados en el tomismo, fue el principal propulsor de la Sociedad Tomista Argentina, de la que era secretario.

Su actividad como conferencista lo llevó por todo el país y difundió entre dirigentes universitarios, políticos y sindicales las enseñanzas y propuestas del orden social cristiano que condenaba contundentemente la violencia a la que muchos líderes de la época se asociaban.

Integró la lúcida elite de jóvenes que creían que las injusticias, la explotación del hombre por el hombre o la pobreza no se superaban con más violencia, sino con el obrar articulado de las personas comprometidas con su sociedad y su tiempo que pudieran ir cambiando de a poco todo aquello que no estaba bien.

Fue Sacheri un lúcido desenmascarador de las estrategias de dialéctica marxista que, en esos años, la Unión Soviética y su satélite, la Cuba castrista, promovían en América latina con el propósito de captar jóvenes idealistas para integrarlos a la guerrilla, con pretensiones de crear ejércitos irregulares cuyo fin era una declamada liberación continental, que facilitara la imposición de regímenes dictatoriales de izquierda.

Frente a la confusión reinante en algunos grupos de formación y militancia cristiana, y aun entre sacerdotes de la época, Sacheri proponía la discusión argumental de reemplazar por soluciones pacíficas cualquier planteo violento. Fruto de estos análisis y dedicado al papa Pablo VI, publicó La iglesia clandestina, en medio de la confusión de comienzos de los 70 cuando algunos sacerdotes orientaban a sus jóvenes seguidores hacia la violencia guerrillera que condujo, por ejemplo, al vil asesinato del ex presidente Pedro Eugenio Aramburu.

Sacheri se opuso a los violentos de cualquier ideología política, sólo armado intelectualmente por su profundo conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia. Aun enfrentando amenazas a su vida, jamás cesó en su prédica fiel a la fe transformadora de la realidad de la época.

Los argentinos no podemos seguir recortando arbitrariamente la historia, acomodándola a un relato faccioso que, lejos de reflejar lo acontecido, es utilizado por algunos para servir a intereses sectarios que, en muchos casos, exceden lo ideológico y lo político para esconder también viles propósitos económicos. Es justo y oportuno recuperar la memoria de Carlos Alberto Sacheri, como la de tantas otras víctimas que perdieron violentamente la vida por pensar diferente.

La historia nos demuestra que la violencia, el enfrentamiento y la división siempre son, en cualquier tiempo y lugar, herramientas absolutamente inconducentes. Toda contribución dirigida a sembrar la paz y el diálogo debe ser bienvenida en estos convulsionados días en que los argentinos vemos tan seriamente amenazada nuestra unidad como nación. Rescatar los buenos ejemplos puede ser el principio de un necesario cambio de actitud que promueva el respeto por el otro y el reconocimiento de los errores, a fin de construir un futuro de justicia y equidad para todos los argentinos.