miércoles, 14 de enero de 2015

“JE SUIS CHARLIE HEBDO” ET “JE SUIS PEDRO EUGENIO ARAMBURU”

12/01/15                                                          

Por Mauricio Ortín

La mayoría de los analistas políticos y jefes de Estado occidentales ha coincidido en calificar como  “acto de guerra” al atentado en París que costó la vida a doce personas. ¿Guerra? ¿Y contra quién? Pues no se advierte el despliegue de regimientos de infantería, de escuadrones de blindados o portaaviones y flota enemiga dirigiéndose a Francia que justifiquen semejante afirmación. Si fuéramos  rigurosos, debiera decirse  que los atacantes no sumaron  más de cuatro y que dos de ellos (los hermanos Kouachi) fueron literalmente cazados por las fuerzas de seguridad francesas que, en número de 88.000, se abocaron a ello. Chérif y Said Kouachi estaban atrincherados en una imprenta y perfectamente controlados por la policía. Ésta –disponía de  todo el tiempo del mundo- podría haberlos reducido respetándoles la vida de varias maneras. Por ejemplo, con gases paralizantes o con proyectiles no letales. Pero no fue así porque, es evidente, el Estado había dado carta blanca para matar. Debe agregarse, además, que los terroristas eran franceses y no se trataba de delincuentes comunes porque luchaban por un ideal (a través de un método –la matanza- obviamente repudiable) que formaban parte de una organización internacional y que habían recibido entrenamiento militar en el extranjero. Nadie, sin embargo, ha declarado formalmente la guerra pero todo indica que el Estado francés está dispuesto a perseguir y aniquilar a los ofensores como si se trataran de enemigos y no de civiles. Dicho en otros términos, Francia, en lugar de enviarles formales citaciones judiciales ¡les va a meter bala! Pero, como en todo, hay guerras y guerras. Las hay convencionales, donde los bandos se rigen (muy elásticamente) por reglas internacionales y las hay, donde uno o ambos bandos imponen el vale todo. Al respecto, si existe un país especialista en este último tipo de operaciones bélicas, ese es Francia. Su larga experiencia en Indochina y Argelia la hace una experta maestra. Ahora bien, la guerra sucia, aunque evidentemente más eficiente que la primera para alcanzar los fines ¿representa una opción moral aceptable? Acaso, ¿No estaríamos representando  un caso propio de aquel dicho universal que censura: combatir al canibalismo comiéndose a los caníbales? Hasta ahí, la teoría. Ahora bien, la opinión al respecto suele cambiar según uno se encuentre en el ring o en el ring-side. Sobre todo si, luego de recibir las indicaciones de rigor del árbitro acerca de pelear limpio (no golpear con la cabeza, no aplicar golpes bajos, etcetéra), se escucha que, a su vez, el árbitro le informa al boxeador rival que él sí tendrá  permitido apuñalar, apalear e incluso balacear al contrincante, al jurado o al público porque así lo establece la ley. En esas condiciones, no es difícil predecir cuál será el resultado. De allí que, cuando les toca en suerte, los Estados afectados se apartan del legalismo para darse un baño de crudo realismo. Los bombardeos de Hiroshima, Nagasaki, Dresde, Coventry, Rotterdam y, más cerca, en América Latina, la represión llevada adelante por gobiernos constitucionales y/ o de facto contra el terrorismo de izquierda son claro ejemplo de ello. Así pues, cuando las papas queman, rápidamente, como de la nada surge el cálculo matemático con la fría ecuación que encuentra que el número de inocentes muertos es inversamente proporcional al de terroristas vivos.


La guerra que los terroristas islamitas han declarado, de hecho, a Francia no es algo que pudiera sorprender a los argentinos. Atentados como la matanza a los periodistas de la revista Charlie Hebdo y el remate del policía herido eran cosa de todos los días en nuestro  país durante el gobierno peronista de la década del ’70. Aquí también los Montoneros, el ERP y las FAR instalaron la “guerra sucia”. El peronismo respondió con el realismo de la Triple A. Luego vinieron los militares y el  golpe de Estado.



Los más destacados medios de comunicación del mundo aseguran que el asesinato de las doce personas en París fue motivo de algarabía y festejo en países donde existen sectas de fanáticos musulmanes. Es que, desde su particular punto de vista, no se trató de lo que efectivamente fue, una brutal masacre de inocentes, sino de un “ajusticiamiento”. “Ajusticiamiento” fue también el término que usó (reportaje de la La Nación el  03/01/15) el ex ministro de Interior kirchnerista, Juan Manuel Abal Medina (hijo), para referirse al cobarde, alevoso asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu. No hubo, sin embargo, una sola voz de protesta de juez, político o sacerdote ¿Será esto la decadencia? ¿O será que la vida de los periodistas franceses vale más que la de los militares, sindicalistas, niños y empresarios argentinos asesinados por el terrorismo criollo?