jueves, 5 de febrero de 2015

EL OLVIDO HISTÓRICO: GRAN ALIADO DE LA VIOLENCIA

Editorial I

Negar a las víctimas del ataque de 1974 a la Guarnición Militar de Azul el ejercicio de sus derechos garantiza la impunidad de sus victimarios
  
Momentos posteriores al ataque a la Guarnición Militar de Azul

El pasado 19 de enero se cumplió un nuevo aniversario del ataque perpetrado por terroristas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) contra la Guarnición Militar de Azul, con asiento en la ciudad bonaerense homónima. En esa sangrienta noche del sábado 19 de enero de 1974, fueron asesinados el jefe de la guarnición, coronel Camilo Gay, y posteriormente y delante de sus hijos, su esposa, la señora Hilda Irma Cazaux de Gay. Los terroristas también mataron al soldado conscripto Daniel Osvaldo González y causaron numerosos heridos. Asimismo, fue secuestrado el entonces jefe del Grupo de Artillería Blindada, teniente coronel Jorge Ibarzábal, quien se entregó ante la amenaza de los terroristas de asesinar a toda la familia Gay, pasó diez meses de cruel cautiverio y fue finalmente asesinado por el ERP en un traslado de una cárcel del pueblo a otra, ante un retén policial.


Este violento ataque se produjo durante la presidencia de Juan Domingo Perón, elegido pocos meses antes por abrumadora mayoría en comicios democráticos. El entonces jefe del Estado, vistiendo su uniforme de teniente general, repudió la acción en un mensaje que dirigió a toda la ciudadanía: “Pido a todas las fuerzas políticas y al pueblo en general que tomen partido activo en la defensa de la República, que es la afectada en las actuales circunstancias. Ya no se trata de contiendas políticas parciales, sino de poner coto a la acción disolvente y criminal que atenta contra la existencia misma de la Patria y sus instituciones, que es preciso destruir antes de que nuestra debilidad produzca males que pueden llegar a ser irreparables en el futuro”.


Este recuerdo doloroso que marcó a la ciudad de Azul, sin embargo, fue ignorado o eliminado de la memoria histórica cuando, en noviembre del año pasado, se colocó por orden de la Presidencia de la Nación, con la conformidad de la Municipalidad de Azul, un cartel en la entrada de la guarnición que rezaba: “Aquí se cometieron crímenes de lesa humanidad durante el terrorismo de Estado”, en referencia a que allí habría sido desaparecido el soldado Carlos Labolita, amigo del matrimonio Kirchner, durante el último gobierno de facto.

Esa circunstancia, entre tantas otras, lleva a reflexionar sobre el ejercicio parcial que se hace en nuestro país sobre la memoria histórica, acentuado en la última década, en la que, desde el poder, se elige recordar a la población ciertos hechos y ocultar alevosamente otros.

Esa memoria subjetiva, además, esconde una afirmación muy perversa, destinada a mostrar que algunos muertos merecen ser recordados, merecen tener justicia, verdad y reparación y que otros, simplemente, no.

Camilo Gay, Hilda Cazaux de Gay, Daniel González y Jorge Ibarzábal no merecen ser recordados en ese mismo cartel porque, según el Estado argentino, los muertos por atentados terroristas no poseen los mismos derechos humanos que aquellos que sufrieron abusos por parte del Estado. Por ello, la interpretación maniquea vulnera un derecho tan importante para los países que vivieron graves violaciones de sus derechos humanos, como es el de la memoria, algo que incumbe directamente al Estado para que las violaciones no se repitan y quede asegurado el conocimiento de los hechos que son patrimonio común del pueblo.


Esta conducta de cercenar selectivamente la memoria histórica se repite en todos los museos de la memoria de nuestro país, donde no hay ninguna mención a las víctimas de atentados terroristas en la década del 70. En el Parque de la Memoria, en la ciudad de Buenos Aires, se eligió recordar también a combatientes de organizaciones armadas que murieron atacando al Estado y a la sociedad, pero sin permitir que las víctimas inocentes de aquéllos tuvieran su sitial donde ser evocadas. También esa conducta se ha acentuado en el ámbito de la educación, donde los alumnos de todos los niveles de enseñanza no son instruidos para conocer la historia completa, con sus matices y su contexto, sin cercenamientos, sin digitar el pensamiento sobre lo que alguien pueda considerar correcto o no. De esta manera, las enseñanzas que trasuntan del dolor colectivo padecido en los 70 se desvirtúan, se cambian e impiden que la sociedad argentina conozca debidamente los hechos y pueda aprender de ellos.

Nietzsche, en su libro La genealogía de la moral, explica la relación que existe entre la memoria y la violencia. En él llega a la conclusión de que, para neutralizar la violencia, es necesaria la memoria, dado que la violencia es una espiral creciente que se nutre del olvido para perpetuarse y así destruir a todos. Por ello, la memoria es el freno que impide que se siga expandiendo. El olvido histórico es el gran aliado de la violencia.

En momentos en que la Argentina vive situaciones extraordinarias y de extrema gravedad institucional, cabe preguntarse cuál será el legado de un gobierno que les niega a ciertas víctimas el ejercicio de sus derechos, garantiza la impunidad de sus victimarios y estigmatiza a las instituciones con carteles como el mencionado, que sólo generan un recuerdo parcial, falaz del sufrimiento vivido por todo el pueblo argentino en la década del 70.


¿Realmente se aprende del pasado cuando es relatado en forma parcialmente acomodada o simplemente se lega a las nuevas generaciones la violencia que no se quiso recordar?


NOTA: Las imágenes y destacado no corresponden a la nota original.