domingo, 15 de marzo de 2015

LA PEOR HERENCIA SOCIAL DE LA DÉCADA KIRCHNERISTA

Editorial I


El avance del narcotráfico y sus secuelas sobre los sectores más marginados constituirán uno de los mayores desafíos para el próximo gobierno nacional


El flagelo de la droga y el avance del narcotráfico constituyen uno de los grandes dramas que nos deja la gestión kirchnerista. A nadie sorprende ya que la presidenta de la Nación prefiera no hacerse cargo de este gigantesco problema. Pero sí asombra el grado de desconocimiento que sobre esta grave cuestión acaba de exhibir el jueves último, durante un discurso ante la militancia partidaria desde los balcones interiores de la Casa Rosada, minutos después de un mensaje transmitido por la cadena nacional.


En esa oportunidad, Cristina Fernández de Kirchner aludió al impacto del consumo de drogas en los distintos sectores sociales y afirmó: “Los que tienen mucha plata tienen [droga] de la buena y pontifican acerca de los negros que consumen paco”. Tales expresiones resultan doblemente lamentables en boca de un jefe de Estado. En primer lugar, porque la Presidenta insiste en su afán de dividir a la sociedad, pretendiendo desconocer cualquier tipo de lazo solidario entre quienes tienen mucho y quienes viven en la indigencia. En segundo término, porque su referencia a la supuesta existencia de drogas “buenas” y “malas” parecería indicarnos que la magnitud del problema se limita a la baja calidad de las sustancias que consumen los sectores más empobrecidos, cuando todas las drogas que crean adicciones representan un serio peligro para la salud.


La primera mandataria dijo preocuparse por “las adicciones en la gente de bajos recursos, que son devastadoras para la salud porque la adicción es con cualquier cosa”, pero su Gobierno no ha hecho nada para impedir el desproporcionado crecimiento del consumo de estupefacientes y la proliferación de cocinas de paco en villas de emergencia y asentamientos humildes en los que imperan el narcotráfico y la ley del más fuerte. Más aún, con sus polémicos blanqueos facilitó el lavado de dinero proveniente de narcos.


Estamos hablando de lugares donde, en los últimos años, se ha producido una distorsión tal de valores que los dealers, que venden drogas y ganan mucho más que cualquier trabajador de esos barrios, se han convertido en prototipos de la movilidad social. Son sitios a los que muchas veces ni el propio Estado accede y que constituyen uno de los más aberrantes símbolos de la peor herencia social del kirchnerismo tras 12 años de ejercicio del poder respaldado por amplias mayorías parlamentarias y ayudado por enormes recursos de caja.

Por cierto, las primeras y más indefensas víctimas de semejante situación son los grandes excluidos del modelo K, las miles de personas de bien, honestas y trabajadoras que no han tenido más remedio que asentarse en una villa para poder tener un techo y tratar de estar en muchos casos relativamente cerca de sus trabajos.

Esas personas a las que la Presidenta dijo en reiteradas oportunidades haber destinado los mayores esfuerzos y recursos de su administración, día tras día, hora tras hora, ven cómo sus hijos están al borde del precipicio que implica caer bajo el yugo del narcotráfico, ya sea porque comienzan a consumir drogas como porque quedan atrapados en las redes de la comercialización y de toda la clase de delitos y de enfermedades que germinan al amparo de la pobreza extrema y la falta de horizontes.


Puerta de Hierro, una villa del partido de La Matanza sobre la cual LA NACION publicó un informe el lunes pasado, es sólo uno de los centenares de casos similares que se registran por todo el país, pero particularmente en los grandes centros urbanos, con el Gran Buenos Aires al tope.

La vida en esos lugares, como bien se lo describe en el caso de Puerta de Hierro, transcurre al ritmo que marcan las bandas que manejan el paco y cometen todo tipo de delitos violentos, dentro de la villa o con ella como refugio tras sus excursiones por otros barrios. Son los hacedores de una película inacabable cuyos protagonistas se renuevan también permanentemente y entregan imágenes que laceran el alma: jóvenes envejecidos, convertidos en zombis por el paco y a los que se puede ver por todos lados, durmiendo varios días literalmente congelados en pleno verano tras una altísima ingesta, con mutilaciones en sus cuerpos muchos de ellos y convertidos, todos, en seres que parecen habitar otro mundo.


Este drama incluye madres desesperadas de quienes ya sucumbieron ante el paco a falta de mejores opciones de vida y madres aterrorizadas que no dejan un minuto solos a sus hijos por temor a que también ellos pasen a ser protagonistas de esta película de terror. Porque el paco y otras sustancias están ahí, al alcance de la mano, así como también el dinero fácil que se ofrece para ir hasta lugares cercanos, avenidas importantes como Crovara y estaciones de ferrocarril, para organizar fugaces tours de la droga a través de la villa con personas interesadas en comprar.


“Puerta de Hierro es el ejemplo de lo que no hemos hecho como Estado, como política y como sociedad. El Estado va diez años atrás de la problemática del paco”, se sinceró el diputado del Frente para la Victoria Fernando "Chino" Navarro, creador del Instituto de Investigación sobre Jóvenes, Violencia y Adicciones.

El padre Basílico Brítez, un cura que tiene su parroquia en la cercana villa Palito, afirma que los barrios de Puerta de Hierro, San Petersburgo y 17 de Marzo forman un triángulo en el cual “el estado no existe”. Inconcebiblemente, el intendente cristinista Fernando Espinoza buscó salir del paso afirmando que lo hecho por su administración nadie lo había hecho antes en La Matanza para, rápidamente, decir que él hizo con 3000 millones de pesos lo que Macri, según sus palabras, no hizo con 81.000 millones. Para el jefe de Gabinete de Scioli, Alberto Pérez, “hace falta penetrar con más firmeza del Estado, que el crecimiento que se dio en la provincia ahora se pueda dar en esos lugares donde el Estado no ha podido entrar”.

Como se ha dicho, también en la ciudad de Buenos Aires amplios sectores de villas que hasta hace unos años eran simplemente eso, villas de emergencia, se han transformado en lugares prácticamente inexpugnables para el Estado, al punto que, como ocurre en la provincia de Buenos Aires, muchas veces termina siendo la Iglesia la que lucha desde adentro contra el narcotráfico y la delincuencia en general a través de la esforzada y valiente acción de los curas villeros.


El papa Francisco sabía de qué hablaba cuando días atrás expresó que la Argentina ya no era sólo un lugar de tránsito, sino también de consumo y elaboración de droga, así como también cuando el mes último manifestó sus temores de que haya una “mexicanización” de la Argentina.

Lamentablemente, la realidad parece darle la razón al Papa. Los casos como el de Puerta de Hierro están a la vista de todos y se han multiplicado de manera exorbitante. No alcanzan, como respuesta al problema, las excusas y desmentidas de los funcionarios K.

Frente a los dichos de Navarro y de Alberto Pérez, cabe preguntarse por qué después de tantos años en el poder el kirchnerismo y sus gobernadores e intendentes aliados no pudieron evitar algo tan primario como que el Estado haya perdido terreno ante el narcotráfico y su secuela de delitos. La primera respuesta al enigma seguramente está en la forma olímpica y descarada en que el matrimonio Kirchner ignoró el problema en sus largos balances y autorreferencias a través de la cadena nacional, y en el silencio cómplice de quienes los acompañaron durante todos estos años.

Ése es uno de los grandes dramas que la actual jefa del Estado deja, sin haber hecho el más mínimo atisbo de autocrítica. Evitar que el flagelo de la marginalidad y la droga sigan en alza es ya un desafío para el próximo presidente y para toda la clase dirigente.


NOTA: Las imágenes y destacados no corresponden a la nota original.