viernes, 20 de marzo de 2015

RUSIA HOY, ¿QUÉ QUIERE?

por Ricardo Angoso

El problema con respecto a Rusia es que no parece haber pasado el tiempo, es decir, que sigue viviendo de las glorias pasadas y que no ha asumido que la Guerra Fría, que puso fin al imperio soviético, ha llegado a su fin. Cuando se disolvió la Unión Soviética y dio pasó a quince naciones soberanas, Rusia quiso seguir conservando su influencia en esta parte del mundo y aplicó en estos territorios la doctrina de la soberanía limitada, más conocida como la "doctrina Brezhnev", que consiste en que las nuevas entidades políticas no tienen una completa independencia y que Moscú se reserva el derecho a intervenir militarmente cuando sus intereses se vean perjudicados.

 Leonid Brézhnev

El espacio dejado por los soviéticos en el antaño bloque comunista, en Europa del Este, fue reemplazado por la Unión Europea (UE), en el campo político y económico, y la OTAN, en el terreno militar, dando paso a un nuevo liderazgo en esta zona antaño de influencia rusa. Rusia nunca admitió que las instituciones occidentales minaran su liderazgo en Europa y que la mismísima Alianza Atlántica, que fue su gran enemigo en tiempos de la Guerra Fría, fuera a instalarse en las misma frontera de lo que fue su imperio. No olvidemos que tres Estados bálticos antiguos miembros de la Unión Soviética (Lituania, Letonia y Estonia) fueron incluidos en la OTAN y que la antigua Europa del Este, desde Polonia hasta Rumania, también se adhirió a esa alianza militar liderada por los Estados Unidos.

DE MOLDAVIA A LA GUERA CIVIL EN UCRANIA

Rusia se opuso a estas inclusiones en el bando europeo y occidental, pero no pudo hacer nada por evitarlas. Sin embargo, la primera señal de aviso llegó pronto -incluso mucho antes de que se conformara esta ampliación de la OTAN-: en 1992, una vez que Moldavia se había independizado, el XIV Ejército Ruso, con ayuda de algunas milicias prorrusas locales, se hizo con el control de unos 4100 kilómetros cuadrados en una zona conocida como la "República de Transnistria", entidad no reconocida internacionalmente y que se encuentra situada en la frontera entre este nuevo Estado y Ucrania.


Tras una breve guerra civil, que se desarrolló entre marzo y julio de 1992, se firmó un alto el fuego que dura hasta hoy sin que haya perspectivas de una resolución política de un complejo contencioso no ajeno a los ingreses de Moscú. En la contienda, breve pero muy dura e intensa,  hubo unas diez mil víctimas mortales y miles de desplazados, sobre todo moldavos expulsados de sus casas por su simple origen étnico. Tan solo Rusia, como era de prever, reconoció a esta pequeña entidad y al día de hoy ningún otro Estado lo ha hecho; incluso Moscú abrió en la capital de esta entidad, Tiraspol, un consulado ruso que sigue operando al día de hoy.

También Georgia fue víctima de la codicia rusa a la hora de preservar y controlar los territorios que considera como suyos y donde viven significativas minorías rusas. Una vez declarada la independencia de Georgia, en 1991, inmediatamente se desataron los conflictos y guerras en clave etnopolítica en este pequeño país de apenas 70.000 kilómetros cuadrados y casi cinco millones de habitantes. Fruto de estas tensiones y aspiraciones secesionistas, sobre todo provenientes de la comunidad rusa, se segregaron mediante la violencia la "República de Abjasia" y la región conocida como "Osetia del Sur". Ambas contaron con el apoyo militar de fuerzas rusas y también locales, en una guerra que perdió Georgia y que le ocasionó miles de víctimas y también unos 300.000 desplazados en su propio país.


En el año 2008, tras haber fracasado todas las tentativas de diálogo para resolver estos dos contenciosos, las autoridades georgianas, en un hecho poco calculado y muy desafortunado, intentaron tomar por la fuerza esos territorios, pero fracasaron tras una ofensiva rusa que llegó a las puertas  de la capital georgiana y que derrotó de una forma humillante a las fuerzas de Tiflis. Hoy los dos territorios se consideran asimismo "Estados independientes" y sobreviven a merced de la ayuda política, económica y militar de Moscú; tan solo fueron reconocidos como nuevos países por Venezuela y Nicaragua, en una acción más pintoresca que significativa en términos diplomáticos.

En definitiva, Rusia ha tratado de preservar su fuerza e influencia en una zona que considera como suya y siempre ha visto como una interferencia la presencia de los Estados Unidos y la UE en lo que fue su área de interés. El Cáucaso, por ejemplo, ha sido una zona tradicionalmente disputada entre Rusia y Turquía, habiendo sido repartidos sus pequeños Estados en estas dos áreas de influencia; una lógica política y militar incluso ha sobrevivido hasta hoy. Georgia está claramente en la zona de influencia de Turquía y ha consolidado sus lazos económicos con Ankara y el principal aliado de los turcos en la zona: Azerbaiyán. De la misma forma, Georgia se ha alejado de la unión aduanera que ha promovido Rusia con Bielorrusia, Kazajistán y a la que recientemente se incorporó Armenia, y ha promovido un acuerdo de libre comercio con la UE, sin dejar de lado que este país ya se ha expresado oficialmente a favor de integrarse en la OTAN.

LA TORPEZA DE TURQUÍA DEJA A ARMENIA BAJO LA ÓRBITA RUSA

Paradójicamente, Georgia tiene buenas relaciones con el mejor aliado de Rusia en la zona, Armenia, país que ha quedado en la órbita de intereses geoestratégicos de Moscú a merced del injusto bloqueo a que se ha visto sometida por Azerbaiyán y Turquía. Ankara, en una línea muy nacionalista, sigue negándose a reconocer el genocidio armenio e incluso ha tratado de opacar las celebraciones de estos luctuosos sucesos (1915-2015) a celebrar en Yereván el próximo mes de abril, tratando de conmemorar en esos días, en un hecho ruin y miserable, el cien aniversario de la batalla de Galípoli.


Rusia seguirá siendo un actor de peso en esta parte del mundo y la línea roja es de sobra conocida: la ampliación de la OTAN hacia el Este. Las aspiraciones europeístas y atlantistas de Ucrania, tras la caída del ejecutivo prorruso de Victor Yanukóvich, fueron el detonante de la descarada intervención de Rusia en la planificada segregación de Crimea y posterior integración en la "madre patria". También se vio la mano de Moscú en la guerra civil de Ucrania entre las regiones prorrusas y el ejército fiel a Kiev, que fue machacado, humillantemente derrotado y que sufrió miles de bajas. Asistimos a una reactualización de la doctrina estratégica rusa, tanto en el Cáucaso como en Europa y Asia Central, pero no a un cambio en sus objetivos y en sus límites geográficos. Moldavia, Georgia y Ucrania estaban dentro de esos límites, mientras que los países bálticos, que siempre estuvieron en litigio entre los grandes poderes europeos y que nunca ocultaron sus ansias nacionalistas, quedan fuera de los mismos. La historia, como vemos, siempre responde a unas lógicas políticas que a veces permanecen inalterables durante siglos.