viernes, 13 de marzo de 2015

TURQUÍA, LA PIEZA QUE NO ENCAJA EN OCCIDENTE PERO LOS ESTADOS UNIDOS Y SUS SOCIOS EUROPEOS NECESITAN



12 de marzo de 2015

















Turquía es una pieza fundamental en Oriente Medio, dada su situación geoestratégica entre Asia y Europa, pero todavía quedan serían dudas acerca de su compromiso sincero con los valores que encarna Occidente.

Los recientes acontecimientos en Oriente Medio, sobre todo debido a la disolución del Estado iraquí y la irrupción del Estado Islámico en la región, han llevado a una nueva revalorización geoestratégica del papel de Turquía, tanto a nivel regional como en lo que significa para la Occidente. Sin la ayuda de Turquía, junto con otros actores regionales, como Irán y el debilitado gobierno de Bagdad, será muy difícil derrotar a los fanáticos fundamentalistas que decapitan impunemente a “infieles” y siembran el terror en todos aquellos territorios que caen en sus manos. Por no hablar de su brutalidad, e ignorancia, a la hora de destruir conjuntos históricos de un valor incalculable.


La OTAN sigue necesitando de Turquía en esta zona del mundo, es una base de aprovisionamiento militar estratégicamente situada en la primera linea de frente en Oriente Medio, toda vez que los Estados Unidos y sus aliados europeos no tienen aliados creíbles y serios en la región. Si exceptuamos a Israel, Occidente tiene escasos amigos a la hora de poder diseñar una estrategia regional que compartan todos los actores implicados en los problemas que se presentan  en esta parte del mundo.

A la división religiosa existente, sobre todo entre sunitas y chiítas que dramáticamente se enfrentan en Irak, Siria y también en Líbano, hay que añadir las diferencias políticas entre los que mantienen una visión teocrática del Estado, como Arabia Saudí e Irán, y los que todavía guardan las formas, al menos aparentemente, laicas, como podrían ser los casos de Líbano, Siria y la misma Turquía. Las divisiones políticas y religiosas, para añadir más complejidad a los conflictos abiertos, son transversales y atraviesan a todos los países de la zona.

ESTÁ NACIENDO UN NUEVO MAPA DE ORIENTE MEDIO


Además, asistimos en estos días al final de unas lógicas políticas y militares que fueron impuestas por las metrópolis colonizadoras, pero especialmente Francia y Gran Bretaña, en Oriente Medio. En los acuerdos Sykes-Picot, firmados por estos dos países el 16 de mayo de 1916, las dos potencias acordaron dividirse los territorios de Oriente Medio una vez terminada la Primera Guerra Mundial. Françcois Georges-Picot, por Francia, y sir Mark Sykes, por la Gran Bretaña, acordaron una mapa en donde quedaba fijada la subordinación de Siria y un ficticio Líbano creado para no satisfacer los apetitos territoriales de los sirios a los franceses y el resto, pero sobre todo lo que se conocía como Irak hasta ahora e Irán, quedaría bajo dominio británico.

Las primeras consecuencias de estos cambios que se avecinan, provocados sobre todo por las errática intervención de los Estados Unidos en Irak -secundando por algunos aliados europeos, todo hay que decirlo-, es la desaparición del Estado iraquí, que quedaría seguramente conformado por tres entidades territoriales: un Estado kurdo, un gobierno de Bagdad cada día más plegado a los intereses de los chiítas e Irán y una zona bajo control sunita que hoy está en manos del Estado Islámico pero que un futuro podría devenir en un suerte de “Estado” independiente de facto.

En una situación tan volátil como la que estamos viviendo, en que los escenarios cambian y aparecen nuevos enemigos como de la nada, la posición de Turquía ante estos acontecimientos es de vital importancia para los intereses occidentales. Irán también se revaloriza, pero a falta de que se resuelva el contencioso nuclear entre Teherán y las grandes potencias, algo que se definirá antes de julio, no parece que vaya a haber una mejora sustancial en las relaciones con este país.

LOS DILEMAS FRENTE A TURQUÍA


Pese a este contexto tan crítico para Occidente, pero también para una zona del mundo que asiste a un cambio de paradigmas, Turquía se constituye para los occidentales, pero especialmente para los Estados Unidos y sus socios europeos, en un aliado fundamental a la hora de desarrollar una estrategia regional que pueda tener éxito y dote de estabilidad a Oriente Medio.

Sin embargo, hay que anotar que en los últimos años Turquía no ha dado muestras de querer avanzar en la resolución de los conflictos con sus vecinos y que el actual líder del país, el presidente Recep Tayyip Erdogan, se ha mostrado más nacionalista que sus antecesores. Basta solo anotar que el problema kurdo, enquistado desde hace ya más de tres décadas y que ha costado unas 50.000 víctimas, sigue sin ser resuelto y sin que las dos partes, el Estado turco y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), hayan firmado un acuerdo; que Turquía sigue ocupando el 37% del territorio de Chipre que invadió ilegalmente y que se opone a negociar con Nicosia la resolución política del problema; y, finalmente, que se niega a reconocer el genocidio armenio perpetrado por las autoridades turcas, entre fines del siglo XIX y 1923, y en el cual murieron aproximadamente dos millones de armenios.


Incluso, en una muestra de que el burdo nacionalismo turco sigue presente, Turquía llegó a querer opacar la celebración del cien aniversario del genocidio armenio (1915-2015), que se realizará en Yereván este año el 24 de abril, intentando celebrar ese mismo día su victoria en la batalla de Galipoli, en un hecho bastante ruin y poco afortunado. El problema reside en que la nueva Turquía que fundara Mustafá Kemal Atatürk sobre las ruinas del Imperio Otomano se hizo sobre una base  monoétnica, excluyente con respecto a las minorías étnicas y religiosas, con un notable déficit democrático y claramente expansionista con respecto a sus vecinos. Este discurso, con un componente rayano en el racismo y en el odio hacia el diferente, sigue prevaleciendo, en cierta medida, en la política turca y es el que impide avances en la resolución de los problemas con sus vecinos. Y que convierte a Turquía en un elemento, a la larga, de inestabilidad regional. Sin hacer frente adecuadamente  a los dilemas antes descritos, Turquía seguirá siendo un aliado de la OTAN, los Estados Unidos y la Unión Europea en esta parte del mundo pero más por razones coyunturales que porque comparta los valores democráticos de Occidente. Se impone, simplemente, la realpolitik.

Ricardo Angoso
Periodista español