viernes, 24 de abril de 2015

OPINIÓN SOBRE LA ÉTICA, MORAL Y CONDUCTA DE LOS POLÍTICOS Y LA SOCIEDAD


La ética es una parte de la filosofía. Fundamental, puesto que trata de las obligaciones del hombre, de su conducta,  acorde a la razón y con el objeto de convivir en una sociedad armónica, en la que todos puedan cumplir con sus deberes naturales.

Grecia, cuna de la filosofía

Hablamos de filosofía y comprendemos que nos adentramos en un terreno difícil, ámbito de la razón; de hecho, hay filósofos, grandes filósofos, de magnífica sabiduría y profundidad, que disienten entre sí, que no se ponen de acuerdo, un campo en el que unos niegan el andamiaje argumental construido por otros. ¿Puede pensarse, entonces, que la ética es inútil, ya que los filósofos no llegan a resultados rotundos, apodícticos, innegables, como los de las ciencias físicas y matemáticas? No es así, porque las discrepancias se refieren, por lo general, a aspectos de menor incidencia en la práctica, y todos los filósofos -todos los de la civilización occidental y cristiana- coinciden en lo fundamental sin dejar dudas en cuanto a las aplicaciones.


La moral, en cambio, no es ciencia sino su ejercicio, el empleo de las buenas costumbres, de las prácticas de quienes son considerados virtuosos en una sociedad. Un ejemplo: la ética señala la virtud de la monogamia. El presidente Clinton se ha apartado de esa virtud al tener relaciones que él llama impropias; correspondería llamarles inmorales, ya que transgreden los principios sustentados por la sociedad a la que pertenece. Lo mismo que hace Clinton, en otra sociedad, por ejemplo entre musulmanes que aceptan varios matrimonios simultáneos, hubiera sido bien visto, se hubiera considerado moral, de haberse realizado a la vista, sin ocultaciones. La moral musulmana lo hubiera aprobado (si no lo hacía a escondidas); la ética lo rechaza. Los principios de la ética son obligatorios para todos y en todas las circunstancias.


Sí, es cierto que la ética condena el robo, y que el robo se justifica en determinadas circunstancias de hambre, de necesidad imperiosa; no se debe matar, aunque se pueda hacerlo en defensa propia, de la madre, de la mujer, del hijo, de la patria. Es muy malo mentir, y sin embargo el médico con toda tranquilidad le miente a un enfermo desahuciado para sostenerle el ánimo. Aunque, en general, las obligaciones sean para todos y en todas las circunstancias, los casos que justifican el abandono, la suspensión de la norma, han sido muy bien estudiados y puntillosamente expuestos por la teología moral. Sin embargo hay quienes, en razón de su oficio, están más comprometidos que los demás a cumplir las normas. Es el caso de los políticos, obligados a ser veraces, honestos, fieles cumplidores. Si pueden hacerse distingos entre las obligaciones morales de un político y las de un ciudadano común, es que el político está mucho más obligado que otros. El simple ciudadano tiene que atender sus problemas personales, en cambio el político atiende los asuntos de toda la sociedad; si uno cualquiera echa una mentirilla habrá, quizás, algunos pocos perjudicados; cuando el político miente es toda una comunidad la afectada; si un individuo roba, coimea, defrauda, se queda con un vuelto, aplica medidas en su propio provecho, dañará a sus patrones, sus subordinados, sus socios, en cambio los políticos pueden, con las artimañas que idean para quedarse con dineros ajenos, perjudicar el comercio, el desarrollo, el trabajo, el intercambio internacional de una comunidad entera. (Por supuesto que no voy a dar datos de los grandes daños sufridos por la nación a causa de las estafas de los políticos, porque no tengo pruebas, pero todos sabemos a qué me refiero). Por eso el político debe ser juzgado con muchísima mayor severidad que los que se dedican a otras actividades.


Está en boca de todo el concepto de que nadie es culpable mientras el juez no lo condene. Está  bien, así debe ser, pero sólo en materia criminal, cuando se acusa de delitos. Las inmoralidades, como la mentira, el engaño, el aprovechar la ignorancia, la buena fe o el descuido de los demás, no son delitos tipificados por el código, por lo tanto nunca un juez va a condenar esas faltas. Sostener que alguien es inocente porque la justicia no lo condene conduce a un error que desgraciadamente se generaliza: los inmorales, los que transgreden las normas de corrección, son culpables, muy culpables, nada más que la sociedad ha establecido penas para los que cometen delitos y no para los inmorales, ni menos para quienes apliquen preceptos de una ética ajena a la sana doctrina. Hay una razón más fuerte que los obliga con mayor rigor que a los demás prójimos, y es que la vida pública se suele tomar como ejemplo, como modelo de las conductas privadas. El que se siente inclinado a largarse por un mal camino puede razonar: ¿por qué no voy a hacer esto yo, si legisladores, gobernadores, presidentes, ministros, hacen cosas peores?


Y más aún: si la moral se funda en las conductas que son bien vistas, aceptadas, valoradas por un medio social, ¿ese medio no se expone a que su moral decline, se corrompa, se pervierta, por culpa de los malos ejemplos que desde arriba dan los políticos indecorosos? El individuo de cualquier oficio que no siga los dictados de la ética, corre el riesgo de que a su alma se la lleve el diablo. El político que tenga una conducta igualmente mala, además de ser llevado por el diablo bien se merece la condena, la reprobación, el vituperio, la censura de toda la sociedad, porque sus faltas contra la ética afectan a la moral de su medio.


El pueblo desea una sociedad austera, decente, limpia, honesta. Por los delitos, si los hubiere, sí, que intervengan los jueces y que actúen como sea su deber; pero por las inmoralidades, sobre las que la justicia no tiene jurisdicción, debe ser el pueblo, la opinión pública, la que se pronuncie cada vez que haga falta y con todo el rigor correspondiente.

Dr. JORGE B. LOBO ARAGÓN


NOTA: Las imágenes y destacados no corresponden a la nota original.