miércoles, 30 de septiembre de 2015

EL SUEÑO DE LA GENERALA PROPIA

Por Fernando Morales

Al solo efecto de abstraerlo por un rato, querido amigo lector, de los avatares de la política, la inseguridad y la maltrecha economía nacional y popular, lo he de entretener durante unos pocos minutos con una bonita historia que no ha de cambiar su vida ni la mía, pero que pinta de cuerpo entero la racionalidad que impera en los máximos niveles de la conducción nacional.

Una de las tantas luchas que nuestra jefa de Estado ha comandado desde su llegada al trono (perdón, quise decir al poder) es la causa de la igualdad de género. En cada acto público o privado, la mandataria se ocupa de dejar bien en claro (y con razón) lo mucho que le ha costado al género femenino ir escalando en todos los órdenes para afianzar sus derechos. La tarea no les ha sido fácil, pero nadie con dos dedos de frente podrá hoy sostener que deberían existir diferencias de género en cuestiones laborales, sociales, familiares o la que se nos ocurra.

Por esas cosas de la naturaleza, dar a luz sigue siendo un privilegio femenino y por esas cosas de los hombres el sacerdocio les sigue estando vedado, pero quién sabe por cuanto tiempo más.

No obstante lo expuesto, algunos bastiones exclusivamente masculinos hasta hace algunos años parecían conspirar contra los deseos de la jefa cuando arribó a las puertas de la Casa Rosada.

Con la firme convicción de marcar su estilo, dispuso poco antes de asumir que sus edecanes militares fueran militares de sexo femenino. ¡Menudo problema! Si bien las Fuerzas Armadas cuentan con mujeres con estado militar desde hace años, no hace mucho que se abrieron las puertas de las escuelas de formación de oficiales de comando para el sexo femenino, razón por la cual era imposible dotar a Cristina de una teniente coronel, una capitán de fragata y una vicecomodoro para cumplir la función.

La impronta K entonces hizo su movida y la cuestión de la idoneidad para el cargo quedó de lado. ¿A quién le podría importar si eran o no realmente militares de carrera o medianamente eficientes profesionales universitarias de uniforme?

Daría para una columna aparte narrar los pormenores del casting organizado por el Ministerio de Defensa para seleccionar a las candidatas. Importaba su foja de servicios, pero por sobre todo que no poseyeran características físicas que pudieran eclipsar en todo o en parte la figura presidencial. La Dra. Nilda Garré en persona hizo la selección.

Así las cosas, fueron seleccionadas una brillante médica y odontóloga por la Armada, una licenciada en sistemas por el Ejército y una bioquímica por la Fuerza Aérea. Tres buenas profesionales que alguna vez fueron convocadas por la patria para vestir su uniforme y servirla desde el ejercicio de su profesión universitaria. Pero, ¿quién se animaría a decirle a ella que la función del edecán estaba reservada para oficiales del cuerpo de comando?

Como seguramente usted sabe, los destinos militares son bastante acotados en el tiempo: uno o dos años, por lo general y en algunos casos específicos tal vez tres. Normalmente aun para el caso de los profesionales universitarios, la rotación es algo buscado y deseado tanto por la fuerza como por el propio militar.

Pero Cristina se encariñó con las chicas y hace ocho años que las edecanes la acompañan día y noche en alegrías y desventuras. Alejadas por completo de su relación con las fuerzas a las que pertenecen y con las profesiones que en ellas ejercían, las tres llegaron a ascender al grado de oficiales superiores (coronel, capitán de navío y comodoro) sin ser asignadas a nuevas tareas acordes a su mayor jerarquía y permanecieron inamovibles junto a la jefa.

En los pasillos del poder es bien conocida la obsesión de Cristina por llegar a ver a una mujer en la cima de las estructuras uniformadas. Se la vio feliz entregando su diploma a la primera mujer comisario general de la Federal, pero en la milicia los tiempos no le dan. En el proceso madurativo de la carrera militar, las mujeres de comando aún están verdes, transitan los primeros grados de la carrera y todavía faltan muchos años para que lleguen a lucir soles o estrellas en sus hombros.

A falta de recurso humano vivo, la Presidente echó mano a los difuntos y ascendió sin más trámite a Juana Azurduy, al fin y al cabo es la comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y ello incluye a militares con vida, fallecidos o incluso los por nacer.

Pero esto no alcanzó para calmar su sed feminista, es por ello que para despuntar el vicio y darse el gusto, acaba de mandar al Senado el pliego de ascenso a general de una de sus edecanes, la coronel, cuerpo profesional, analista de sistemas María Isabel Pansa.

Para ello primero tuvo que firmar un decreto (1521/15) en el que, so pretexto de combatir la discriminación, habilita a cualquier profesional universitario a alcanzar la máxima jerarquía militar, aunque la fuerza no tenga previsto un cargo en la conducción superior para todas las profesiones.

Cristina tendrá finalmente una generala viva, poco importa a sus fines si en realidad está condenando a una buena profesional al casi seguro destierro que deberá soportar al dejar sus funciones como edecán y pretenda retornar a un ejército en donde hay más generales que tanques, pero que no tiene en su orgánica un cargo para un general psicólogo y analista de sistemas. Aunque tal vez podría dar contención emocional a 55 generales que conducen un ejército sin armas, sin misión y sin futuro.

Cristina cumplirá su sueño, tendrá a una generala cuidándole las espaldas en el último tramo de su gestión. Generala que dependerá orgánicamente de un teniente coronel que ocupa el cargo de jefe de la Casa Militar de la Presidencia de la Nación, pero es un detalle no más.

Cristina fue por demás generosa con las mujeres de uniforme. También habilitó a las profesionales universitarias a ocupar cargos como agregadas militares en nuestras embajadas, no así a los varones con el mismo título, pero un poco de injusticia con el sexo fuerte para compensar años de machismo desenfrenado no viene mal.

Cristina curiosamente jamás promovió un mínimo encuentro con muy reducido grupo de mujeres que ostentan con orgullo la condición de Veteranas de Malvinas. Integran el mismo ejército de la futura general Pansa, también provienen de la Fuerza Aérea y de la Marina Mercante. Curiosidades de una feminista que hace ocho años dijo: “No me traigan mujeres altas, rubias y con buenas piernas”. Y que por alguna extraña razón no ha querido sacarse una simple foto con un puñado de mujeres enviadas a una guerra sin más armas que su oficio o profesión, verdaderas heroínas vivientes de la patria, que, expuestas en público, podrían haber merecido un aplauso, un reconocimiento o un vitoreo ligeramente superiores a los que reclama para sí en forma exclusiva, permanente y, por qué no, perpetua.