miércoles, 25 de noviembre de 2015

JUSTICIA SIN VENGANZA

Sorprenden algunas reacciones al editorial de “La Nación” publicado el lunes 23. Más allá de la oportunidad o inoportunidad de esa publicación, hay que remitirse a lo que allí se dice, antes que leer entre líneas. Adjudicar intenciones o afirmaciones que no se desprenden del texto, es imponer el cierre del debate antes de abrirlo.

En ese texto hay un llamado a superar para siempre el deseo de venganza. Lejos de ser reprochable, esto es bueno, saludable y necesario. En Occidente, la venganza fue la herramienta de la fuerza privada, arbitraria y sangrienta cuya extinción, posibilitada por la construcción de Estados nacionales dotados del monopolio de la fuerza pública y de un sistema jurídico, dio lugar al imperio de la ley. La venganza solo genera más venganza, en una rueda infinita e infernal.

Ese editorial, de forma contundente, llama “aberrante terrorismo de Estado” al accionar con que se respondió a la violencia de grupos que protagonizaron la guerra sucia en los ’70. Denuncia el uso ideológico de la exaltación de tales grupos por parte del relato oficial. No justifica aquellos procedimientos y tampoco a quienes violaron los derechos humanos practicando la misma moral de quienes querían combatir.


Mantener en prisión común a militares -condenados, imputados, o meramente sospechosos- a pesar de su edad y deterioro de su salud, es violatorio del Art. 18 de la Constitución Nacional que declara abolido todo tipo de tormento, y establece que las cárceles serán “para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice”. “El fin del establecimiento de las penas no puede ser la de atormentar a un ser sensible”, dijo Cesare Beccaria en 1764.

También viola los incisos a), b) y d) del Art. 1º de la Ley 26.472, sobre ejecución de la privación de libertad. Señalarlo no significa absolver a los culpables, sino reclamar el cumplimiento de la ley. Sobre todo implica no emplear los mismos métodos de violación de los derechos humanos que empleó un régimen de facto que abusó de su poder ilegítimo.

La izquierda celebra la mejora del régimen carcelario de más de cien terroristas presos, y el reciente indulto otorgado por el gobierno colombiano a guerrilleros de las FARC acusados de delito de lesa humanidad. Lo aplaude pero se escandaliza cuando se hace pública la inhumana situación de militares argentinos en prisión. El editorial pide el cese de la persecución a magistrados. Es de esperar que el nuevo gobierno garantice la independencia del Poder Judicial, como prometió en campaña.

No se trata de impunidad sino de que cese la cultura de la venganza, que se establezcan plenamente la verdad y la justicia, que impere la ley. Mandela consideraba que humillar al otro es infligirle un sufrimiento innecesario: trató de evitarlo. Antes y después de ser presidente, dialogó con cada uno de sus enemigos. Con humildad, perseverancia y voluntad de inclusión, logró que blancos y negros perdieran el miedo mutuo, superaran el peso de conductas anteriores, construyeran la verdad sobre sus más oscuros crímenes, y se integraran en un esfuerzo común por construir un país para todos.

Rodrigo A. Caro Figueroa
14.022.309
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