sábado, 5 de diciembre de 2015

¡YO DISIENTO!

Por Andrea Palomas Alarcón

Lejos del inmortal “Yo acuso” de Emile Zolá, en estos tiempos de temples tibios, la acusación esconde su ruda faz tras el disenso.

Un grupo de periodistas (y otras yerbas) manifestaron su hipócrita disenso contra un editorial del diario La Nación que hablaba con toda cordura y soltura de la venganza que se implantó como “política de Estado” a partir del kirchnerismo.

Tras la excusa del “disenso”, una operación de prensa bien montada y orquestada, bien disciplinada: todos los soldaditos al mismo tiempo, más o menos el mismo mensaje. Todos por Twitter. Incluso aquellos que han escrito para el mismo diario más o menos las mismas líneas sobre la venganza y la injusticia que mencionaba el Editorial.

Yo disiento con los periodistas que disienten, porque una cosa es disentir y otra muy distinta es escrachar. El diario que les paga el sueldo nunca les bajó línea ni les indicó que disentía con esto o con aquello que los periodistas escribían. Y sin embargo pudo haberlo hecho porque disentir es sentir distinto, con amabilidad y blandura, con argumentos. Pero no lo hizo, porque tuvieron la libertad para expresarse, libertad que hoy le niegan a La Nación. Porque de eso se trata, de que no se hable más del tema. De la moción de censura y escarmiento.

En 140 caracteres sólo se puede denunciar. Si es al unísono, operar, escrachar pero no disentir. No leí ningún argumento de Alconada Mon ni de De Vedia ni mucho menos de los otros.

También disiento con el diario La Nación porque se negó a publicar las cientos, tal vez miles de cartas que apoyaron el Editorial. Me consta. Sus directivos querían terminar con la polémica. Este es el tipo de operación que los argentinos hemos sufrido tantos años, de un lado nos atacan sin fundamentos y cuando queremos oponer argumentos al ataque, el periodismo nos silencia, en nombre de una paz boba que sólo genera más inquina.

Pero más que con unos o con otros disiento con la carta que el Episcopado envió a La Nación manifestando su “sorpresa” por el mismo Editorial. El disenso de los Obispos, en este caso, apuntaría a que el Editorial no trata el tema con la profundad debida.

Aunque Iglesia somos todos los fieles, en mi condición de simple católica exigua les pregunto a mis Pastores ¿cuándo han tratado ustedes el tema con mayor profundidad? La carta que envían a La Nación nos recuerda una serie de frases corteses que se deslizan sobre el hielo de la indiferencia por encima de los cientos de muertos y encarcelados como si no existieran. ¿Cuándo han mencionado el nombre de pila de uno solo de ellos?

En estos tiempos escandalosos, en los que la Iglesia nos otorga tantos permisos a los fieles, voy a utilizar los míos para disentir con su prolongado y doloroso silencio. “Un silencio que aturde” decía uno de nuestros queridos Abogados por la Justicia y la Concordia. Un silencio que mata, digo yo, con menos caridad que decisión.

La Iglesia, estimados Obispos, debió haber roto ese cerrado silencio hace mucho y no venir a criticar a los que, como el diario La Nación, han levantado su voz por los que no tenían voz, muchas veces en soledad.

La Iglesia tenía la obligación de haber denunciado el drama humanitario que significó y significa el encarcelamiento de más de dos mil personas, muchas de ellas ancianas y enfermas. Mártires. Hombres y mujeres, civiles y militares, jueces, sacerdotes que permanecen en prisión sin contar con los más mínimos recaudos para asegurar su vida, su salud y su decoro. Personas discriminadas que carecen de los mismos derechos que se le aseguran a otros presos, como estudiar o ser trasladados para ver a una madre moribunda o asistir al casamiento de un hijo.

Algunos podrían afirmar que la Iglesia no debe opinar sobre cuestiones tan temporales como si en nuestro país hubo una guerra o no. Yo disiento con ese pensamiento, creo que la Iglesia que bendecía las tropas cuando iban a pelear al Monte Tucumano bien podría tener una posición tomada.

Pero lo que ningún obispo o sacerdote me pueden discutir, aunque yo no sea más que una católica incompleta, con más esfuerzo que mérito, con menos formación que voluntad es que la Iglesia no podía ni puede mantenerse en silencio frente a la hecatombe humanitaria que implica mantener en prisión a miles de personas viejas y enfermas. Eso no me lo discute nadie. La Iglesia debió haber hablado, con profundidad o sin ella, hace mucho. Y no me cuenten que realizó buenos oficios en tal o cual caso, que acercó voces, que influyó en funcionarios desde la oscuridad y el anonimato. La Iglesia debió haber hablado públicamente, debió haber gritado en las plazas públicas que se estaba matando gente en prisión. Debió decir que el gobierno de la venganza se negaba a asistirlos, de viva voz y a la luz del día, sin esconderse de nada ni de nadie porque para eso está la Iglesia, para ser la voz de Cristo sobre la tierra y tengan por seguro que Cristo no se habría callado la boca, ni se habría puesto del lado del poder, ni habría abandonado al enfermo, al preso o al sufriente.

Unas palabras de la Iglesia nos habrían ayudado mucho cuando el capitan Scheller pesaba 40 kilos y se negaban a internarlo, o cuando el comisario Alais no fue evacuado a un hospital pese a que el médico del módulo penal lo pidió insistentemente; o cuando al comisario Becerra le fueron cortando en rebanadas primero sus pies, luego sus piernas putrefactas por la gangrena, sin que le suspendieran un solo día la asistencia a juicio o, ahora mismo, en favor del subcomisario Patti quien se encuentra postrado e imposibilitado de recibir la terapia que la ONU ha dictaminado que le debe ser provista.

La voz de la Iglesia, defendiendo una causa humanitaria, no pudo haber sido cuestionada por nadie y habría sido un importante cambio para los perseguidos. Al menos, habría sido un alivio espiritual y un consuelo para ellos y sus familias. Sentir la comprensión de sus pastores habría sido reconfortante para los presos políticos que en su mayoría profesan la Fe Católica.

¿Ven sus Excelencias lo que se saca de darle libertades a estas ovejas deslenguadas? Que un buen día, cuando menos se lo esperan, les decimos unas cuantas verdades que nos muerden el corazón y sin el menor sentimiento de culpa.

Alivian mi conciencia la tranquilidad de espíritu de no haberme callado nunca ante la injusticia y mi gratitud eterna al diario LA NACION que siempre estuvo del lado de aquellos a quienes se les negó todo derecho, en nombre de los Derechos Humanos.