martes, 23 de febrero de 2016

EL ASESINATO DE JOHN PATRICK EGAN


El primero de marzo se cumplirán 41 años del asesinato del cónsul estadounidense John Patrick Eagan, en 1975 en pleno gobierno democrático a manos de integrantes del autodenominado Ejército Montonero, que lo mantenía secuestrado desde un mes atrás. Este fué uno de los tantos crímenes de lesa humanidad perpetrados por los terroristas para dominar por el miedo y la violencia al pueblo argentino, y que hasta el presente permanece impune.

Para cierto tipo de jueces argentinos  de la última década parece que las víctimas del terrorismo y sus familias carecen de derechos humanos.

¿Cómo considerarían el Presidente y el pueblo norteamericano hoy en día el secuestro y eliminación alevosa de un diplomático de su país?

Esperamos que pronto comience a regir la Justicia perdida.

Santiago Floresa


Secuestraron al agente consular de Estados Unidos en nuestra ciudad", tituló La Voz del Interior el miércoles 27 de febrero de 1975. Se refería a John Patrick Egan, de 62 años. Un comunicado de Montoneros se había adjudicado esa operación. El diario cordobés recordó que, con el diplomático, sumaban cinco las personas que permanecían en cautiverio en la provincia: el mayor Julio Argentino Del Valle Larrabure, desde hacía más de seis meses; Elvira Bagalone de Roggio, capturada en un cementerio, y una señora de apellido Ferrero con su hijo de un año y medio.

Dos días después, una comisión policial encontró el cuerpo sin vida de Egan en un baldío del barrio Alta Córdoba. El cadáver del cónsul estaba atado y envuelto en una tela celeste con la palabra "Montoneros" escrita en letras negras, la cabeza cubierta con una bolsa de plástico, los ojos vendados, el rostro sucio de sangre por el balazo de una pistola nueve milímetros en el ojo derecho con el cual lo habían ejecutado, un par de horas antes de que fuera encontrado, según concluyeron las pericias médicas.

Vestía la ropa con la que había sido capturado: pantalones y camisa beige y zapatillas blancas; a la altura del pecho le habían adherido con alambres el recorte de un diario con la noticia de las muertes de dos montoneros, el lunes anterior, y un pequeño cartón con la palabra "Montoneros", también con tinta negra y en letras de imprenta. En un bolsillo del pantalón aún guardaba su billetera, con 43 mil pesos.

Si bien algunos representantes extranjeros ya habían sido secuestrados, Egan se convirtió en el primer diplomático asesinado por la guerrilla. Y en el quinto ciudadano estadounidense en correr esa suerte desde 1965; el último había sido el gerente general de Ford, John Swint, muerto el 22 de noviembre de 1973 por las Fuerzas Armadas Peronistas. Los ejecutivos y funcionarios norteamericanos eran los principales blancos de los ataques de esos grupos, que estaban empeñados en la lucha contra "el imperialismo yanqui" que, según decían, controlaba al gobierno y a las Fuerzas Armadas y "explotaba al pueblo".

También en Córdoba el 16 de marzo de 1974 una bomba estalló en el Instituto Cultural Argentino Norteamericano (ICANA). Un mes después, guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) secuestraron al director general del Servicio Cultural e Informativo de Estados Unidos, Alfred Albert Laun, en su casa ubicada en la ciudad de Unquillo; Laun se resistió y fue llevado herido de un balazo, pero quince horas después fue dejado en libertad porque su salud se había agravado y necesitaba una intervención quirúrgica.

 

La muerte de Egan desató una severa crisis entre el gobierno de Isabel Perón y el departamento de Estado norteamericano, encabezado por Henry Kissinger, según surge de los cables de la embajada estadounidense que han sido desclasificados, es decir que han perdido su carácter de reservados o secretos por el paso del tiempo.

Una versión, confirmada por Robert W. Scherrer, ex agente del FBI en la embajada estadounidense en Argentina, al periodista norteamericano Martin Andersen, indicó que los captores de Egan "le habían cortado los genitales. Los montoneros, al contrario de lo que puedas haber escuchado, torturaron y mutilaron a otros prisioneros secuestrados para cobrar rescate". Sin embargo, uno de los policías que descubrieron el cadáver y que no quiere que su nombre trascienda negó que eso fuera cierto: "Si bien era de noche, en una zona poco frecuentada, cerca de un canal, recuerdo que no había manchas de sangre en sus pantalones".

Antes de la dictadura, Córdoba se caracterizaba por los secuestros realizados por los grupos guerrilleros. "Los secuestros en Córdoba, que habían alcanzado un nivel extraordinario en el mes pasado, continúan sin resolución. Además de las cincuenta víctimas reportadas por la prensa el mes pasado, existen indicios de muchos más casos que no han sido denunciados. Eso, junto con las bombas, los tiroteos y las turbulencias económicas en esa provincia, han dejado a la población muy temerosa y enojada", informó la embajada de Estados Unidos a Kissinger en el cable reservado número 1.791 del 17 de marzo de 1976.

La mayoría de esos secuestros tenía como blanco a los directivos de las empresas instaladas en Córdoba, en especial del sector automotriz, que concentraba a la clase obrera más dinámica: eran los sectores que más ganaban y estaban mejor organizados para la defensa de sus derechos e intereses. El sujeto revolucionario por excelencia, el protagonista principal y obligado del cambio de sistema hacia el socialismo; por ese motivo, esos trabajadores eran cortejados por las guerrillas, que se postulaban como sus vanguardias armadas para acelerar la revolución.

Según la embajada estadounidense, y de acuerdo con sus interlocutores militares, políticos y sindicales, los ataques contra los directivos de esas fábricas ("asesinatos, secuestros e intimidaciones") formaban parte de las tácticas de las guerrillas para "ganarse a los trabajadores. Los gerentes de Relaciones Industriales y de Personal aparecen como los mayores blancos de asesinato cuando las empresas no acceden a las demandas de los trabajadores. Casi invariablemente, las compañías afectadas satisfacen completamente las exigencias terroristas, que normalmente consisten en la concesión de demandas económicas, el pago de salarios perdidos por huelgas y la reincorporación de trabajadores despedidos. Probablemente, los directivos tienen pocas alternativas", evaluó uno de los asistentes del embajador Robert Hill en el cable secreto número 7.538 del 12 de febrero de 1975, dos semanas antes del secuestro del cónsul Egan.

Ese documento de siete páginas, dirigido a Kissinger, citó a uno de los senadores nacionales por Córdoba, el radical Eduardo Angeloz, opositor, quien en una entrevista con un diplomático estadounidense "lamentó que la mayoría de las fábricas en Córdoba estuvieran controladas por el ERP y Montoneros y que sus directivos ahora negocien directamente con las comisiones internas controladas por los terroristas en lugar de tratar con los líderes sindicales elegidos" por las bases. E incluyó declaraciones del general Carlos Delía, jefe del Tercer Cuerpo, ubicado en Córdoba, a la revista Mercado, "en las que Delía observó que la guerrilla fabril era de especial preocupación para los militares".

Precisamente, el título de ese cable secreto fue "Terrorismo industrial: la lucha guerrillera en la base de la fábrica". Para la embajada estadounidense, "el terrorismo es un hecho y un modo de vida en Argentina. Las actividades de la guerrilla en las áreas rurales de Tucumán y en las áreas urbanas de Córdoba y Buenos Aires han sido objeto de comentarios alrededor del mundo y de análisis sin fin. Sin embargo, otra y posiblemente más insidiosa forma de lucha guerrillera, sobre la cual se ha prestado poca atención, está en plena operación en Argentina. Es la guerra llevada a cabo por la guerrilla industrial, que opera en la base de cada fábrica, en las asambleas sindicales y, en forma creciente, en relación con las gerencias. Las tácticas son las utilizadas por sus ´primos´ de las guerrillas rural y urbana, pero refinadas según las necesidades de su ambiente particular. Apuntan a radicalizar a los trabajadores, a alienarlos de sus líderes legítimos y del gobierno y a ganar su apoyo para convertirlos en aliados concientes  o dóciles seguidores". El objetivo, en resumen, era "ganar el control de la clase trabajadora".

La reacción de los militares frente al "terrorismo industrial" o la "guerrilla fabril" —la "ofensiva contrarrevolucionaria", para decirlo en los términos de los partidarios de la revolución socialista— fue brutal, ilegal y no distinguió entre acciones armadas y actividades sindicales, entre guerrilleros y líderes sociales. Los militares aprovecharon los últimos tres meses y medio del gobierno de Isabelita para elaborar las listas de personas que serían detenidas inmediatamente después del golpe de Estado.

Egan era cónsul de Estados Unidos en la capital cordobesa, el único diplomático estadounidense que permanecía en funciones en el interior del país. Había nacido en 1912 en Perma, una pequeña aldea montañosa del estado de Montana. Apenas se graduó, Egan entró a las industrias Kaiser, donde hizo carrera; en 1955, ya como ingeniero, fue trasladado a Argentina, a la fábrica de automóviles que acababan de instalar en Córdoba.

Los diarios nacionales del domingo 2 de marzo dedicaron sus tapas a informar sobre las repercusiones de la muerte de Egan, cuyo sepelio se realizó ese día. Incluyeron el telegrama de condolencias de la presidenta Perón a su colega estadounidense, Gerald Ford; el comunicado de Ford condenando "este acto malévolo"; las palabras de Kissinger, antes de viajar a El Cairo para reunirse con Anwar El Sadat en procura de un acuerdo entre Egipto e Israel, que lo calificó como "un crimen sin sentido, execrable y despreciable"; y las declaración de Eugene Egan, hermano del muerto, desde su estado natal de Montana: "Ser liquidado así parece tan infructuoso. Fue sólo porque era un ciudadano norteamericano".