viernes, 12 de febrero de 2016

EL MONODEMONIO


por Andrea Palomas Alarcón

La guerra de los setenta vista con un solo ojo.

Habría querido oponer a la “teoría de los dos demonios” un título más digno que la imagen imprecisa de un diablo en monopatín. Me lo impide, sin duda, un profundo desprecio por las consignas.

La “teoría de los dos demonios” no es una verdadera teoría sino un sopapo silenciador ante la mera mención de “terrorismo” en alusión al conflicto de los setenta. Soslaya con una hipérbole que en Argentina hubo un conflicto armado y no un grupo de locos, un monodemonio, que una mañana se levantó de mal humor y salió a matar gente.

Estamos gobernados por consignas que clausuran el debate. En estos días, el secretario de DDHH, Claudio Avruj, fue actor de interminables desmentidas sólo por haber recibido a una asociación que nuclea a las víctimas del terrorismo. “No se piensa volver a la teoría de los dos demonios” insistió una y otra vez postrándose ante los estridentes. Ha debido repetir esa consigna de ignota factoría como un talismán contra la incorrección política.

A fuerza de iracundia pretende silenciarse toda una parte de la historia. Los cultores de la mediamemoria chillan cuando se les recuerda la ferocidad de los ataques terroristas de ERP y Montoneros. ¿No tienen, acaso, derechos humanos las víctimas del terrorismo?

Desde el reclamo de “memoria completa” hasta la riña por el verdadero número de “desaparecidos” surgen disputas perpetuas, denuncias, solicitadas: delito de opinión. La expresión misma “memoria completa” se acusa como ofensa y provocación. Con argumentos enrollados decretan que el homenaje a las víctimas del terrorismo estaría blanqueando el “vale todo”. Se obtura la libre opinión y trazan al adversario como un neurótico prolijo, que pesa demonios en platillos opuestos de una balanza.

¿Fue una guerra?

¿Fue una guerra? ¿O la matanza despiadada del Estado contra un grupo que pretendía construir un mundo mejor? ¿Defendían los uniformados a la sociedad o fueron mercenarios al servicio de las políticas neoliberales de Martínez de Hoz? ¿Mataron y murieron para que se pudieran importar paraguas de China o defendieron a la Patria?

La causa 13/84, conocida como “Juicio a las Juntas” dice que fue una guerra revolucionaria. Guerra. Creímos entonces que el debate había terminado pero alguna tara mental nos impide avanzar como país destejiendo por la noche, como Penélope, lo que tejimos durante la jornada.

Apelar a la teoría del monodemonio es negar que el Estado respondió con guerra, a los que le habían declarado la guerra. Grupos armados, entrenados en Cuba y Libia, con grados militares, uniformes, reglamentos. Cuentan que en su exilio dorado de Cuba y París, Firmenich tenía un edecán.

El todopoderoso Estado

No es raro que los que reemplazaron a Dios por el todopoderoso -superabundante-infinito-proveedor-“papito” Estado aleguen que la lucha fue desigual. Que no se puede equiparar la agresión del Estado con la de grupos guerrilleros. Siendo el ser humano religioso por naturaleza, el comunismo no eliminó a Dios, sólo lo reemplazó por el Estado.

El Estado como persona adulta tendría toda la responsabilidad y los niñitos traviesos que atacaron a la sociedad, ninguna. El aspecto psicológico en política nunca es ajeno.

La realidad es que el Estado argentino fue atacado por grupos hábiles para subvertir a la Nación. Como toda revolución, no fue un Estado contra otro sino un grupo armado contra el Estado. Fue una guerra revolucionaria pero a diferencia de la Revolución de Mayo, su causa no fue nacional sino internacionalista, elitista, imperialista.

La guerra sucia y desigual

Es discutible si la lucha fue desigual. En el Monte Tucumano el ERP llegó a gestar una “zona liberada” que buscaba el reconocimiento internacional como bando “beligerante”, llegando a cobrar peaje en las rutas. De todas maneras, que una guerra sea desigual no la hace menos guerra. Todas las guerras de la historia han sido desiguales en mayor o menor medida.

Algunos más realistas conceden que, en todo caso, fue una guerra sucia. Todas las guerras son sucias. No hay guerras lindas, puras, de uniformes blancos y buenos modales. Todas las guerras son brutales y lo único que evita la brutalidad es evitar la guerra.

El contexto y la memoria

Por último y sin pretensiones de comenzar siguiera a rascar la pintura de un asunto tan profundo como la guerra revolucionaria-contrarrevolucionaria argentina: el contexto.

Cuando con mal teatralizado frenesí se pretende silenciar a las víctimas del terrorismo lo que se busca es borrar el contexto en el que se desarrolló una guerra cruel y dolorosa.

Una persona, hace poco, me relató los pormenores del sangriento atentado al comedor de Coordinación Federal. Las primeras atenciones a los heridos: un agente atravesado de lado a lado por la pata de una mesa como si fuera una lanza, aullaba primitivamente llamando a su madre. Recoger los pedazos de seres humanos que habían sido amigos y compañeros de trabajo es más de lo que un ser humano puede soportar sin perder la cordura o parte de ella.

Esto es lo que se quiere eliminar cuando se suprime la otra parte de la memoria. No sólo un contexto político- social mundial sino emocional, el contexto de temor y odio en el que vivía la sociedad. El temor y odio que llevó a toda una sociedad a apoyar y aplaudir la lucha contra el terrorismo.

Un demonio en monopatín no puede contar la historia completa de nuestro pasado. Irónicamente, cuanto más han querido borrar una parte de la memoria, más vigorosamente se ha empecinado en volver e instalarse, con sus demonios y sus heroísmos. Es lo que suele pasar con la memoria, huye cuando la buscamos y nos asalta de frente cuando queremos olvidar.