lunes, 13 de febrero de 2017

SINCRONÍA Y COHERENCIA


Mientras buena parte del mundo se desangraba en la feroz contienda que se recuerda como la Segunda Guerra Mundial, la Argentina se mantuvo en una oportuna neutralidad que le permitió nutrir sus arcas de valiosas divisas pero que le valió la animadversión de los EUA y muchos de sus aliados. Ya cuando la guerra estaba definida se le declaró la guerra a Alemania para no quedar afuera de los últimos lugares en el festín de los vencedores.

La sincronía, esa condición en que los fenómenos  o circunstancias coinciden en el tiempo y en el ritmo, no ha sido precisamente  una virtud de la política exterior argentina en nuestra historia. Nuestro país enfrentó la guerra sucia de la subversión justo cuando el gobierno estadounidense de James  Carter había hecho una política de estado de la cuestión de los derechos humanos  y designado  a la activista Patricia Murphy Derian en la Secretaría que trataba esas cuestiones. La guerra de  Malvinas estalló durante la presidencia de Ronald Reagan, cuya prioridad era el enfrentamiento con la Unión Soviética para lo cual contaba como principal aliado con Gran Bretaña, nuestro oponente en el campo de batalla.

La presidente Cristina Fernández eligió una política de aislamiento en el momento de mayor auge de la globalización y concedió un enorme poder en su gobierno a los resabios de las organizaciones terroristas  del ERP y Montoneros, mientras el mundo occidental asumía al terrorismo como su principal flagelo. Su sucesor, el presidente Mauricio Macri, intentó ponernos en sincronía con el mundo globalizado pero a pocos meses de iniciar su mandato asumió el gobierno de los EUA el empresario Donald Trump que llegó postulando políticas de cierre de fronteras y proteccionismo comercial. Simultáneamente, partidos con ideología nacionalista han comenzado a proliferar en Europa y una inédita  ola de recelo amenaza con debilitar a la Unión Europea de la que recientemente  se retiró el Reino Unido (Brexit).

Nuestra falta de sincronía puede ser originada en la mala suerte, en nuestra posición geográfica excéntrica o en el proverbial desprecio de nuestros gobiernos por  los estudios estratégicos y los análisis proyectivos y prospectivos de largo plazo. Cualquiera sea el origen, lo cierto es que el actual gobierno trata de adaptarse a la nueva situación intentando aprovechar las oportunidades que abre el renovado panorama internacional pero al costo de tener que cambiar la política prevista y planeada  para adoptar políticas oportunistas. Como en muchas otras áreas.

Si en el ámbito exterior hay problemas de sincronía, en el interno los obstáculos surgen por el lado de la coherencia. Ser coherente implica lograr una relación lógica entre las políticas o sus partes, de modo que no haya  contradicción ni oposición entre ellas. El actual gobierno tiene el pecado original de jactarse de no tener ideología. Probablemente supone  que ello lo eximirá de ser acusado de contradictorio o que así no aleja “a priori” a ningún potencial votante, pero el precio que paga es presentar un perfil errático, impredecible y jalonado cada vez con más frecuencia por renuncios y retrocesos al ser confrontado, que hacen dudar de su firmeza y de su convicción.

Cuando llegamos a este punto en que el análisis nos lleva a la crítica tenemos siempre la obligación de mencionar que la alianza Cambiemos, liderada  por Mauricio Macri,  tuvo la enorme virtud de estructurar un poder capaz de derrotar al oficialismo “kirchnerista” que  nos llevaba por un camino de destrucción nacional e institucional. Una corrupción rampante, una desembozada tendencia a empujarnos por los oscuros terrenos del socialismo chavista del siglo XXI, alentado desde el Foro de San Pablo y una siembra de odio y de enfrentamiento entre argentinos que  nos conducía por un camino de violencia, eran parte de los peligros que se cernían en el horizonte si lograban la continuidad de su perverso proyecto. Pero reconocido esto, ahora llegó el momento de los ganadores de gobernar bien y, mientras tanto, cada ciudadano tiene  el deber de comprometerse, los medios tienen la obligación de criticar y denunciar lo que corresponda y quienes participamos en política tenemos además el mandato de proponer alternativas y modelos superadores para evitar la repetición de errores.  En eso estamos.

En materia económica la falta de coherencia es uno de los factores claves que dificulta la recuperación esperada. El gobierno propone simultáneamente medidas que restringen y que incentivan el consumo, que ponen dinero en el bolsillo de unos mientras lo quita de otros, sea intentando limitar las paritarias o sosteniendo esquemas de  impuestos al ingreso personal.

Se fija una pauta ambiciosa de inflación presupuestaria del 17 por ciento pero en todo lo que depende del gobierno nacional y los gobernadores de Cambiemos, sean servicios, peajes o impuestos, los aumentos tienen un piso superior al 30 por ciento. El ciudadano común se pregunta lícitamente porque si el gobierno produce aumentos de más del 30 por ciento, las paritarias  no deben superar el 20. Si la pauta de  inflación era del 17, este número debería ser sostenido como un mantra por  toda la administración pública o aceptar el escepticismo y el descreimiento.

Las contradicciones en materia económica llevan a hacer dudar de que realmente exista  un plan integral y para nada ayuda la inexistencia de una figura en el área económica que tenga representatividad. El gobierno expulsó quirúrgicamente del gabinete  a los economistas que tenían un perfil propio. Ahora el gabinete se ha transformado en un conjunto de funcionarios  de bajo perfil y poca expresión pública, formando un equipo que tiene un único jugador, el presidente Mauricio Macri, lo cual constituye una nueva contradicción  entre la palabra y la acción.

También nos disgusta la postura gubernamental en las cuestiones referidas a la soberanía, Malvinas y la defensa nacional, así como la falta de voluntad para asumir la necesidad de acabar con las injusticias y los abusos en los temas vinculados a los derechos humanos y el terrorismo de la década del setenta.

Cuando los asesores gubernamentales de mirada estrecha se sorprendieron con las repercusiones populares del desfile de las Fuerzas Armadas y de los veteranos de Malvinas en la festividad del bicentenario, supusimos que además de llamar de  apuro al presidente para que no quedara afuera del festejo habrían tomado nota del peso que para el argentino medio tienen las cuestiones vinculadas  a la soberanía y los sentimientos patrióticos. Sin embargo, la política de concesiones unilaterales al Reino Unido que no contempla la discusión de la soberanía en el tema Malvinas sigue inalterable, consolidando el “status quo” británico, abaratando los costos de explotación de los recursos usurpados y llevando a suponer que existen intereses superiores y desconocidos que están por encima del sentido común y de la voluntad popular de los argentinos.

Los planes integrales  de reequipamiento de las debilitadas FFAA brillan por su ausencia y las compras aisladas que se anuncian y no se concretan, apuntan a  buques auxiliares, aeronaves de entrenamiento y unidades logísticas y de transporte. Todo ello es útil pero la defensa de la nación, que es la función primaria de esas  fuerzas, requiere de medios de combate y de proyección del poder militar, de  misiles, torpedos y munición. Esto no es agresividad. Es citar lo  necesario para ponernos a la altura de los países de la región y recuperar las capacidades perdidas. Lo demás, todo lo demás, es subsidiario.

Finalmente, corresponde citar la conmoción que produjeron las declaraciones del funcionario Gómez Centurión, militar retirado y veterano de Malvinas que al ser preguntado sobre el tema de los desaparecidos durante el gobierno militar expresó sinceramente su verdad.  Una parte de sus expresiones resulta irrefutable aun para sus más estridentes críticos y es la referida a la falsedad del número de 30.000 desaparecidos, mentira cuyo propio autor reconoció y explicó en la necesidad de conseguir fondos y motivar a la opinión pública internacional. La sinrazón de pretender mantener la mentira con el argumento de que es un número “simbólico” ha sido sostenida hasta por funcionarios como el Secretario de Derechos Humanos, Claudio Bernardo Avruj, avergonzando y denigrando al estado de derecho que debe apoyarse en pilares como la transparencia y la verdad. Lo positivo de las declaraciones de Gómez Centurión es que desencadenaron un debate oculto y prohibido por el poder de la izquierda y sus cómplices mediáticos. Se pudo hablar de las víctimas del terrorismo, negadas por décadas, de los crímenes de las bandas terroristas y de la guerra que impusieron al Estado. Es un debate que recién ha comenzado y que debe darse en toda su amplitud. Mientras tanto, el gobierno es cada día más responsable por la violación de los derechos humanos de los militares detenidos por tiempos que quintuplican lo normado en los códigos procesales y mantenidos en prisión en edades y en condiciones de salud que  los llevan  a muertes anticipadas e inexorables. Estos no son temas menores. La muerte nunca lo es. Y un  Estado que  viola los derechos humanos de los acusados por violar derechos humanos constituye el colmo de la contradicción. Un verdadero oxímoron.

Las próximas elecciones serán presumiblemente en Agosto. Estamos trabajando para tratar de conformar un frente independiente de centro-centroderecha que esté por encima de la antinomia “kirchnerismo-antikirchnerismo” y desde el que se discutan los grandes problemas nacionales  con una visión patriótica y republicana que anteponga los grandes intereses nacionales a los requerimientos coyunturales, con la firmeza que la difícil situación nacional exige y con una visión sincrónica y coherente. El tiempo dirá si lo lograremos pero la voluntad  y el esfuerzo están ya en acción, pensando en el futuro y en nuestros hijos y nietos.

Juan Carlos Neves
Secretario
Nueva Unión Ciudadana