jueves, 11 de mayo de 2017

2015, EL AÑO EN QUE VOTAMOS A KERENSKI


“Traición, señor, es sólo una cuestión de fechas"
Frase de Charles Maurice de Talleyrand al zar Alejandro I

No sé si por liviandad o ignorancia o abrumados por el desquicio que el cambio ha traído a la República son muchos los que son incapaces de dilucidar que en el fondo y aunque a veces se peleen, oposición y oficialismo son el mismo producto de albañal aunque quizás con distinto olor. Todo el estiércol político que inunda las instituciones de la República llevan tatuado en el cerebro la palabra “progres”, donde la única diferencia se da en que unos, los ladrones anteriores con pretensiones de “zurdos” son resentidos de alma y los otros son tilingos con anhelos de creerse nacidos en Recoleta.


Es esa liviandad, ignorancia o abulia, o quizás el miedo a que vuelvan los bárbaros a saquear lo que aún no se han podido robar, lo que a muchos les ha hecho creer que cuando el presidente acompañó a Obama y a Hollande a tirar flores al río lo hacía en plan de excursión dominical y no como gesto político hacia una izquierda vernácula a la que teme con el alma y que lo desprecia profundamente, u olvidar que Gabriela Michetti, la vicepresidente, fue, como senadora, funcional al “emprendimiento inmobiliario” de la madre Bonafini aportando su voto para que la dulce viejita pudiera hacerse con la propiedad de diecisiete hectáreas en plena Avda. del Libertador, o mirar para el costado cuando con su voto se prestó a la payasada del parque de la memoria donde hay 30.000 chapas de las cuales sólo el 24% tienen nombre porque el otro 76% responde a una mentira infame y en las que aquellas que tienen nombre se mezclan en un carnaval mistongo, el nombre de una prestigiosa y difunta jueza que aún no ha devuelto su indemnización de desaparecida junto al de un psicópata como fue Gorriarán Merlo.

No nos confundamos, la murga majadera y descorbatada que hoy manda -¿manda?- en la República son “progres” y como tales tienen, aunque traten de disimularlo, los tics comunes  a estas pandillas de logreros que vienen asolando la República desde 1983: la cobardía, el desprecio por la palabra empeñada, el desconocimiento en función de su propio provecho de la historia reciente y la duplicidad frente a las creencias de la mayoría de los que, equivocados, los votaron.

Tienen, estos tilingos con pretensiones, una innata capacidad para mimetizarse. Con sólo leer las declaraciones, referidas al fallo de la Corte, que una recua de tontos de culo hace -tontos de culo es el mote que los españoles le dan a los estúpidos sin remedio- recua integrada, entre otros, por la inefable Michetti que aprendió temprano que dar lástima reditúa más que el conocimiento, por el jefe de gabinete, por el ministro de “justicia” y por el saltimbanqui mayor, Claudio Avruj, que pidió primero respeto por el fallo de la Corte y luego se desdijo; vemos que en este gobierno todo es en broma cuando no mentira. Desde los cuentos de las tarifas hasta el “vamos a acabar con el curro de los derechos humanos”.

Solo han cambiado  los modales -es que el Newman, el Saint Andrews, el Champa o el Salvador, más algunos otros- te dan una impronta, aunque vengas de un tano albañil, que nunca tendrá una grela de Tolosa por más clases que le dé Andrea del Boca, pero, a más de quince meses del cambio prometido ese es el único cambio del que podemos dar cuenta.

No hoy, hace ya bastante tiempo que se han sacado la careta; cuando la historia reciente se les viene encima llegan a excelsos niveles de necedad y amontonando frases hechas y huecas aluden a “los procesos, de memoria, verdad y justicia” que no son otra cosa que los circos judiciales con que se persigue a quienes combatieron al terrorismo. Su visión de la historia no es muy diferente a la enunciada por las madres y abuelas de terroristas y por los emprendimientos financieros de las “orgas” de derechos humanos. Nada hay de original en ellos, ni siquiera se animan a hacer una concesión a la teoría de los dos demonios esbozada, años atrás, por los “progres” del radicalismo. Para ellos no existieron ni Larrabure ni Ibarzábal ni niños asesinados como María Cristina Viola, Paula Lambruschini o Juan Eduardo Barrios entre otros.

Para ellos, los culpables son, taxativamente, todos aquellos que en la guerra contra la subversión vestían uniformes y que obedecieron el juramento empeñado de defender a la República de la agresión marxista. Cabe acotar, en beneficio de estos vivillos que, como se creen más allá de las ideologías, su estrechez cerebral les impide creer que haya existido una agresión armada marxista, no, para ellos solo fue una algarada de “chicos maravillosos” comprometidos con algo que probablemente ni siquiera ellos, en su ignorancia sepan de que se trataba.

Si esto no fuera doloroso para los que vivimos en carne propia la otra parte de la historia - esa que está prohibido contar- podríamos tratar a estos farabutes como lo que son: incompetentes a los que su carencia moral les impide profundizar cualquier pensamiento más allá de un elemental relato, pero no contentos con eso se acercan a lo cómico cuando dicen que la justicia debe ir a fondo, ¿qué justicia?, ¿la que ya asesinó a 402 militares y policías?, ¿la que demora once meses para autorizar una operación para extirpar un tumor canceroso?. No, estos hace ya tiempo que han elegido los albañales políticos para medrar y, al no haber visto jamás lo que es la payasada institucionalizada de un TOF en funcionamiento han elegido el papel de Pilatos, pero lavándose las manos en agua podrida.

¿Alguien puede en verdad sorprenderse porque el presidente, muy suelto de cuerpo diga, que él siempre estuvo en contra del 2 x 1?, ¿que Rodriguez Larreta diga sin ruborizarse que es hijo de desaparecidos porque al padre lo retuvieron diez días el 24 de marzo?, vamos, acá los estúpidos somos nosotros, nos asqueaba tanto el kirchnerismo que no queríamos ver lo obvio, ¿o nos olvidamos cuando, hace años, el PRO apoyó al montonero Kestelboim como defensor de la ciudad?

Siento una profunda pena por parientes y amigos que se ilusionaron con la idea de que el Pro era un partido que rescataría valores que eran caros para una gran parte de la sociedad, pero la realidad es dolorosa, eso que veían como algo brillante y que les hacía imaginar un futuro mejor no era un oasis al fin de la travesía, sólo era un pozo séptico con azulejos brillantes en lugar de ladrillos.

José Luis Milia