miércoles, 3 de mayo de 2017

UN GENERAL DE LA NACION QUE CUMPLIO SU JURAMENTO CON HONOR:


“…a mis acusadores les debe sorprender desagradablemente que yo siga pensando igual frente al mismo enemigo, a los mismos episodios que ellos produjeron y a los que ahora nos retrotraen.” Luciano Benjamín Menéndez, General del Ejército Argentino.

Podrán pasearlo por cien circos vanamente llamados “juicios” y seguramente lo harán, ya que es el paradigma de lo que sueñan abatir. Podrán ponerlo cuantas veces quieran a merced de payasos togados que creen estar haciendo historia, sin reconocer que sólo están firmando la perversa sentencia ya escrita de una revancha impía que solo ha servido para agravar la división que una banda de facinerosos pergeñó para mantener a los argentinos envalentonados en un enfrentamiento estéril mientras ellos saqueaban la República.

Nuevamente los falsarios a quienes derrotó volverán a pedir su cabeza o tratar de infamarlo -plumas serviles mediante- inventando historias y repitiendo agravios para terminar, como siempre, en el insulto soez, prueba lapidaria que es lo único que les queda a estos miserables después de cada derrota que el General les vuelve a infligir en los estrados judiciales, porque prevaricación mediante y abyecto servilismo, lo podrán condenar pero nunca lo pudieron callar.

El solo queda. El General que quiso, corte marciales mediante, fusilar criminales y no desaparecer enemigos, que cargó sobre sus hombros el peso de una guerra que no se estudiaba en su época en la Escuela de Guerra y que seguramente le repugnaba. Pero era un General de la Nación y por ella combatió.

Son pocos -él, sus subordinados y todos aquellos que al igual que él creyeron que un juramento, “Defender a la Patria hasta perder la vida” no era un bien negociable- con los que aún quedan cuentas para ajustar.

Sería más honrada la “justicia” argentina si al igual que el “INRI” en la Cruz por sobre los telones de fondo de los tribunales orales estuviera escrito aquel perverso apotegma: “Al enemigo, ni justicia”.

Esa cabeza es el trofeo que desvela a quienes llevan adelante estos “juicios”. Ellos, los verdaderos autores intelectuales de tanto caos y muerte en tiempos idos. Ellos, los jefes desertores y falsarios que compraron su exilio acomodado con la vida de los “perejiles” que creyeron en su lealtad. Ellos, que tratarán por enésima vez de obtener el botín que pretenden para autojustificarse.


Esos son los que hoy no pueden soportar que un grupo de viejos, que ni se rajaron ni se acobardaron, les estén dando ejemplos de dignidad a diario. Una dignidad que ellos no tuvieron al entregar a los propios, esos que hoy victimizan y por quienes reclaman esforzándose en olvidar que murieron por su propia felonía. Es que, miserables de su laya, no podían contar con que en el Ejército había Generales que no eran meros uniformes aferrados a un escritorio y a una alfombra. También eran Soldados.

De nuevo asistiremos -porque el objetivo es que esta historia no tenga fin- a la perversa estrategia de destrucción diagramada por aquellos que arrastran su pasado indigno de tránsfugas y mercaderes de la vida de sus propios compañeros, ruina que pretenden llevar a cabo con la complicidad de jueces prevaricadores, testigos falsos, políticos cobardes, una sociedad anestesiada e hipócrita y unos uniformados de generales “nuevos” a los cuales han comprado con los treinta denarios de la traición.

Porque el enemigo que ellos deben batir es hoy lo que resta del Ejército Argentino, de las Fuerzas Armadas. Ese resto que hoy se sostiene en el ejemplo de los que por defender a la Patria penan su juramento en cárceles comunes, ejemplo que ha evitado hasta hoy que las Fuerzas Armadas se conviertan en una montonera de entecados morales incapaces de alzarse en armas ante una ofensa a la Patria.

Solo esperan conseguir con esta seguidilla de bufonadas jurídicas un mínimo gesto de desánimo. Eso quizás concretaría la destrucción pretendida. Error, Luciano Benjamín Menéndez es un Soldado. No un bufón al que se le untan malamente los calzoncillos si en otro momento un desquiciado de mirada errática le hubiera ordenado descolgar un cuadro.

José Luis Milia