martes, 1 de agosto de 2017

NI OLVIDO NI PERDÓN


Por: Jorge Milia

La última sesión del Congreso, la del 26 de julio de 2017, quedará sin dudas, en la historia. No en aquellas páginas que hacen reverdecer el orgullo de ser argentinos y que memoran "los arquetipos y esplendores" que celebraba Borges en uno de sus poemas famosos. Será en esas páginas oscuras que quienes conserven algo de dignidad no querrían haber leído y quienes la hayan perdido se encargarán de ocultar, ignorar, hacer que la intelectualidad militante las impugne… o algo así. De una forma o de otra, en un incierto futuro, aparecerán reiteradamente, acorde también a la consigna del mismo Borges "sólo una cosa no hay, es el olvido".

Somos una generación desgraciada que entre todos los vestidos posibles eligió el de la hipocresía. Nadie explica cómo la conciencia de los argentinos fue ensuciándose de a poco, o de a mucho, pero, peor aún, pugnó por no reconocerlo por negar la culpa y travestirse de víctima de sus propias perfidias.

No hay que ser muy sagaz para reconocer todo esto. Quienes recuerdan al honorable Arturo Humberto Illia, se cuidan –a fuerza de ser políticamente correctos– de recordar que él fue quien dio la orden a la Gendarmería Nacional de terminar con la primera guerrilla del país, en la selva salteña de Orán, donde en 1962 el comandante Segundo (Jorge Masetti) y el capitán Hermes (Hermes Peña Torres) naufragaron entre la naturaleza salvaje y las balas de los gendarmes, no sin antes matar a uno de ellos y a varios obreros de la zona. No es bueno ponerse contra Illia pero ¿cómo aceptar que mandó a reprimir a aquellos primeros jóvenes soñadores e idealistas? Kirchner devolvió los restos de Peña Torres, como si fuera un héroe, al gobierno cubano, y nadie reclamó diciendo que era un delincuente que había atentado contra un gobierno constitucional.

El delirio guerrillero de los setenta encrespó los pelos de la nuca de políticos y gremialistas. Mientras los muchachos se dedicaran al empresariado esos secuestros y asesinatos eran travesuras, pero cuando abrieron el juego comprendieron que les podía tocar un premio de esa quiniela. La situación no podía ser controlada por López Rega y la triple A, así reclamaron que la orden de aniquilación a la guerrilla, dada por Isabelita iniciando el Operativo Independencia, era una muestra de blandura y rogaron por un golpe. No solamente rogaron, lo hicieron posible.

El audio del suspiro de alivio que muchos exhalaron el 24 de marzo fue enorme. Una vez más los militares interrumpían la democracia con el auxilio de los supuestos demócratas, que les agradecerían efusivamente la operación para luego hacerlos responsables. Un elemento inesperado trastocaría la historia: la guerra de Malvinas. El desastre fue grande. La cúpula militar y su inhabilidad política no solo perdió la guerra, perdió la derrota y con ello la capacidad de negociar la salida.

Sepamos que las páginas oscuras de la Historia Argentina no son solo el degüello por la nuca de Marcos Manuel Avellaneda a manos de los federales, ni las diatribas de Sarmiento al enterarse del asesinato del General Ángel Vicente Peñaloza deseándole "que la tierra le sea pesada". Las seguimos escribiendo. Nos indignamos con los militares y sus métodos sangrientos sin los cuales quizá seríamos Cuba pero con muchos más muertos, un millón y medio como prometía la guerrilla. Nos olvidamos de los más de veinte mil que se calcula murieron por distintas razones con el "corralito" y los que nunca podremos precisar por falta de asistencia con las "derivas" de fondos del kirchnerismo. Reclamamos por los desaparecidos de la dictadura pero ignoramos los muchos más desaparecidos en democracia, por las redes de trata, el narcotráfico y el delito en general que en muchos casos, por financiar campañas políticas, han tenido zonas liberadas.

Y ahora carecemos de actitud ante un cuarenta por ciento de los diputados nacionales que consideran factible que un réprobo siga siendo parte de tan "honorable" cuerpo. Un cuerpo solamente es honorable si lo son sus miembros. Lo que nos condena es nuestra naturaleza corruptible y la propensión a la complicidad.

No tendremos ni olvido ni perdón, no por un eslogan miserable de quienes han hecho de los derechos humanos su negocio sino por la conciencia que invariablemente nos acusa, porque si algo de dignidad nos queda, nos podremos ocultar de todo menos de ella.



PARA QUE ESTO NO SUCEDA MAS, 03/08, 18:00 HS. AL PALACIO DE TRIBUNALES