sábado, 4 de agosto de 2018

PILATOS Y LA PENA DE MUERTE



“Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado.

Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «LA PENA DE MUERTE ES INADMISIBLE, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona»1, y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo.”
Párrafo del punto 2267 (reformado) del catecismo de la Iglesia Católica

¿Es la historia, tal como Friedrich Nietzsche planteaba en su obra “La Gaya Ciencia”, una eterna repetición, infinita e incansable, no solo de acontecimientos sino también de pensamientos, sentimientos e ideas? Todo indicaría que sí, que en la historia se repiten, con otros nombres de actores y con diversa gravedad, los mismos acontecimientos con iguales sentimientos o ideas.

Nadie mejor, para definir esta idea, como la figura de Poncio Pilatos, el procurador romano que busca, de oblicua manera, no condenar a un pobre Galileo al que no le encuentra culpa. Sabe que, de condenarlo, comete una injusticia pero le falta valor, su ¡“Ecce homo”! frente al grupo de revoltosos pagados por el Sanedrín mostrando al Nazareno flagelado y con corona de espinas es el grito que precede a ese lavarse las manos de la sangre futura cuando los sacerdotes lo amenazan con denunciarlo ante el emperador y accede a condenar a Jesús. Cabe allí plantearse qué es lo más abyecto, si la injusta condena que impone por miedo al “que dirá” del emperador o su gesto cobarde pretendiendo con su lavado de manos limpiarse de la sangre de Jesús.

De alguna manera, Pilatos renace permanentemente en la historia. Y él, que debería ser denostado por todos los cristianos, es en nuestra Iglesia donde muchas veces ha encontrado cobijo su cobardía. Porque Poncio Pilatos se reencarna en cada miembro de la Iglesia que ha escondido los abusos cometidos y ocultado a los abusadores, pero también en aquellos que, teniendo el poder del magisterio requieren con urgencia la jofaina en que lavarán sus manos toda vez que se basan en falacias o en cosas que no se animan a condenar.

Nadie, hilando fino, criticaría que el Catecismo de la Iglesia diga que la pena de muerte es inadmisible, pero esto, en el país de quien ha promulgado este nuevo artículo 2267, no es otra cosa que una linda y falaz frase que, al igual que el miedo de Poncio Pilatos al “que dirá” del emperador, se dice para dejar contento al relativismo “progre” que infecta a la sociedad, corrompe a la Iglesia y atemoriza a la jerarquía católica. Porque en Argentina la pena de muerte está vigente, se asesina a ancianos que solo cumplieron con su deber en aras de una venganza disfrazada de justicia, venganza que los obispos que hemos sabido conseguir- desde el obispo de Roma para abajo- callan por miedo al que dirán, no ya del emperador sino de los gritones pagos que, al igual que los que vociferaban frente a la fortaleza Antonia, responden a los Caifás que se han adueñado de lo políticamente correcto.

José Luis Milia

NOTA: Las imágenes y destacados no corresponden a la nota original.