lunes, 17 de diciembre de 2012

CARTA ABIERTA A LOS OBISPOS CATÓLICOS DE LA REPÚBLICA ARGENTINA


14 de diciembre de 2012 11:05


Se ajusta a verdad que: “La patria argentina ha vivido momentos difíciles y críticos, a lo largo de sus doscientos años de historia” (La fe en Jesucristo nos mueve a la verdad, la justicia y la paz .- 09-11-2012) y coincido que los años setenta del pasado siglo han quedado signado como otro más de los periodos de enfrentamientos trágicos que la Argentina vivió. A hoy, la diferencia con otras etapas ominosas de nuestra historia es meramente humana, estriba en que no nos ha sido contada. La hemos vivido y a muchos de los que fuimos actores de esa tragedia, activos o pasivos, nada de lo sucedido ha dejado de afectarnos y aún hoy nos sigue dividiendo y acongojando.


Ustedes, en tanto y cuanto pastores de rebaños díscolos, fueron actores y no precisamente de reparto. Ustedes saben bien como empezó todo, cuanta injusticia y dolor existía, cuantos profetas del odio manipularon conciencias desde y contra el Evangelio y como las consecuencias de estos desatinos siguen siendo utilizadas con fines espurios.

Es en función de esto que ante la publicación del mensaje de la Conferencia Episcopal del 09-11-2012, "La fe en Jesucristo nos mueve a la verdad, la justicia y la paz", me siento en la obligación como católico de escribir esta carta.


Detrás de las palabras que hay en este mensaje, que cualquiera podría suscribir, parecería que hoy solo los mueve el tratar de encontrar justificación a las acciones de sus predecesores en el Magisterio de la Iglesia Católica Argentina. Acciones que no necesitan ser justificadas, pues fueron vivencias de hombres que se hallaron en una situación que por su gravedad es diametralmente diferente a la que hoy ustedes viven y a las que solo Dios Nuestro Señor puede juzgar.

Pero si bien es loable tratar de rescatar la buena fe de quienes los precedieron en el Magisterio en momentos dolorosos de la vida argentina ni una palabra hemos escuchados de ustedes sobre otros pastores que tuvieron la enorme responsabilidad -a partir de una, queremos creer, alterada visión del Evangelio- de llevar a muchos jóvenes por el camino de la violencia que desembocó fatalmente en una guerra fratricida.


Esto también tiene que ver con las medias verdades que impiden la reconciliación entre argentinos.

En su mensaje dicen ustedes, los Obispos, y por ende pastores de todos los católicos que, “Como creyentes y pastores, queremos ser servidores de la reconciliación, en medio del pueblo argentino, y como parte de él”. Feliz concepto que prosperaría si ustedes realmente creyeran que solo es posible la reconciliación si como base de ella primara la verdad total como referencia de lo sucedido y no medias verdades que es lo que la “historia oficial” ha tratado de meter en la cabeza de los argentinos desde hace treinta años.


Es cierto que nuestra Patria sufrió -como decimos en el primer párrafo- momentos más que dolorosos en los años setenta. Pero también es cierto que hoy se utilizan esos crueles momentos para seguir profundizando una división que los argentinos no nos merecemos y frente a este enfrentamiento que cada día crece no hemos escuchado de ustedes, nuestros pastores, el valor de la verdad entera. Piden ustedes por hipotéticas tumbas ignoradas o hacen conjeturas sobre niños robados treinta años atrás pero si bien se hace mención a la violencia guerrillera, parece que lo más importante a condenar es la represión, muchas veces absurda, que siguió a los crímenes cometidos por la guerrilla y utilizan en su mensaje términos usados y abusados por aquellos que han descubierto que la mejor venganza es aquella que se puede disfrazar de justicia.


Dicen ustedes en un párrafo del mensaje: “Además, exhortamos a quienes tengan datos sobre el paradero de niños robados, o conozcan lugares de sepultura clandestina, que se reconozcan moralmente obligados a acudir a las autoridades pertinentes.” Esto es, Monseñores, cuanto menos hablar con ligereza. Nadie discute que hubo niños que fueron secuestrados por algunos “iluminados” que creían que estos debían tener una educación mejor que la que habían recibido de sus padres pero ustedes saben muy bien que la mayor parte de los niños, hoy hombres y mujeres, que faltan en las familias de sangre no fueron robados sino que sus padres, muchos de ellos caídos en enfrentamientos tenían documentos falsos dado el carácter clandestino de la guerra que llevaban a cabo y son ustedes testigos, en especial por el sacramento de la confesión, de los esfuerzos llevados a cabo por militares y policías en busca de los familiares de estos huérfanos a los que ni siquiera se les conocía el nombre. Al hablar de esta manera -“Bebes robados” como si esto fuera la generalidad de lo sucedido- flaco favor le hacen a la reconciliación que ustedes dicen querer para el pueblo argentino. Favor tan flaco como callar concretamente algo que ustedes, los integrantes de la Conferencia Episcopal, saben muy bien desde hace tiempo y es que el presunto Obispo mártir no fue asesinado como desde hace años -para manchar a la Iglesia y a las Fuerzas Armadas algunos autodenominados católicos tratan de hacernos creer- sino que su muerte se debió un mero accidente. Y sin embargo ustedes callan, aun cuando saben que hay gente que será condenada por esto.


Es este, su mensaje, Eminencias, un compendio de bellas frases. Pero, ¿Cumplen ustedes con lo que dicen?. Solo cabe preguntarse esto respecto del párrafo del Encuentro Eucarístico Nacional, Córdoba de septiembre del 2000, que ustedes citan en este mensaje como una verdad cardinal: “porque con algunas acciones u omisiones hemos discriminado a muchos de nuestros hermanos, sin comprometernos suficientemente en la defensa de sus derechos” hermosa frase que nada nos dice, casi puesta en el mensaje como un recordatorio de agenda sin mayor valor, porque hoy están haciendo exactamente lo mismo -“sin comprometernos suficientemente en la defensa de sus derechos”- con los mil noventa y cinco militares, marinos, policías, gendarmes y civiles presos a los cuales no se les reconoce ninguno de los derechos que la Constitución Nacional prevé para los acusados de presuntos ilícitos y que, para ser juzgado ha sido la Constitución alevemente vulnerada.


Nunca he escuchado una palabra de la Jerarquía Católica referida a las condiciones en que estos presos políticos se encuentran, donde muchos de ellos sin estar siquiera procesados llevan años presos, y donde ya ciento noventa y siete de ellos han muerto en tristes condiciones de abandono de persona.

A poco de ver, y esto ustedes lo saben muy bien, todo este infame entramado judicial se ha convertido en un circo trágico que pesará en las conciencias de aquellos que han elegido callar. Y también abandonar a sus ovejas.

JOSE LUIS MILIA