
Se nos ha vendido al militante como una
figura dedicada a la acción política, pero la realidad es otra y tiene que ver,
en la Argentina de hoy, con la etimología de la palabra. Militante viene de militans,
palabra latina que significa “el que se
entrena para la guerra”. Esta y no otra es la única definición que el
peronismo ha aceptado de la palabra y hoy, el ser militante, se ha convertido
en el único mérito político al que un peronista -de cualquier secta- puede
aspirar; ergo, la “actitud militante”
no es otra cosa que un mandato público a callarnos, a ser ciegos y, al igual
que ellos, hacer de la genuflexión la esencia de la relación con el que detenta
el poder. Solo es militante aquel que es capaz, contra toda razón, de ensalzar
las cualidades del “mesías político”
de turno y, en consecuencia, ocultar lo que de subordinación y renunciamiento
éste exige e impone. En la práctica, la militancia ha pasado a ser un estilo de
“obediencia debida” que exige
allanarse, cuanta vez sea necesaria, a los proyectos, a las visiones políticas,
a adquirir los mismos enemigos y repetir hasta el cansancio las mismas
consignas que el jefe impone. De ahí a cantar el “Horst Wessel lied”, “La
Internacional” o “Giovinezza”
solo media un paso.

En setenta años de peronismo, este ha
conseguido inspirar -tanto en el pueblo como en la oposición- una actitud
vasalla, subyugada por el personalismo y la prepotencia que el “coronel” supo inculcarles. La tradición
autoritaria del movimiento no hace sino impulsar la adhesión amordazada e
hipnótica al poder del caudillo, por lo que la libertad de opinión, la
generación de ideas diferentes, el libre albedrío, están tácitamente
prohibidas.
En esto, si alguna vez fue otra cosa, ha
quedado la militancia que ayer festejó su día, nada más que una fascinación
tajante por la “magia” del jefe,
fascinación que ha hecho que el militante haya abdicado de su propia razón y de
principios e ideas; que haya renunciado a discrepar frente al egoísmo político
que lo obliga a la disciplina partidaria y que hace que quien disiente -propio
o ajeno- es un enemigo a ser destruido; pero aquel que agacha la cabeza entra
en una barata y vil componenda en la que hay lugar para todos de acuerdo a la
importancia o sagacidad de cada uno, hay quienes acceden a canonjías y
arreglos, a las sillas curules, a los puestos y la pauta, pero también, como en
cualquier banquete hay para otros las migajas -AUH, planes varios, IFE, etc.-
logros materiales con los que se compra la adhesión sumisa pero interesada del
militante.

La verdad de este fenómeno político no es
otro que el producto de un furtivo juego de poder que -mediante la destrucción
de la escuela y la salud pública, de la seguridad social y personal y de la
entidad como país- ha empujado al pueblo a transformarse en un rebaño, por lo
que, a fuer de sinceridad, detrás de un presunto festejo de la militancia, la
Argentina solo puede festejar la exaltación de la ofuscación, del desacuerdo
perpetuo y de la discordia como política de disolución nacional.
José Luis Milia
Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini tuo da
gloriam.