por Emilio J.
Cárdenas Ex Embajador de la República Argentina ante las naciones Unidas
Los duros
acontecimientos vividos por nuestra sociedad durante el reciente fin de año y,
muy especialmente, aquellos que tuvieron que ver con los saqueos que se
sucedieron en distintos puntos de nuestro país, dejaron al desnudo algo nada
sorpresivo. Me refiero al inmenso daño sufrido por nuestro plexo social como
consecuencia previsible de la siembra constante y sistemática –a lo largo de la última década y desde lo más alto del poder– de odios,
divisiones, descalificaciones, sentimientos de venganza y de toda suerte de
resentimientos. Como nunca nos había sucedido hasta ahora.
Frente a ello, muchos
de nosotros miramos con esperanza al Papa Francisco, un argentino excepcional.
Pero ocurre que, además de admirarlo, es necesario escuchar lo que nos está
diciendo. Ahora, como Pontífice. Con meridiana claridad. Y ponernos manos a la obra.
Sin demoras, de modo de restañar algunas de nuestras profundas heridas
re-abiertas.
Uno de sus mensajes
recientes más impactantes es el contenido en su exhortación apostólica: ‘Evangelli Gaudium’, del 24 de noviembre
pasado, cuyo texto íntegro
ha sido ya publicado por la Conferencia Episcopal Argentina. El documento es de
una enrome riqueza y merece ser leído y releído con reflexión.
Nos detendremos esta
sólo vez en uno de sus capítulos en particular. El que tiene que ver con la paz
social. Aquel estado en el que, nos dice el Papa Francisco, una sociedad debe
actuar responsablemente y ‘no
como masa arrastrada por las fuerzas dominantes’.
El Papa nos habla de
la importancia de la unidad. Puntual y específicamente. Esto es, de todo lo
contrario a la división y a los enfrentamientos. Nos dice que los conflictos
deben ser asumidos. Que nadie debe lavarse las manos frente a ellos.
Pero también que no
se puede quedar atrapados, cautivos o prisioneros de los conflictos. Que es
necesario resolverlos. Esto es, encararlos con vocación auténtica de
superarlos. Para establecer lo que Francisco llama ‘una comunión en las diferencias’, precisamente
aquello que Nelson Mandela lograra construir en su fenomenal visión de unir a su pueblo por encima
de las diferencias y de la horrible tragedia que se había abatido sobre
Sudáfrica.
El Papa nos advierte
asimismo que la unidad, como objetivo, es superior al conflicto. Porque permite
que la solidaridad construya la historia de una sociedad en una unidad que
define como ‘pluriforme‘. En razón de que la diversidad, nos dice,
es bella cuando acepta entrar en un proceso de reconciliación hasta sellar un pacto cultural
que permita emerger lo que el Papa bautiza como una ‘diversidad
reconciliada’.
La que aun no hemos encontrado.
Es momento entonces
de preguntarnos si no nos ha llegado la hora de abandonar la siembra de la
venganza y de reemplazarla por un diálogo maduro y sincero que, con una
profunda humildad social, sea efectivamente un vehículo de encuentro entre
todos y no un instrumento de más fracturas.
Diálogo que debería
estar impulsado –de
inicio– por una mística que procure busque
acercarnos y no separarnos. Diálogo
sincero que sea también
el instrumento central de una búsqueda
sincera de consensos y acuerdos, sin por ello dejar de lado el objetivo de
construir una sociedad justa. Memoriosa sí, pero como nos dice el Papa ‘sin exclusiones’.
Para así poder
construir la oportunidad demorada en exceso de poder vivir juntos y en paz, con
un pacto social y cultural que obre a la manera de cimiento de una auténtica
coherencia social. Para lograrlo es necesario obrar con respeto recíproco,
vocación real de sanar, tolerancia por el disenso. Y con una cuota grande de
solidaridad, que no sólo nos unifique, sino que nos mantenga en la unidad. La
verdad no debe ser un aroma de agresión, sino un instrumento indispensable de
construcción, con la mirada hacia delante.
Los argentinos
sabemos bien que la paz obtenida con la punta de una espada es apenas una
tregua. La paz duradera es fruto de la reconciliación, cuando ésta es
auténtica. Para esto hay que saber que nadie es patria, sino que todos lo
somos.
NOTA:
Las imágenes y negritas no corresponden a la nota original.