La excelente
nota del Prof. Romero nos marca un importante problema, el que debe ser
solucionado por la política… la justicia ya demostró que es ineficaz en su
solución. Es hora que los políticos se hagan responsables de sus obligaciones y
tomen las decisiones correctas para lograr la Justicia y la Concordia que los
de su casta anteriores no supieron, no quisieron, no pudieron o no tuvieron la
valentía de hacerlo en su oportunidad. Esa falta de decisiones políticas
correctas es la responsable de la espiral de violencia que ensangrentó a la
Argentina y aún hoy persiste profundizando la grieta que nos divide.
LA VIOLENCIA DE LOS AÑOS 70, UNA DISCUSIÓN
IRRESUELTA
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Pese a los avances en derechos humanos, sigue faltando una reflexión desapasionada sobre la tragedia acontecida durante aquella década (en la foto: conmoción tras el asesinato de José Ignacio Rucci, en 1973) Fuente: LA NACION - Crédito: Adolfo Passalacqua |
La violencia en su forma extrema
-terrorismo y asesinatos- dominó una
década y media de nuestro pasado reciente. Pasaron 35 años, pero sigue
viva, en el inconcluso debate sobre culpas
y responsabilidades. Su conflictiva memoria está en la base de la brecha
que nos divide, y que solo reduciremos si
avanzamos hacia una comprensión que no sea facciosa. Con esa intención, en
el cierre del ciclo de “Temas polémicos
de la historia argentina”, conversé con Sergio Bufano, escritor y periodista, coeditor de la excelente
revista Lucha Armada.
El proceso de
barbarización de la política, que avanzó de los gestos a las palabras y de
estas a los hechos irrevocables, se
desarrolló como una espiral, un crescendo en el que cada acción suscitó una
reacción más fuerte. Finalmente todos fuimos, a la vez y en alguna medida, partícipes
y víctimas.
¿Cuándo
comenzó esto? Quizás a comienzos del siglo XX, cuando la política de masas
trajo las “pasiones democráticas”. Se aceleró con el peronismo y con la
Revolución Libertadora –un buen ejemplo de la acción y la reacción– y
encontró su clima propicio en las malogradas experiencias democráticas de
Frondizi e Illia.
Bufano señaló
dos factores: la Revolución cubana y el
golpe de Onganía. La figura del Che Guevara encendió las imaginaciones.
Además, Cuba fue un activo organizador de experiencias guerrilleras, que
alimentaron dando instrucción ideológica y militar a muchos jóvenes latinoamericanos,
que volvían a sus países listos para ensayar su propia aventura.
La primera
experiencia argentina, desarrollada en Salta entre 1963 y 1964, fue un fracaso.
Pese a que ya abundaban los grupos que se definían como revolucionarios, solo
un puñado de jóvenes adhirió al “foco” guevarista.
Para Bufano, por entonces la
experiencia democrática no estaba agotada, y constituía una posibilidad para
quienes, como esos jóvenes, anhelaban un “cambio
de estructuras”.
El descontento
general de la sociedad de entonces incluía a sindicalistas, militares,
religiosos y militantes de izquierda. Algunos vieron una posibilidad en el general Onganía, que prometía una
revolución integral en tres tiempos. Pero pronto su política autoritaria generó
una reacción casi unánime y una suerte de movilización general de la sociedad,
que había encontrado en “la dictadura y
el imperialismo” su enemigo común.
Para Bufano, fue el golpe de 1966, más que
el “hartazgo democrático”, el factor
decisivo que volcó a los jóvenes a la opción armada. Agregó que esta
experiencia desencadenó un proceso muy amplio de ilusión colectiva, una suerte
de “primavera
de los pueblos”,
en la que cada grupo o sector integró sus demandas particulares en un vago
proyecto de revolución. Cordobazo de 1969 desató este imaginario, que se
mantuvo vivo, con algunos cambios importantes, hasta 1975.
La atracción de las armas
Este impulso
se manifestó en las universidades y en las fábricas. También en colegios, zonas
campesinas, villas de emergencia, asociaciones fomentistas o culturales, y
hasta en los consorcios de propietarios. Convocó
a la militancia a jóvenes de diferentes pasados ideológicos.
Muchos
pensaron en alternativas políticas para este impulso, desde una insurrección o
un sindicalismo clasista hasta un gran frente electoral contestatario. Pero ninguna de ellas resultó tan
atractiva, tan cercana a la idea de la toma del poder, como la propuesta por
las nuevas organizaciones guerrilleras.
El ejemplo cubano fue decisivo. Quizás a ello
se deba la fascinación por las armas, que Bufano
señala como experiencia singular del momento: médicos, abogados, arquitectos,
sociólogos, filósofos y periodistas comenzaron las prácticas guerrilleras, y
acudieron en alud a las nacientes organizaciones armadas en demanda de
instrucción militar.
Las primeras
acciones armadas, que emulaban a Robin Hood, atrajeron a los más románticos de
esos jóvenes, para quienes ya el asesinato de un enemigo conspicuo -como el general Aramburu- no representaba un
límite moral. Surgieron muchas organizaciones armadas, pero luego de
depuraciones y fusiones, quedaron dos: el ERP, de origen trotskista, y
Montoneros, la más exitosa.
¿Por qué?
Montoneros corrió el eje del conflicto del antiimperialismo, quizás un poco abstracto,
a un problema muy sentido: la vuelta de Perón
y la eliminación de sus enemigos internos,
los “gorilas” infiltrados en el
movimiento. Esto les permitió sumar a la Juventud
Peronista (JP), una organización no clandestina y masiva, que encuadró a
una gama de grupos sociales militantes.
A diferencia
del ERP, Montoneros tenía una idea precisa de cómo llegar al poder, enancados en
un Perón ambiguo. 1973 fue un
momento clave. En dos elecciones, se votó masivamente por una alternativa
democrática, confiando en la capacidad de Perón
para restablecer el orden.
No era fácil,
como lo reveló su estrepitoso fracaso con el Pacto Social. Por otro carril, la violencia se desabarrancó.
Señala Bufano: “Una vez que se toman las armas
es muy difícil dejarlas”. No lo hicieron ni el ERP -aunque así lo
declaró- ni Montoneros, que solapadamente siguió asesinando dirigentes, como
Rucci. Pero a la vez, dice Bufano, “el gobierno elegido por las urnas optó por
combatir a la guerrilla con métodos clandestinos”,
convocando a todas las “patotas”
disponibles (sindicales, nacionalistas y otras), que organizó desde la Casa de Gobierno en la infausta Triple A.
Los militares
se aprestaban a tomar la posta. En 1973 habían salido humillados del gobierno.
Los condenados por la Cámara Federal Penal -un
intento de Lanusse para encauzar la represión por la vía legal- fueron
liberados inmediatamente. Pero el impulso de las “orgas” se fue agotando. En Tucumán, los militares reprimieron con
éxito al ERP, que comenzó a desarticularse. Luego de la ruptura con Perón,
Montoneros pasó a la clandestinidad, se desconectó de sus bases en la JP, y en
1975 solo conservaba capacidad para actos desesperados. Pero los militares ya
habían tomado una decisión: implantar una dictadura y matar clandestinamente a
un número importante de personas.
¿Leviatán
o Behemoth?
En cualquiera de los dos casos, fueron bien recibidos por una sociedad que había naturalizado la violencia y las armas, que
participó de cerca o a distancia del juego de las organizaciones armadas, o que
mantuvo una indiferencia no comprometida. En
1976 la mayoría creyó que había llegado la hora del orden, prometido por los
militares, y el humor social solo cambió en 1982.
Entonces comenzó la otra parte de la historia, en
la que estamos envueltos. Creo que en materia de responsabilidades, la
sociedad argentina ganó en esta experiencia una conciencia acendrada y muy
valiosa de los derechos humanos, pero la fue perdiendo a medida que las consignas
pasaron a fundamentar la revancha y la venganza. En materia de responsabilidades penales, la
justicia no ha logrado trazar un camino independiente de las emociones de la sociedad
y el Estado; abandonó el camino de los juicios a las Juntas de 1985 y terminó plegándose
al juego faccioso.
Los bandos
siguen existiendo, y nos peleamos por “nuestros"
muertos” y “los de ellos”. Es hora
de asumir que todos ellos fueron víctimas, sin distingos, y que los vivos
fuimos, y quizá seguimos siendo, víctimas y victimarios.
NOTA: Las imágenes,
referencias y destacados no corresponden a la nota original.