viernes, 29 de mayo de 2015

EL USO FALAZ DE LOS DERECHOS HUMANOS

La manipulación del pasado

La persecución judicial contra el juez Pedro Hooft, de reconocida actuación ante los atropellos de la dictadura, devela hasta qué punto para el oficialismo la verdad es menos importante que los intereses políticos
Por Carlos Balmaceda[1]| Para LA NACION

Hace diez años exactos que el catalán Enric Marcó, entonces un valeroso sobreviviente de los campos nazis de concentración durante la Segunda Guerra y un acérrimo luchador contra el franquismo desde la Guerra Civil española, de golpe y porrazo se convirtió en un mentiroso monumental. La investigación fulminante de dos historiadores demostró que la biografía épica que se había fabricado Enric Marcó era un fraude gigantesco. Ésa es la trama que reconstruye Javier Cercas en su novela El impostor, una historia que nos sirve de espejo, porque en la Argentina hay muchas fábulas épicas que se construyeron como si fueran testimonios irrefutables.

El héroe que a todos conmovía con el relato de su historia de deportado español a los campos de concentración del III Reich donde fueron asesinados cerca de 7000 compatriotas suyos, el hombre de cuerpo pequeño y fibroso, semicalvo y bigote renegrido que narraba con lágrimas en los ojos el espanto que había enfrentado en el campo de Flossenburg hasta que el 22 de abril de 1945 lo liberaron las tropas norteamericanas, en fin, la víctima que provocaba estupor con sus testimonios y que había recibido honores y condecoraciones por su coraje ejemplar de un día para el otro se convirtió en un maldito farsante. Todo lo que había dicho Marcó sobre su pasado de prisionero en un campo de concentración era mentira. Una ilusión desmesurada fabricada por él mismo.

Cuando explotó el caso Marcó, en mayo de 2005, yo andaba de gira por varias ciudades de la península presentando mi novela Manual del caníbal y en todos los lugares adonde llegábamos había un tema picante que ocupaba las charlas: la mentira descomunal que había construido Enric Marcó a lo largo de 30 años. ¿Cómo había sido posible que un fabulador se convirtiera en un símbolo? ¿Cómo había sido posible que millones de personas le creyeran?

En las páginas escritas por Javier Cercas están narrados los pormenores de una de las imposturas más escalofriantes de todos los tiempos. Advertencia: nadie escapa ileso de este libro. Si Marcó es un mentiroso incorregible, los lectores comprendemos que nos parecemos mucho a quienes le creyeron. Preferimos vivir atenazados a un pasado ficticio con tal de no aceptar que la naturaleza humana puede ser tan miserable que vulnera lo más sagrado de nosotros mismos. Hay quienes, al amparo de nuestra desidia histórica y moral, forjaron vidas ilusorias para convertirse en héroes o en símbolos de una lucha que de verdad jamás libraron o que, si la libraron, lo hicieron de modo controvertido. "La causa convierte a un asesino en patriota", reza un antiguo refrán castellano que repetía mi abuela. Sabía bien por qué lo decía: había escapado de la turbulenta España con mi madre y mi tío en julio de 1936, subida a un barco cargado con cientos de inmigrantes republicanos que atravesó el Atlántico y amarró en el puerto de Buenos Aires.

Vuelvo a Enric Marcó. ¿Podríamos aceptar que un heroico símbolo de la lucha contra los horrores de las dictaduras militares se convirtiera, de la noche a la mañana, en un impostor descomunal? ¿Seríamos capaces de reconocer que nos tragamos un río de mentiras fangosas debido a nuestra incapacidad para defender la verdad y a nuestro infantil deseo de conformarnos con historias fantasiosas que nos muestran cuán valientes podemos ser en medio del horror? ¿O cerraríamos los ojos a la verdad para decir que todo es una confabulación que busca manchar lo más sagrado de nuestra vida y entonces, como decía mi abuela, dejaríamos que el asesino se convirtiera en patriota?

En la Argentina hay graves imposturas con los derechos humanos, aunque lo neguemos o miremos para otro lado. Tal vez suceda que nos paraliza una mezcla de temor reverencial y miedo colectivo frente a los valores sociales y los símbolos populares. Son características infantiles de nuestra sociedad. Pero cuidado: hay quienes armaron fábulas perversas ya no para subirse al panteón de los ídolos, sino para tramar venganzas y maquinar persecuciones. ¿Para qué lado mirábamos cuando los impostores empujaban a los inocentes al cadalso?

Por suerte hay quienes se animan a levantar la voz para reclamar verdadera justicia. Por ejemplo: Julio Strassera jamás se dejó amedrentar ni confundir por los falsos pergaminos de los impostores cuando se trataba de luchar contra los atropellos de cualquier forma de autoritarismo y de sus máscaras más sofisticadas. Hablo del coraje de Strassera porque poco antes de morir fue un testigo clave para desenmascarar una de las más infames aventuras judiciales vinculadas con los derechos humanos que hubo en el país desde el regreso de la democracia. Me refiero al "caso Hooft", el juez provincial de Mar del Plata al que le fabricaron una causa para acusarlo de varios delitos de lesa humanidad. Un caso que conozco de cerca, dado que Pedro Hooft es mi suegro.

La maniobra contra él fue pergeñada por un grupo de funcionarios gubernamentales, miembros del Poder Judicial y de la Procuración General y unos pocos abogados. Todos vinculados con el Gobierno. ¿Qué pensaría y escribiría Javier Cercas si conociera estos detalles escalofriantes? La vergonzosa operación duró ocho años plenos de maniobras oscuras, manipulaciones políticas y judiciales, mentiras desorbitantes y falsos testimonios que buscaron arrasar con el prestigio del juez.

Pero fracasaron. ¿Cómo fue posible que una máquina tan poderosamente perversa perdiera la batalla? Porque la trayectoria del juez Hooft como jurista de actuación nacional e internacional es de larga data y perfectamente comprobable. Sus fallos sirven desde hace décadas como referencia jurídica y ética en nuestro país y el exterior, e incluso su actuación como defensor de los derechos humanos y las garantías civiles se remonta a los años negros de la dictadura, cuando juzgó y condenó a policías torturadores -lo que le valió un salvaje atentado en su casa en diciembre de 1976-, y al año 1981, cuando su labor humanitaria fue documentada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Vale saber que el propio Strassera definió a Hooft como "un campeón de los derechos humanos", y contó que gracias al juez marplatense se había logrado condenar al almirante Massera en el Juicio a las Juntas. La voz de Strassera recibió la adhesión de centenares de personalidades del país y del exterior que se sumaron a su defensa.

Hace un año, en La Plata, Pedro Hooft fue juzgado por un tribunal de once miembros conformado en la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires. Como era de esperar, Strassera estuvo allí para contar la verdad, junto a otros testigos. Las mentiras y fabulaciones quedaron a la intemperie y el tribunal rechazó todas las acusaciones, confirmó la inocencia absoluta del juez y lo restituyó en su cargo. El fallo tiene casi mil fojas rigurosas y puede consultarse en Internet.

Pero hay un dato que nos deja estupefactos: al juez Hooft quieren juzgarlo de nuevo por la misma causa. ¡Los impostores no se rinden y atacan de nuevo! ¿Se rendirá la Justicia ante la nueva fabulación? ¿Nos rendiremos nosotros, que ya sabemos la verdad?

Por cierto, hay que reconocerle un gesto noble al mentiroso maldito de Enric Marcó: cuando lo descubrieron, dijo: "Mentí. Pero no mentí por maldad". Es cierto: jamás perjudicó a nadie con sus épicas maquinaciones. Sólo buscó un lugar efímero en el templo dorado de los héroes. Pero los que armaron la causa contra Hooft mienten por maldad y no se resignan a que triunfen la verdad y la justicia. Esa diferencia de orden moral entre Marcó y ellos es abismal y produce consternación.

Gracias, Javier Cercas, por el espejo.




[1] El autor es escritor.