jueves, 8 de noviembre de 2012

Políticas de la memoria que más bien buscan el olvido

Desde su nacimiento nuestra asociación pregona a los cuatros vientos que “Es hora de paz, concordia, justicia e historia completa, bajo el imperio de la igualdad ante la ley. Ha llegado el momento de dejar de lado lo poco que nos separa y rescatar lo mucho que no une como argentinos. ¡La Unión hará la Fuerza!


Inspirándonos en la “Frases para Reflexionar” que en su momento  elegimos para ilustrar nuestro blog, hemos encontrado que algunas de ellas son dignas de lectura para entender mejor el ecuánime artículo escrito para La Nación por el señor Alejandro Katz, ensayista y editor, y profesor en la Universidad de Buenos Aires. Les sugerimos que reflexionen sobre ellas… sin duda, comprenderán y entenderán mejor las reflexiones de Katz:

"El odio como factor de lucha,
el odio intransigente al enemigo,
que impulsa más allá de la limitaciones
naturales del ser humano
y lo convierte en una eficaz, violenta,
selectiva y fría máquina de matar.
Nuestros soldados tienen que ser así:
un pueblo sin odio no puede triunfar
sobre un enemigo brutal".
Ernesto "Che" Guevara

“Creo que para lograr la patria socialista,
vamos a tener que matar a
no menos de un millón de personas".
Roberto Santucho

“Coincido con Videla. Fue una guerra.
Habrá habido alguno que otro desaparecido
que no tenía nada que ver
pero la inmensa mayoría eran militantes y,
de ellos, la mayoría eran montoneros.
A mí me hubiera molestado muchísimo
que mi muerte la utilizaran
para decir que fui un pobrecito dirigente asesinado”.
Mario Firmenich

“Queda claro también que la política
de derechos humanos
fue bastardeada para ser utilizada
con fines políticos menores
y que nunca estuvo dirigida a descubrir la verdad”.
Guillermo Cherashny

“Ojo por ojo terminará haciendo
que todo el mundo sea ciego”.
Mahatma Gandhi

LA NACION – 08nov12 – Opinión


Los años 70
Al convertir a las víctimas de la represión del Estado en los héroes de la lucha política, absolviéndolas de la responsabilidad que tuvieron en la historia compartida, el discurso oficial deja un enunciado vacío y falaz.


Por Alejandro Katz – Para LA NACION

En estos años, nuestro país se fue poblando de lo que se ha dado en llamar "sitios de memoria". Sitios físicos -museos de la memoria, parques de la memoria, monumentos a la memoria-; sitios virtuales, como la "red nacional de sitios de memoria" que depende del Ministerio de Justicia, y sitios puramente simbólicos: la reiterada, persistente, protagónica presencia de algunas Madres de Plaza de Mayo en los actos y las actividades del poder o la reciente conmemoración de un "día del montonero". Sitios, todos ellos, que han ido propagando la creencia de que recordar, juntos, colectivamente, es un imperativo moral y de que aquello que se recuerda debe ser también objeto de reivindicación.

Sin embargo, las sociedades no tienen recuerdos: tienen historia. Hechos que ocurrieron en el pasado, que serán conocidos por medio de interpretaciones divergentes y valoraciones encontradas, pero sobre cuyo acontecer en otro tiempo no caben dudas. Dado que los recuerdos compartidos son literalmente imposibles, la así llamada memoria histórica o memoria colectiva es en verdad el resultado de complejas operaciones políticas orientadas a construir un sistema de creencias respecto de un pasado que se asumirá como común. Es, por tanto, producto del esfuerzo que algunos realizan para que otros crean. En la tarea de construir una memoria histórica colectiva, los discursos públicos, los monumentos, las fechas y los actos de conmemoración son herramientas destinadas a controlar el relato del pasado, no a conocer y explorar la historia.

La Argentina vive peligrosamente escorada sobre una memoria colectiva que se va poblando de los fantasmas de héroes y de mártires, por un lado, y por las sombras de verdugos y cómplices, por el otro, y de la cual son expulsados los hechos, las personas, los conflictos, la infinita complejidad de la historia, que es sustituida por un relato maniqueo que manipula y tergiversa. Por supuesto, recordar es elegir. Y elegir la recordación mitificada de unas víctimas es suprimir los hechos de una historia que habla de guerra civil y que enseña que en nuestro país se anuló la distancia que debe haber entre la diferencia de opiniones y la lucha sangrienta. Es no querer recordarlo todo, es no querer saber ni que se sepa.

La memoria es un modo de organizar el olvido: cuando se fija la mirada en un recuerdo es para dejar de lado otro recuerdo, el de las otras víctimas, aquellas que no pueden ser nombradas porque en sus nombres resuenan los ecos de asesinatos de los que no se quiere hablar. Nombrarlas, incluirlas en la cuenta de las muertes, como pidió Héctor Leis, obligaría a aceptar que el camino que conducía al cumplimiento de los ideales revolucionarios de los años setenta estaba siendo pavimentado con cadáveres. Quizá la violencia política de aquellos años fue resultado de las convicciones de quienes la ejercieron; quizás obedeció a los valores con que se la justificaba y no a oscuras ambiciones de poder o a perversas pulsiones homicidas. Probablemente, en muchos casos ésas fueron las razones, aunque en otros, indudablemente, no lo fueron. No se debe juzgar el pasado como si fuera parte de nuestro presente; pero desconocer hoy la abominación del homicidio ocurrido entre nosotros, aun cuando se haya cometido -¡sobre todo cuando se ha cometido!- con intenciones supuestamente nobles, es no sólo recurrir a la hipocresía de la autoexculpación sino también consagrar la violencia. Ése parece ser, justamente, el fin último de la política oficial de la memoria: más que recordar, correr un pesado velo sobre el hecho de que en nombre de valores honrosos se cometieron y celebraron crímenes abominables. Al convertir a las víctimas de la represión del Estado en los héroes de la lucha política, absolviéndolas de la responsabilidad que tuvieron en la historia compartida, el discurso oficial de la memoria deja un enunciado vacío y falaz; y, al identificar aquellas víctimas solamente con el ideal de un mundo mejor, omite la fenomenología concreta de sus prácticas: no ya la capacidad -martirológica- de estar dispuestos a morir por esos ideales, sino la voluntad -homicida- de matar por ellos.

La política de la memoria se ha convertido, para utilizar la triste y bella expresión de Nicole Loraux, en el sitio de goce que proporciona "la cólera de quien no olvida". Memoria peligrosa que pacta con la muerte al festejarla, esta "memoria colectiva" perdura, como escribe David Rieff, "en la cultura del agravio y del resentimiento, y conduce al rencor antes que a la reconciliación y a la venganza antes que al perdón". Una memoria que, paradójicamente, arroja al olvido el hecho incuestionable de que si bien hay jerarquías de crímenes, no por ello se puede aceptar, como afirma Paul Ricoeur, que haya jerarquías de víctimas.

Esa política ha sido parte de una estrategia facciosa para poner la memoria al servicio del olvido, apropiándosela como si fuera un objeto que pertenece al Gobierno y al poder. Y ha sido, también, una estrategia para alejar la verdad. No sólo la verdad de los hechos -la respuesta a la pregunta: "quién hizo qué"-, sino la idea misma de verdad, ese concepto -la verdad- que es el más intolerable y aborrecible para un grupo que -de las estadísticas públicas a la autobiografía de sus líderes- construyó y conserva su poder en y por la mentira. Los nuevos guardianes de los recuerdos colectivos afirman que rememorar, traer cotidianamente el recuerdo a la conciencia, es un acto de justicia contra el olvido. Pero lo opuesto del olvido, como sabían los griegos, no es el recuerdo: lo opuesto del olvido, Lethé, es la verdad, Alethéia. Hay olvido donde no hay verdad, donde la historia es sustituida por recuerdos que configuran la identidad psicológica de un grupo que comparte el relato, donde esos recuerdos carecen de precisión histórica y de hondura analítica, donde se cumple la gran exigencia que la memoria colectiva impone para existir: que no se la confronte con los hechos. Hay olvido donde el relato de la memoria aspira a la exaltación del sufrimiento propio y de los propios, a la celebración de lo irrecuperable, a la glorificación de un pasado de supuesto sacrificio compartido. "El sufrimiento en común -escribió Renan- une más que la felicidad en común." Así, el olvido provocado por la falta de verdad, por faltar a la verdad, expresa una vez más el carácter radicalmente antipolítico del kirchnerismo, ese movimiento que construye una identidad facciosa a través de un sentimiento compartido entre algunos, y no a través de las palabras, que son el instrumento privilegiado de la política. Y exhibe, también, el profundo desapego a la justicia, cuyo principio no es la sanción penal -resultado de un juicio que es, a su vez, continuación del conflicto- sino la verdad. Alimentada por el recuerdo del dolor, convertida en signo de identidad de un grupo, la memoria colectiva lleva casi inexorablemente a la venganza.

Lo más perverso es que esta política de la memoria no es, con todo, más que un síntoma. Es el síntoma del gran miedo que padece el kirchnerismo: el miedo, pánico, que siente ante el futuro. Los kirchneristas están persuadidos de que el futuro sólo existe para cumplir las fantasías del pasado. De un pasado hecho de imágenes congeladas, de fotografías en sepia de los años cuarenta, de instantes cristalizados de los años setenta, de ideas viejas, de muertos heroicos, de sangre seca, de melancolía. Para ellos, sólo es posible merecer la vida cuando se está muerto. Es hora de decir, con Nicole Loraux, que "la memoria de las desgracias es memoria del odio." De decir que es hora de terminar, hora de perdonar y de saber que quien no perdona enseña sobre todo una falta absoluta de disposición para pedir perdón; hora de aceptar que el peor adversario de la política es la cólera, que político es quien sabe olvidar, que sólo hay política donde hay también olvido. En la Ilíada, Homero hizo que Aquiles lo dijera: "Dejemos en paz el pasado por mucho que nos aflija. Yo ya depongo mi ira; no debo mantener para siempre un furor obstinado".

Hay malas maneras de salir del pasado, así como hay buenas maneras de salir del pasado. No hay, no habrá nunca, buenas maneras de vivir en el pasado: cuando se niega a olvidar, la memoria hace un pacto con la muerte porque todo, incluso el duelo, debe concluir.