jueves, 10 de diciembre de 2020

ANTÍGONA, EL ODIO Y EL AMOR EN TUCUMÁN

09/12/2020                                                                                        

Por Mauricio Ortín

Miembro del Centro de Estudios Salta

Antígona, una lección de dignidad y rebeldía ante los abusos del poder

La hora es incierta. La bruma se confunde con el humo de fogatas que se extinguen. Heridos que se lamentan. Soldados que recogen a sus camaradas muertos. El ejército argivo ya se ha retirado. La batalla llegó a su fin cuando los hijos varones de Edipo, Eteocles y Polinices, en lucha por el poder, mutuamente se dieron muerte en una de las puertas de la ciudad. El primero, defendiendo el trono que ya no le correspondía por el pacto de alternancia suscripto con el segundo; éste, reclamando su derecho más sirviéndose en su afán de un ejército enemigo. Muertos los aspirantes, el trono queda vacante. La sucesión recae en Creonte, el tío de los fratricidas. Frente al palacio de Tebas una mujer aparece en escena. Es Antígona, hija también de Edipo y Yocasta. Al igual que sus hermanos y padres, lleva la desgracia en la sangre. Parece buscar a alguien. Allí está Ismene, la menor de la familia. Llama a su hermana y le cuenta la mala nueva: Creonte ha emitido un bando según el cual, a Eteocles, que ha muerto defendiendo la ciudad, se le rendirán honras fúnebres. No así a Polinices; quién por morir atacándola se le dejará a la intemperie para que sea pasto de buitres y perros. La orden debe cumplirse so pena de muerte. Antígona solicita a Ismene su participación para que juntas, desconociendo la ley, rindan honras fúnebres a Polinices. No hacerlo, implicaría que el alma del muerto, condenada a vagar por la tierra eternamente, nunca tendría paz. Ismene, temerosa por la suerte ambas, vacila. Antígona ahora está sola en su empresa.
Antígona dando el entierro a Polinices - Sébastien Norblin (1825)

Pasan las horas. Un guardia, aterrorizado de padecer la suerte del mensajero que trae malas nuevas, llega al palacio e informa a Creonte que alguien, desconociendo su autoridad, ha estado realizando ritos fúnebres sobre el cadáver de Polinices. El tirano entra en cólera y exige se atrape al responsable. Antígona es llevada ante Creonte. Orgullosa confiesa su responsabilidad de no cumplir con la ley del estado en virtud de una ley superior de los dioses; esa que concilia la razón con la piedad. Creonte insiste en que debe maldecir a un hermano y reverenciar al otro. Ella, que ama a ambos, contesta: “No he nacido para el odio sino para el amor” (textual). Se trata también de una cuestión de gobernabilidad. Hemón, hijo de Creonte y prometido de Antígona, pide a al padre clemencia para su amada. El tirano sostiene que el orden de la ciudad se sostiene en el cumplimiento de la ley. El desenlace llega. Antígona muere. Desquiciado de dolor, Hemón se tira contra su espada. Eurídice, esposa de Creonte, al enterarse del destino sufrido por su hijo se quita la vida. Creonte, tarde y trémulo de pavor, toma conciencia de sus actos.

Sófocles

Hace dos mil quinientos años Sófocles escribió y representó  “Antígona. La democracia griega se valía del teatro para la educación cívica de sus ciudadanos. Las representaciones trágicas en la polis ateniense trascendían lo específicamente estético. Sirviéndose del arte y la tradición operaban como una suerte de cátedra de educación cívica que enseñaba a los ciudadanos los riesgos de la desmesura y la virtud de la prudencia en los gobernantes. De allí que Aristóteles acuñara ese aforismo de que “la poesía es más filosófica que la historia”. Ello porque la historia narra lo que ha sucedido y la poesía cuenta lo que puede suceder; es decir, nos ilumina acerca de lo universal en el obrar humano.


La cita de Antígona en la presente nota no es ociosa. El primero de diciembre próximo pasado se realizó en la provincia de Tucumán un homenaje al Capitán Humberto Viola. Muerto en un atentado cobarde y salvaje que se cobró la vida de su hija de tres años María Cristina y graves heridas a María Fernanda, su otra hija. Todo frente a la mirada atónita de Maby Picón, esposa y madre. Pasaron más de cuarenta años de ese luctuoso hecho. Gobernaba entonces, tanto en dicha provincia como en la nación, el partido Justicialista. Los asesinatos del Capitán y su hija comportaron un claro acto de terrorismo contra sendos gobiernos. Sin embargo, ningún funcionario provincial o nacional de dicho partido tuvo el mínimo decoro de asistir al acto de homenaje. Ni el gobernador Juan Luis Manzur, ni el presidente Alberto Fernández, ni nadie del partido Justicialista dijo nada al respecto. Y no es que, consternados por la muerte de Maradona, se les pasó homenajear al Cap. Viola y su hija.  De que no se olvidaron lo prueba el hecho de que, el ministro de Defensa de la Nación, Agustín Rossi, prohibió a los integrantes de las Fuerzas Armadas asistir o realizar la mínima evocación de esa masacre. El intendente de Yerba Buena, Mariano Campero, algunos concejales de dicha localidad y el diputado provincial Ricardo Bussi fueron los únicos funcionarios presentes en el acto.

Yerba Buena: Homenaje al Capitán Humberto Viola y a su hija María Cristina, quienes fueron asesinados por el ERP

La prudencia indica que no se debe jugar con cosas que no tienen repuesto. Prohibir a militares que homenajeen a sus camaradas muertos es un acto demencial que estos deberían repudiar. Pero en la Argentina, para los jueces, fiscales, periodistas y políticos, que manda es la política, instalada por el kirchnerismo y la izquierda a todo el país, de “venganza infinita”[1] (también conocida como: política de derechos humanos). “Política” esta que, más propia de Creonte que de Antígona, “ha nacido para el odio y no para el amor”

NOTA: Las imágenes, referencia, enlace y destacados no corresponden a la nota original.



[1] Se recomienda ver el documental “Será Venganza!”.

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