jueves, 14 de abril de 2011

¿Quo vadis, Universidad?

Por Pilar Rahola
La Nación - Miércoles 13 de abril de 2011

¿Qué le ocurre a nuestras Universidades? ¿Aún son el templo de la inteligencia, o se han convertido en un conspicuo reducto de la imbecilidad ilustrada? Y perdonen el supuesto oxímoron de estos dos substantivos, pero sabemos desde que el mundo es mundo que tener un título universitario y haber leído cuatro libros, no significa tener una cabeza bien amueblada. Muy al contrario, la historia está llena de grandes letrados que han construido edificios intelectuales que se caían con el movimiento de un simple naipe.
Este no es un artículo de historia, pero si hacemos un breve repaso de algunos grandes nombres, cuya categoría intelectual no les impidió tener una baja categoría ideológica (e incluso moral), la lista da miedo. Premios Nobel que han defendido a brutales dictadores de izquierdas, líderes de opinión que hace dos días daban la mano a Gadaffi, líderes sociales que se paseaban por Irán como si fuera el paraíso de la libertad, y por el camino de la confusión de conceptos, intelectuales, periodistas, escritores, políticos y el tutti quantti de la izquierda más ruidosa aplaudiendo las locuras de Chávez. Muchos de ellos, gentes de universidad, cuyas lecturas no han sido aprovechadas para la claridad del pensamiento.

¿Qué le ocurre a la izquierda? Y, por ende, ¿qué le ocurre a esa izquierda enquistada en los púlpitos universitarios, convertida en gurú de ideas caducas, cuyo romanticismo revolucionario es tan kitsch como irresponsable?

Profesores, catedráticos, líderes estudiantiles contaminan cerebros juveniles ávidos de ideas románticas. Por supuesto que la Universidad debe ser el territorio natural del pensamiento crítico. Y por supuesto que debe caminar vis a vis con las ideas de progreso. Pero no hablo de pensamiento crítico, ni de progreso. Muy al contrario, hablo de lobos dogmáticos que venden ideas reaccionarias, disfrazados de corderos progresistas. Hablo del pensamiento inverso, de la izquierda lunática, de esa izquierda que algún día tendrá que dar explicaciones a la historia por haber traicionado los valores de la libertad.

El artículo parte, por supuesto, del último ejemplo de esta inversión de valores: el premio que la Universidad de la Plata ha otorgado recientemente a Hugo Chávez. Según el veredicto, premian a Chávez por su defensa a favor de la libertad de expresión, y ante la noticia, una no sabe si se trata de una broma al estilo de las que gastaba Hitchcock con la invasión de los marcianos, si se tomaron unas copas y el veredicto fue al final de la fiesta o si les gusta tomar el pelo al personal porque se aburren en las aulas. ¡Premio libertad de expresión a este autarca que ha cerrado medios de comunicación, persigue a disidentes, a opositores y a periodistas, que ha pervertido las reglas de juego democráticas y que aspira a ser el pequeño Napoleón de

Latinoamérica! ¿Cómo se puede traicionar tan alegremente la definición básica de la palabra "libertad"?

Se puede, y ahí está la Universidad de la Plata para demostrarlo. Sugiero, para continuar la broma, que el año próximo le den el mismo premio a Mahmoud Ahmadinejad. Es un buen amigo de Chávez…

La cuestión, sin embargo, deja de ser una broma cuando la alucinante anécdota de este premio se convierte en la categoría de una forma de hacer y pensar que, en nombre de las libertades, el progresismo y la revolución, esconde un gran edificio de pensamiento totalitario. Seamos claros. La extrema izquierda es a

la libertad lo mismo que la extrema derecha: su enemigo. Y la diferencia entre militar en un grupo de skin heads con el cerebro lleno de vacuidad intolerante, y hacerlo en un grupo de extrema izquierda lleno de dogmas de fe que justifican atrocidades, abusos y dictaduras, es la misma diferencia que hay entre una manzana y una poma, que en mi lengua, el catalán, significa una manzana: es decir, ninguna.

Quizás hay que empezar a hablar claro. Ni todos los que hablan de libertad, aman la libertad, ni todos los que se erigen en líderes sociales presentan valores éticos, ni todos los políticos que aseguran defender al pueblo, son de fiar.

A diferencia de la derecha, que es estigmatizada cuando pisa los territorios perversos del extremismo y se convierte en un monstruo, la izquierda goza de mucha más impunidad y atraviesa y pisotea esa delicada frontera de valores sin que nadie la envíe al infierno. Aún hoy los grandes dictadores de izquierdas son venerados en los pósters de nuestros jóvenes gracias al buen hacer de los caducos revolucionarios de antaño. Cuyas barbaridades, por cierto, sembraron de cadáveres las tierras del mundo. ¿O solo mataron los Pinochet y los Videla? ¿O no mataron los Castro y los Stalin? ¿O eran héroes los tipos que tomaban una pistola, se paseaban por una calle de Buenos Aires y disparaban al primer pobre policía que encontraban, quizás un joven emigrante de tierras pobres, con un sueldo de nada y un miedo de todo, y lo mataban en nombre de su causa impuesta a fuego?

Perdonen la insolencia pero entre un dictador y un terrorista no encuentro otra diferencia que la que propia de las dos caras de la moneda. Eso lo aprendimos hace tiempo en España, con ETA. Pero decirlo en Argentina es extraño, porque ustedes aún no han hecho los deberes con la memoria trágica del terrorismo. Solo lloran a un lado de las víctimas. Las otras, desgraciadamente, son ninguneadas, despreciadas y olvidadas. Como si aquellos que tomaron pistolas, mataron personas y querían imponer una dictadura comunista, fueran libertadores… Como si las víctimas fueran culpables de su asesinato. ¡¡Qué inversión de valores, asesinar impunemente en nombre de la libertad de los pueblos!

De eso hablamos, de eso, de una civilización basada en la Carta de Derechos Humanos y que si ha sido violentada y pisoteada en nombre del fascismo, tambien lo ha sido en nombre de la izquierda reaccionaria. De ahí que el premio de la Universidad de la Plata sea más trágico que cómico. Y no porque no provoque una hilaridad cósmica, sino porque es la punta del iceberg del pensamiento inverso. Ese que dice defender el progreso, y avala a los peores reaccionarios de izquierdas. Ese que dice defender la opinión libre, y premia a los que imponen dogmas, consignas y pensamiento único. Ese que dice amar la libertad, y la traiciona con diurnidad y alevosía. ¿Quo vadis, Universidad? Hacia dónde va no lo sé, pero desde luego a menudo no circula ni por los caminos del compromiso moral, ni por los senderos de la inteligencia.

Pilar Rahola, la autora recibió el premio Derechos Humanos, 2011 de UN Watch

martes, 12 de abril de 2011

Carta Abierta a los dirigentes políticos firmantes del documento “en defensa de la democracia”


Señores:

Hemos visto el público compromiso -ejemplo de civilidad- que han suscripto ustedes la semana pasada. Sin embargo, creemos necesario hacerles presente que allí ha sido omitido un tema fundamental para la salud de la República, cual es el estricto respeto a la Constitución y a las leyes.

Con profundo estupor nuestra Asociación contempla la diaria degradación del papel que, constitucionalmente, debiera desempeñar la Corte Suprema de Justicia de la Nación como custodio de los derechos de los ciudadanos. No hay República sin una recta justicia.

Tal deterioro en la administración de la justicia se muestra como una lamentable actitud de complicidad del Poder Judicial con el Poder Ejecutivo, que hoy comete los delitos más aberrantes de manera impune y sin cortapisas.

La democracia no es sólo el voto. Implica también el respeto hacia las reglas que permiten que una sociedad funcione; y no es la menor de ellas el reparto de poderes, que hace a la esencia de la convivencia republicana.

Cuando este principio es transgredido, cuando el supremo Tribunal del país, seguido por muchos tribunales inferiores, se hace parte en un proceso de tergiversación y parcialización de la historia impulsado por ideólogos de un proyecto que pretende modificar a la Argentina desde sus raíces y desatar una persecución de odio y de venganza, acontece lo que hoy presenciamos: la desaparición de nuestro sistema jurídico de principios sin los cuales ninguna sociedad civilizada puede subsistir; son ellos el principio de legalidad, irretroactividad de la ley penal, aplicación de la ley penal mas benigna, cosa juzgada, derechos adquiridos, cumplimiento irrestricto del debido proceso.

Como consecuencia de ello hay mil presos políticos y su número crece en forma inquietante. Como agravante se cuentan más de ciento veinte muertos en cautiverio. Son presos políticos por cuanto su encarcelamiento obedeció a una decisión política. Ya no solamente son perseguidos los militares, sino también, como se ha visto, cualquier ciudadano, a designio de la tiranía. Ante la ausencia del principio de legalidad todos los argentinos estamos en libertad condicional.

Así, con la certeza de la complicidad de la Corte Suprema en este modo de impartir ¿Justicia?, nuestros tribunales aplican hoy viles procedimientos a imputados y testigos, despreciando aquellos principios que permitieron que llegaran a nuestras tierras inmigrantes de todos los orígenes, confiados en la imagen de civilización y justicia que la Argentina mostraba al mundo.

Todos compartimos, la terrible sensación de decadencia de nuestra Patria, que ha desaparecido de todos los mapas, producto de la falta de seguridad jurídica imperante. Los argentinos hemos dejado de respetar la ley y, por sobre todo, la palabra empeñada. Nos transformamos en habitantes de una selva en la cual impera la voluntad del más fuerte. Hoy se ha logrado sustituir la vigencia del Código Penal y de  los derechos y garantías contenidos en la Constitución Nacional, por una falsa, difusa y ambigua política de derechos humanos.

Pedimos que piensen en los inmediatos beneficios del regreso de ese esencial instrumento republicano en cuanto a la corrupción, a los contratos, a la verdadera educación pública, a la salud y a la vivienda; en suma, la Argentina volvería a ser la que nunca debió dejar de ser.

Los abogados que integramos nuestra Asociación, personas con diferentes visiones políticas, reclamamos unánimemente a quienes ejercen la máxima magistratura judicial el respeto a la ley y a esos principios básicos que hemos enumerado.

A ustedes les consta que lo dicho es cierto, y como dirigentes, algunos potenciales candidatos a la presidencia de la República, tienen la obligación de bregar por la restitución de un orden justo, como premisa necesaria para alcanzar la concordia entre los argentinos. Deben abordar con coraje y verdadero patriotismo, la reconstrucción de la República. Dios y la Patria lo demandan.

Mariano Gradín           Alberto Solanet
Secretario                    Presidente

jueves, 7 de abril de 2011

Presidente uruguayo sobre la Ley de Caducidad...

La Ley de Caducidad en Uruguay

El nombre completo es Ley Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, el número 15.848, conocida popularmente como "Ley de Impunidad" ya que determina la amnistía de "delitos cometidos hasta el 1 de marzo de 1985 por funcionarios militares y policiales, equiparados y asimilados por móviles políticos o en o lleva ocasión del cumplimiento de sus funciones y en ocasión de acciones ordenadas por los mandos que actuaron durante el período de facto”

Al finalizar la Dictadura, en 1985, comenzaron a pedirse juicio a los represores alcanzando un pico de denuncia y habilitaciones judiciales hacia el fin de 1986. Las primeras audiencias judiciales estaban fijadad para el 22 de diciembre. El gobierno de Julio María Sanguinetti consiguió el apoyo de la mayoría del partido Colorado y del partido Blanco para redactar una ley que dejara fuera del área judicial a los represores y torturadores.

Fue tratada, de urgencia, el fin de semana anterior al lunes 22 de diciembre, aprobándose en la madrugada del domingo 21 en el Senado y en la madrugada del 22 en Diputados.

En 1989, una campaña en contra de la Ley alcanzó las firmas necesarias para un referéndum que pedía la derogación de la Ley. La votación resulto negativa y se mantuvo la mencionada legislación. En 2007 se efectuó el mismo procedimiento para un plebiscito que se realizó en las elecciones nacionales de octubre de 2009. Por poco margen no alcanzó los votos necesarios ya que arrojó un 47.98 % a favor de la derogación.

Recientemente la CIDH (Corte Interamericana de Derechos Humanos) emitió un fallo condenando al Estado uruguayo a "dejar sin efecto" la Ley Nº 15.848, "Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado".

Requerido por los medios, el presidente de la República, José Mujica, dijo que su gobierno hará "lo que pueda" para cumplir con el pedido de la CIDH. Con su habitual forma de dar a conocer su pensamiento Mujica contesto a la pregunta “¿Pero qué puede hacer el gobierno?", respondiendo "Y bueno... Hay que preguntarle a los jueces, qué es lo que pueden investigar. No es sencillo".

Al ampliar la reflexión Mujica dijo que el tema de los derechos humanos "Es infinito lo que falta y siempre faltará” agregando "¿Quién dice que los hombres somos justos? Hacemos justicia hasta donde podemos, pero no somos justos".

En una mirada hacia el pasado, en el que fue participante activo en el Movimiento de los Tupamaros y estuvo en cárcel varios años, comentó que "Toda una muchachada se había forjado como pudo (...) y lucharon como pudieron" durante los años de la dictadura.
Según Mujica "Los seres humanos somos muy vanidosos, se hizo una aureola del sacrificio", pero se debería "quitarle decibeles a ese culto del torturómetro" Avanzó sobre esa línea de reflexión al afirmar que “A mí me tocó perder, quería cambiar el mundo y pagué el precio, pero ¿cuánta gente se comió un garrón?" Para Mujica "siempre se puede avanzar" en la investigación sobre los hechos del pasado.+ (PE)

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La División de los Argentinos


Los doscientos años de historia política de la Argentina están marcados a fuego por la obstinada presencia de antinomias que polarizaron al país y que fueron el origen en muchos casos de las mayores confrontaciones violentas entre argentinos.

La antinomia más fuerte fue “civilización y barbarie”, con la que Domingo Faustino Sarmiento definió su preferencia por los valores y aspiraciones de los hombres de ciudad, el unitarismo, contra las formas de vida "bárbaras" de los habitantes del campaña pastora y el interior, el federalismo.

Los enfrentamientos son parte constituyente de la historia argentina, desde la Primera Junta hasta nuestros días. Hoy día el “poder kirchnerista” parece más interesado en dividir para gobernar, que en resolver las necesidades y problemas de la sociedad en su conjunto.

Así lo demuestra Luis Gregorich en el siguiente artículo publicado en La Nación.

LA DIVISIÓN DE LOS ARGENTINOS
Por Luis Gregorich,   para LA NACION    Martes 05 de abril de 2011

Las pequeñas historias que siguen son auténticas, aunque se han modificado ligeramente algunos de sus contextos y perfiles. Después de frecuentarlas, el lector podrá compararlas con otras de su propia cosecha, igualmente reales.

La primera historia se inicia hace unos meses en un hogar de clase media (tirando a baja) del Gran Buenos Aires. Asistimos a un almuerzo de fin de semana en el que se reúne la familia, en torno de un plato de pastas. Están el padre, la madre y los tres hijos, uno de los cuales es casado y está acompañado por su esposa.

Se habla de política, y la discusión va subiendo de tono. Mientras la madre pide calma para terminar el almuerzo en paz, los dos polemistas más agudos, el padre y el hijo menor (estudiante universitario), no le hacen caso y redoblan sus argumentos. El padre afirma que es un peronista genuino, dice que el gobierno actual está lejos de serlo, que está lleno de montoneros jubilados, y que de la Presidenta se puede esperar poco.

El hijo, elevando la voz, acusa al padre de haberse alejado de los ideales de su juventud, y de que, como tantos otros, se ha convertido en un autómata controlado por los monopolios mediáticos. El padre le responde, gritando, que no va a permitir que le hable así. El hijo, sin decir nada más, se levanta y sale dando un portazo. Desde entonces, no ha vuelto los domingos.

La segunda historia, más bizarra, transcurre en un departamento de Palermo, un ámbito también de clase media (más bien alta), esta vez con dos protagonistas: la madre, una señora muy producida de cerca de 70 años, y el hijo, un médico cuarentón que aborrece la política, pero que sabe que cada visita a su madre lo obligará a internarse en su laberinto. Contra lo que pudiera suponer un fácil esquematismo, aquí la kirchnerista es la madre, y el hijo, el opositor. La madre, con seguridad y convicción, le recuerda al hijo que ella asiste a cursos en la Biblioteca Nacional, que ha tenido oportunidad de conocer a integrantes del grupo Carta Abierta, que la entusiasman sus planteos, y que el hijo no debería criticar lo que no conoce. El hijo, mustio, resignado, balbucea una defensa de la democracia, y por fin, en un rapto de rebelión, proclama que no le interesa conocer a los de Carta Abierta, ni lo piensa hacer. "Vos sos igual que tu padre. No ves más allá de la punta de tu nariz", remata la madre, y da por concluido el debate. Madre e hijo se ven cada vez menos.

En la tercera y última historia, estoy incluido. Me veo sentado en un café de esos clásicos de la calle Corrientes. Frente a mí está un escritor y poeta, bastante conocido y difundido, que es mi amigo (muy amigo, no un poco) desde hace más de cuarenta años. Le tengo un afecto invariable y un respeto por su inteligencia que nada podrá cambiar. Y, sin embargo, está ahí, juzgándome, bajándome línea, preguntándome dónde dejé a mi Marx, a mi Sartre, a mi Fanon, mientras en la Argentina se dirime una disputa entre el campo popular y las fuerzas del privilegio, en la que, pese a todo, el kirchnerismo está del lado correcto. "Y lo peor de todo -dice, definitivo- es que escribís en LA NACION." Me gustaría decirle que escribo donde me aceptan como soy; que desde hace muchos años, soy un modesto reformista, un socialdemócrata que cree en la lenta e imperfecta evolución de la democracia; que no creo para nada en el progresismo del Gobierno; que después de muchos años, valoro a una persona -y más a los amigos- como persona, y no como estandarte político parlante, sea socialista, liberal, radical o peronista, y que envidio la consistencia taxativa de sus ideas. Me gustaría decirle eso, pero, en realidad, me limito a una frase más breve: "Me parece que estás equivocado". Nos quedamos un rato más y nos despedimos. No lo he vuelto a ver.

Historias que llevan consigo la marca de la división. En la familia. Entre amigos. En cualquier compartimiento de la vida social. ¿Acaso se trata de una novedad en la Argentina? ¿Hay elementos suficientes como para asustarse? Vivimos en el país de los eternos enfrentamientos, con la divisa del "o vos, o yo". Unitarios y federales. Radicales y conservadores. Peronistas y antiperonistas (con mutuo desprecio, "peronchos y gorilas"). Militares y civiles. Enemigos futbolísticos, que llegan al extremo de celebrar la derrota de su rival ante un equipo extranjero.

Pasión oscura de la división, anterior al nacionalismo.

Por lo menos la violencia directa ha disminuido, porque éste ha sido también el país de Barranca Yaco, de los fusilamientos de la Patagonia, de Juan Ingalinella, de los bombardeos de Plaza de Mayo, de los explosivos guerrilleros, de los millares de desaparecidos.

Ocurre que, en forma expresa o tácita, todos creemos tener ahora derecho a algo más. El ahora empieza en 1983, el año en que tomamos el compromiso, entre todos, de recorrer el camino de transición hacia la democracia, sin recaídas autoritarias. Sabemos que no somos ni Finlandia ni Canadá. Sabemos que los regímenes democráticos son todavía minoría en el mundo, y que ocupan sólo un pequeño porcentaje de los miles de años de historia humana. Pero, desde 1983, como homenaje para todos los caídos en causas justas, estamos obligados a acercarnos a ese objetivo utópico.

Los buenos pronósticos respecto de octubre, y el alza de su imagen positiva, además del discurso de la conmemoración de Malvinas, parecerían sugerir que la Presidenta se dispone a iniciar una campaña de paz y unidad, acorde con su -hasta ahora- aceitado camino a la reelección. Lamentablemente, todo indica que hechos y prácticas seguirán oponiéndose a las palabras. La Presidenta, aparte de su reiterada actitud desdeñosa hacia quien piensa distinto, debe de ser una de las pocas mandatarias del planeta que jamás se ha dignado invitar a una reunión a los jefes de la oposición. ¿Será capaz de hacerlo? En España, donde hay durísimos cruces entre el presidente del Consejo de Ministros, José Luis Rodríguez Zapatero, y el jefe de la oposición, Mariano Rajoy, ambos se reúnen cuando hay asuntos de Estado que lo requieran. Es cierto que, en la Argentina, la oposición está desmembrada, pero el Gobierno parece complacerse en desocupar un lugar que mañana podrían reclamar los sindicatos y otras corporaciones. Claro que, con estas últimas, la amistad es mayor.

Otra empeñosa combatividad la ejerce la Presidenta, innecesaria y machaconamente, contra el mayor multimedio del país y, en menor medida, contra un par de editoras importantes de medios gráficos. Al mismo tiempo, en otro ensayo de división, intenta crear un imperio de medios propio, con ayuda financiera para amigos y millonarias inversiones publicitarias. La experiencia demuestra que ni en los momentos de mayor popularidad de los gobiernos tienen éxito los operativos contra los grandes medios, que están escudados en sus bien ganadas tradiciones, en su masa de lectores y en sus vínculos con una red de comunicación que traspasa las fronteras. Salvo, por supuesto, que se elija la improbable opción de entrar a hierro y fuego en las redacciones, o su versión menor, los amañados procesos de expropiación judiciales.

Se ha dicho que el pensamiento oficial, por lo menos de lo que podría ser el ala izquierda del Gobierno, se mueve dentro del espacio neo y posmarxista de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, con sus antagonismos y hegemonías viniendo a reemplazar, o a perfeccionar, la teoría de las clases sociales. Este sería el fundamento teórico que sostendría la inevitable división de la sociedad, más allá de la voluntad de quienes la integran. Parece adecuado para Carta Abierta, pero un poco demasiado sofisticado para el núcleo duro del equipo que acompaña a la Presidenta.

Siguiendo la conclusión de nuestras tres historias iniciales, ¿un esquema tajante de la división, que continúa planteando el "nosotros o ellos" en el que las viejas amistades ya no sirven, o la apuesta ideológica del "izquierda o derecha", hoy marchita, pero que todavía conserva una densidad pasional considerable? No hay matices ni escalas intermedias en esta ruta; sólo la certeza de sentirse en posesión de la verdad única, escindido, dividido de los otros por este privilegio. Y cierta violencia psicológica para someter al nuevo aliado.

No hay que engañarse. Se trata de la vieja concepción del poder del peronismo, ahora convertida en doctrina de fe kirchnerista, con módicos aderezos de ideología setentista y un superficial baño de progresismo. El Estado cuenta con muchos recursos para alistar militantes. Los premios son materiales e inmateriales: el contrato y la verdad revelada. Pero la Presidenta debería reflexionar acerca de su sistema de acumulación de poder. Hay motivos para temer lo que podría ocurrir durante su eventual segundo mandato.

Podría ocurrir que la situación económica, agobiada por el gasto público, se desmadrase; podría ocurrir, también, que la inestable alianza que hoy rodea al Gobierno explotara; podrían sobrevenir graves conflictos sociales. Entonces, quizá, la Presidenta se avendría -aunque bien podría hacerlo ya- a condenar la división, a emitir auténticas, comprobables señales de unidad a quienes piensan distinto, para que el diálogo entre padres e hijos, y el reencuentro de los viejos amigos, más allá de sus lícitas diferencias, tengan un buen modelo para imitar. Y que estén, por lo menos, acompañados de gestos de sincera cortesía.

lunes, 4 de abril de 2011

Algo de memoria por favor

Algo de memoria por favor… no se lo pedimos a los más jóvenes, sí a los mayores, ellos son los verdaderos testigos de la época. La Nación estaba siendo acatada por los terroristas en sus cimientos mismos, esos que hoy son también socavados en aras de un progresismo que nadie eligió.

PUBLICADO EN EL DIARIO CRÓNICA EL 09 de enero de 1976

Se efectuó ésta mañana en el Teatro Colón la ceremonia de entrega de sables y espadas a los nuevos subtenientes, guardiamarinas y alféreces, egresados en 1975 del colegio Militar de la Nación , de la Escuela Naval Militar y de la Escuela de Aviación Militar, respectivamente.

Presidió la ceremonia la Señora María Estela Martínez de Perón, que arribó a las 9.30, siendo recibida en el ingreso al teatro por el Ministro de Defensa, Tomás Vottero, y el Intendente Municipal de la ciudad de Buenos Aires, José Embrioni.

En el primer piso, la aguardaron los Comandantes Generales del Ejército, Teniente General Jorge R. Videla; de la Armada , Almirante Emilio E. Massera, y de la Fuerza Aérea , Brigadier Mayor Orlando Agosti, junto al Vicario Castrense, Monseñor Adolfo S. Tortolo.

Una vez ubicadas las autoridades y corrido el telón se ejecutó el Himno Nacional coreado por la concurrencia, y el Vicario Castrense bendijo los sables y espadas.

De inmediato, la presidente de la nación inició la entrega de los sables y espadas y tuvo a su cargo las correspondientes a los becarios de países extranjeros y a los primeros de cada escalafón y promoción de los tres institutos militares.

Así hizo entrega de los del subteniente Edwin A. Donaire Goch, del Ejército del Perú; del subteniente Carlos R. Jara González, de la Fuerza Aérea del Paraguay, y de los argentinos, subteniente Eduardo H. Cundins, guardiamarina José L. Pérez Varela, alférez Omar J. Castillo, subteniente Joaquín G. Villar, guardiamarina Mario J. Lazo, subteniente Germán P. J. Tagni, guardiamarina Julio Stell y alférez Carlos A. Bartolomé.

De inmediato el Ministro de Defensa entregó los sables y espadas de dos de cada uno de los egresados de los institutos y los comandantes generales a seis de cada una de las respectivas fuerzas, para proseguirse con la entrega por parte de otras autoridades militares.

Para leer el discurso completo de la entonces Presidente,
por favor vaya a la página de arriba titulada:
"El Mensaje Presidencial"

miércoles, 30 de marzo de 2011

Elijo, sin olvidar el pasado, mirar adelante

El señor Presidente de la República Oriental del Uruguay, José “Pepe” Mujica, continúa dando “clases de estadista”. Ante un público adicto a los extremos, que con la cara atónita y la sonrisa helada en los rostros, lo escuchó pronunciar un breve discurso, pero muy claro y firme en su contenido.




lunes, 28 de marzo de 2011

¿Se puede o debe enseñar la historia reciente?

El diario La nación publicó un interesante artículo de Raquel San Martín, habla sobre la difícil tarea de enseñar en la escuela la historia reciente de los años setenta. Han pasado 35 años desde el último Golpe de Estado en nuestro país, casi todos los historiadores coinciden que la historia si es escrita inmediatamente después de la guerra lo hacen los vencedores y si es escrita en tiempo desde paz se hace desde el poder. Lo mejor es esperar el paso del tiempo, para que se pueden escuchar otras voces no interesadas en el conflicto y se agreguen pensamientos y ópticas de análisis históricos diferentes, todo ello redundará en beneficio de una mayor objetividad del período histórico en cuestión. Las pasiones están muy cercanas en el tiempo y como dice Raquel San Martín, en una misma aula pueden estar estudiando juntos alumnos de diferentes vivencias de los hechos ocurridos en los años setenta… ellos no son responsables de las acciones de sus padres o abuelos.

Si esa historia se enseña por orden del poder reinante será más parecida a un “lavado de cerebro” que a una enseñanza histórica. Basta con recordar el acto de barbarie de escupitajos de niños haciendo blanco en las fotografías de periodistas, artistas y otras personas el pasado y olvidable 24 de marzo de 2011.

La difícil tarea de enseñar en la escuela la historia reciente

La decisión de llevar a las aulas el debate sobre los años de la dictadura militar y el terrorismo de Estado genera no pocas controversias. Especialistas de diversas universidades hablan del espinoso trabajo de debatir en clase sobre pasados en conflicto, cuando la gestión social de la memoria está en pugna
Raquel San Martín
La Nación

La escuela no está hecha para enseñar el conflicto. Se lleva mal con la controversia, se cree neutral, prefiere dejar la política fuera del aula y homenajear a héroes consagrados por epopeyas lejanas en el tiempo.

Por eso, cuando desde el Estado se le pide a la escuela que incorpore a la última dictadura en los programas de Historia, los docentes enfrentan en el aula un desafío mayúsculo: ¿cómo enseñar una historia que no tiene aún versiones definitivas? ¿Qué hacer si en el curso conviven el familiar de un desaparecido con el de un militar, o alumnos que escuchan en sus casas relatos contrapuestos de lo que sucedió? ¿Dónde poner las propias convicciones cuando se da clase?

Mientras desde el Gobierno se revaloriza la militancia de los 70 como clave de lectura del pasado reciente, y desde el Estado se elaboran materiales escolares acordes, en las aulas se ponen en escena, como en pocos ámbitos, las luchas por la memoria que la sociedad no termina de saldar y las dificultades de transmitir a las generaciones que no la vivieron una tragedia colectiva aún abierta. El tema de la dictadura en el aula enfrenta a adultos, que en algunos casos vivieron de cerca lo que deben enseñar, con adolescentes para quienes esos hechos pueden ser tan lejanos como la Revolución de Mayo. O no, o tan cercanos como cuando se trata de una experiencia que impactó en la vida familiar. En todo caso, la dictadura como tema escolar demuestra que las directivas oficiales a veces no ayudan a los docentes a enfrentar la vida real del aula.

"La enseñanza de la historia reciente interfiere con el deber de la memoria que se le ha puesto a la escuela. Hay un imperativo ético de recordar en la escuela pero hay que diferenciarlo de la disciplina histórica. En la clase de Historia no se recuerda, se reconstruye", dice Miriam Kriger, doctora en Ciencias Sociales, investigadora y directora hoy de un curso de posgrado en el Caicyt, dirigido a educadores, en el que se estudia, precisamente, el abordaje escolar de pasados en conflicto. "El esfuerzo de un docente de historia reciente es correrse del deber de la memoria y colocarse en la historia".

La última dictadura entró oficialmente en los programas de estudio del país con la ley federal de educación, en 1993, aunque ya estaba presente antes por iniciativas personales de algunos profesores. En 2006, con la ley nacional de educación hoy vigente, adquirió una centralidad especial, a tono con la política de derechos humanos de los gobiernos kirchneristas. Entre esos años, en los documentos pedagógicos se pasó del "Proceso de Reorganización Nacional" al "terrorismo de Estado". Sin embargo, la revalorización estatal del tema no allanó las dificultades.

Hablar de historia reciente en la escuela, se supone, es fundamental para formar ciudadanos comprometidos con la democracia. Ese es el consenso actual sobre el tema, sobre todo desde las autoridades educativas, y en general, los profesores o coinciden o no expresan abiertamente un desacuerdo.

Hay varios problemas con enseñar historia reciente en la escuela. Su carácter actual y controvertido, su condición abierta son algunos de ellos. "La posibilidad de historizar el pasado cercano es una discusión incluso dentro de la disciplina. La escuela tiene cierta 'alergia a la actualidad', porque lo actual es el reino de las pasiones y la escuela inculca datos que están fuera de discusión", dice María Paula González, historiadora, docente e investigadora de Universidad Nacional de General Sarmiento y del Conicet, especializada en didáctica de la historia reciente. "Además, las memorias en conflicto resuenan y la escuela no está acostumbrada a esas controversias. Se mueve más cómoda con el pasado lejano, no con temas que están en la agenda pública", explica. La naturaleza traumática de este pasado cercano suma dificultades -es una historia sin héroes, sólo hay víctimas y victimarios-, además de la cuestión ética que obliga a los docentes a posicionarse, más o menos explícitamente.

La escuela fue creada para construir y transmitir una idea de nación y por eso conmemora mejor de lo que discute. "El motor de la historia es el conflicto, y el mayor sesgo de las historias escolares es evitarlo -reflexiona Kriger- . La enseñanza de la historia reciente actualiza el conflicto, porque la gestión social de la memoria está en plena pugna."

La historia reciente duele todavía hoy, y lo hace de manera particular para cada sociedad. "Una dificultad de enseñar historia reciente es la tensión entre explicar las cosas y juzgarlas. Una historia cargada de frustración como la historia reciente tiene ese tono que dificulta la explicación. Explicar exige tomar distancia, no suspender el juicio, sino administrarlo", dice el sociólogo e historiador Marcos Novaro. "La costumbre argentina de adoptar un tono de autoconmiseración agrega problemas. Se transmite que la Argentina es un país al que se le han frustrado oportunidades. Esa propensión al tono decadentista establece con los jóvenes un pacto de lectura bastante perverso. Para los adultos, es tentador interpelarlos diciendo que las generaciones anteriores les dejaron esa carga, como incentivo para echar la culpa a otros", afirmó.

A pesar de los documentos oficiales con sugerencias -que elaboran los programas "Educación y memoria" de los ministerios de Educación nacional y porteño-, cada profesor termina decidiendo en soledad si toca el tema o "no llega con el programa"; si se apega al discurso oficial o da lugar a otras voces. Para eso, debe considerar la edad de sus alumnos, los padres que piden "otras campanas", los directivos que reclaman moderación y sus propias convicciones. Las estrategias van desde llevar invitados para que cuenten su experiencia o analizar los medios de la época hasta detener la materia justo antes de 1976. Muchas voces recomiendan mostrar las diferentes miradas sobre la dictadura, pero eso tiene sus dificultades.

"Hay dos extremos riesgosos en el aula. Por un lado, los contenidos se pueden esquematizar y vaciar de sentido, y sólo decir que no hay que repetir lo que pasó. Pero por otro, no es fácil abrir la bolsa del pasado y mostrar abanicos de memorias en conflicto. Muchas veces no hay elementos para cerrar esas disputas, y para el docente no es fácil saldar esa discusión", explica Marina Franco, investigadora y docente del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam).

"No comparto eso de plantear todos los enfoques posibles. Es mejor para un adolescente que le hablen desde una posición y no desde una supuesta neutralidad", diferencia el historiador Luis Alberto Romero.

Avatares políticos
Muchos historiadores coinciden en que existe un "piso histórico" que no puede discutirse, que es también la postura oficial en los documentos pedagógicos. "Hubo asesinatos generalizados por parte de los militares en el gobierno, con complicidad civil. Ese es un piso de responsabilidad histórica y de discusión inamovible, establecido por la Conadep y las investigaciones de la Justicia. A partir de allí se puede complejizar la discusión", dice Franco.

Sin embargo, otros sostienen que ni siquiera la Justicia está exenta de los avatares políticos, y que ese "piso histórico" deja afuera las causas de la dictadura y no suma al escenario la actuación de las organizaciones armadas, por ejemplo.

"Como ciudadano adhiero a ese consenso. Como historiador no, porque una verdad judicial es distinta de la verdad histórica, más compleja y matizada. El historiador no sólo se pregunta quién es culpable sino que quiere saber por qué", aseguró Romero. "Creo que ese consenso básico, que suena tan justo y correcto, frena el conocimiento y paraliza el juicio. La explicación de lo que sucedió parte de la comparación de los crímenes horrendos de la dictadura con otros crímenes quizá menos horrendos si hubiera una escala, pero igualmente criminales. Como historiador y ciudadano necesito saber cómo la sociedad argentina naturalizó el asesinato por razones políticas".

La escuela tampoco puede escapar de las narrativas que socialmente se imponen sobre el pasado. Desde 1983, se sucedió el discurso del "Nunca Más", de la "guerra sucia", de "los dos demonios", de la "reconciliación nacional", la actual "memoria completa", que reivindica a las víctimas de la subversión. En los materiales escolares oficiales, y en el discurso del Gobierno, predomina hoy la revalorización de la militancia. "La idea de usar el aparato educativo para fortalecer un supuesto consenso kirchnerista no ayuda. Creo que ese discurso cala poco en la juventud y que los docentes están abiertos a escuchar otras cosas", puntualiza Novaro.

Hay quienes, en ese sentido, alertan sobre abusar de la memoria. "En las escuelas se trabaja mucho sobre la idea de democracia versus golpes de Estado, pero no tanto sobre las causas de la dictadura", dice González. Cuando el pasado no tiene respuestas definitivas, la escuela es un espacio en el que se puede, al menos, mejorar las preguntas.