lunes, 24 de diciembre de 2012

REGULACIONES PARA SILENCIAR

En la Cumbre de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, Argentina suscribió un acuerdo que, según sus detractores, abriría las puertas a una supervisión gubernamental más marcada de la web.

Polémica en Dubai. La reunión de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, que duró casi dos semanas, tuvo el 14/12(2012
su última jornada. /AFP

El artículo más controversial del tratado firmado durante la conferencia de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), realizada en Dubai entre el 3 y el 14 de diciembre, reza: "Los Estados Miembros deben tomar las medidas necesarias para evitar la propagación de comunicaciones masivas no solicitadas y minimizar sus efectos en los servicios internacionales de telecomunicación. Se alienta a los Estados Miembros a cooperar en ese sentido".

La Argentina suscribió el tratado, aunque con reservas, y señaló que mantiene "el derecho a adoptar toda medida que considere necesaria" en caso de que los demás países no cumplan con lo acordado o si "las reservas expresadas por otros Estados Miembro afecten los servicios de telecomunicación internacional de la República Argentina".

El ensañamiento contra los medios de comunicación, el hostigamiento a periodistas que piensan diferente y a todo lo que suene discordante con el poder de turno, parece la característica central de este tiempo.

Prueba de todo ello es:

  • El ensañamiento con Clarín a través de la Ley de Medios.
  • El proceso iniciado, sin prisión preventiva, por la jueza federal de San Isidro Sandra Arroyo Salgado, a periodistas acusados  en el marco de una causa por espionaje. Entre los nombres se destacan el de Carlos Pagni, columnista del diario La Nación, Juan Bautista Tata Yofre –ex funcionario menemista, historiador y escritor independiente–, Héctor Guillermo Roberto Alderete –titular del sitio SEPRIN–, Edgar Walter Mainhard –del sitio urgente24.com– y Roberto Ángel García, columnista de PERFIL.
  • Las denuncias civiles por "daños y perjuicios" realizadas por el titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos Ricardo Echegaray en causas diferentes contra los periodistas Matías Longoni, del diario Clarín, y Luis Majul, de Radio La Red y América TV.
  • El reciente despido de Radio 10, del periodista Marcelo Longobardi, quien ya había sufrido la censura en su programa en -el ahora paraestatal canal de cable- C5N,

El fin de semana se conoció que Marcelo Longobardi no iba a continuar al frente de Cada Mañana, el ciclo de Radio 10 con el que se convirtió en líder de la franja de 6 a 9 horas, por decisión de las autoridades del Grupo Indalo, quienes le comunicaron que no iba a seguir formando parte de la programación de la emisora.

Asumir algunas cuestiones como indiscutibles, puede ser un grave error. La nota que nos envía su autor, Alberto Medina Méndez, propone ese debate, desde una mirada con posición tomada. Su idea es que sirva para discutir, para poder establecer una mirada y aportar argumentos que sostengan esa visión. El autor espera que sirva de utilidad para un dialogo civilizado, para difundir y comentar.

Solo acotamos que la “libertad de expresión” en nuestro país se encuentra seriamente amenazada y desde hace mucho tiempo. Repetiremos hasta el cansancio la frase del maestro sin par. Domingo Faustino Sarmiento: “Bárbaros… las ideas no se matan”.


Sinceramente,

Pacificación Nacional Definitiva
Por una Nueva Década en Paz y para Siempre


Regulaciones para silenciar.

Una corriente incontenible viene creciendo en buena parte del mundo. A medida que la política se deforma, envicia y corrompe, buena parte de su esmero apunta a evitar críticas, o al menos en esta etapa, minimizarlas.


En esa línea de acción pretenden controlar el contenido de lo que se expresa en los medios de comunicación. Ya los han elegido como el nuevo blanco de la política. Muchos esfuerzos están puestos allí, de modo sutil algunas veces o de una forma más burda en tantos otros casos.


La trillada estrategia de controlarlo todo, de normar cada centímetro de una actividad para encorsetarla, es la modalidad elegida. Las naciones vienen avanzando en esto de asumir el manejo integral de los contenidos.

Las excusas que se utilizan para darle cierta moralidad a la decisión son múltiples. Muchas de ellas suenan sensatas y hasta parecen atractivas, pero esconden en realidad perversas intenciones más básicas y elementales.

Conceptos genéricos, pero también ambiguos, como la verdad, la objetividad y hasta cierta pretendida calidad de los contenidos, ayudan a instalar la idea de que hay que alentar normas que permitan acotar el margen de maniobra de los que manejan los medios de comunicación.


Los más osados se animan a afirmar que las regulaciones contribuyen a la favorecer el pluralismo, aunque demuestran a diario que solo replican voces idénticas, que dicen lo mismo, desde diferentes espacios y lugares.

Inclusive van más allá, asignándole un rol de “servicio público” a quienes ejercen periodismo, para colocarlos en la jurisdicción del control, y al convertirse en cosa pública, sean sujeto directo de las regulaciones.


La política avanza en este sentido, con cierta complicidad de una sociedad, algo hipócrita a veces. Lo hace por interés propio, porque cree que controlar los medios, le permite manejar el relato, le posibilita instalar una verdad subjetiva de modo masivo y que ese dominio le garantiza permanencia.

En ese esquema, el poder, pivotea entre la idea de regular los medios, que tiene aprobación social, y su necesidad política que le resulta funcional. Pretender que la política deje de intentar su camino de regular a los medios es una aspiración desmedida. Lo harán, y lo seguirán intentando. Precisan acallar a las voces diferentes, silenciar a los periodistas que pueden denuncian hechos de corrupción, y enmudecer a cualquiera que se anime.


Ya no tienen plafón político, para encarcelar personas por su pensamiento, ni torturarlos o quitarles la vida. En estos tiempos, esa estrategia es inadmisible por su inviabilidad política. Por eso eligen este camino, más sutil, aparentemente más amable, pero que busca los mismos fines.

Lo que es difícil comprender es como la gente apoya este tipo de decisiones normativas. Atenta contra su única posibilidad de ponerle limites al poder, de evitar los abusos, la concentración del poder estatal.

En momentos como estos, en los que la republica está jaqueada, y su división de poderes cuestionada, el contrapoder por excelencia, es el de los medios de comunicación, el periodismo y la prensa.


Ahogar esa posibilidad, es casi suicida en términos sociales. Acallar las voces es la peor idea. El disfraz que proponen las regulaciones, combatiendo supuestas posiciones dominantes o configuraciones monopólicas, resulta atractivo para muchos porque suena convincente esto de favorecer a los más pequeños y perjudicar a los aparentemente grandes.

A los monopolios, a los que parecen dominar la escena, se les da la batalla en el mercado, con mejor programación o contenidos más inteligentes, es decir compitiendo con ellos y ganándole en el terreno adecuado. No existe monopolio invencible en esos términos, en todo caso existen mejores y peores medios, periodistas más serios y creíbles, y de los otros, esos que trabajan para el discurso oficial, solo porque reciben una paga a cambio.

Por eso resulta especialmente extraño, que en este contexto, algunos periodistas, digan estar de acuerdo con estas leyes, siendo que son la negación de la libertad de expresión. En esa lista de comunicadores, aparecen quienes adhieren a estos intentos regulatorios, por cierta actitud culpógena con su visión ideológica pasada, cuando no por la compensación económica que implica fijar públicamente esa posición.

Las normas que regulan la actividad periodística, no tienen sentido alguno. Si existe alguna actividad que no precisa regulaciones, es esta, porque hacerlo, implica limitar la libertad de expresión.


Es difícil hallar algún aspecto positivo en este tipo de legislación, no solo en nuestros países, sino en cualquier lugar del mundo. Recorriendo las normas, no se encuentra párrafo alguno que tenga sentido y que merezca ser escrito, menos aun votado masivamente por legisladores oficialistas y de los otros, que siguen creyendo en esta visión de ponerle limite a todos.

Más allá de que muchos de los ingenuos defensores de estas normativas, ciudadanos desprevenidos en su gran mayoría, jamás leyeron el texto jurídico y solo repiten consignas ajenas, elaboradas por la política y los voceros propagandísticos del gobierno, lo cierto es que los impulsa cierta impotencia frente a la libertad. Gente que no tolera el pensamiento diferente, que pretende discurso único, pero no se anima a decirlo abiertamente por cierto pudor democrático.


Si pudieran, si estuviera en sus manos, cerrarían medios, limitarían licencias, impedirían la contratación de ciertos comunicadores. Su cobardía llega hasta allí, ni siquiera se animan a decirlo en público. Parece que aun conservan algo de pudor. No sabemos por cuánto tiempo. Tal vez, muy pronto, intenten dar un paso más y decidan quienes pueden hablar, confirmando esta tendencia, aparentemente irrefrenable, de llevar adelante más regulaciones para silenciar.

Alberto Medina Méndez[1]
skype: amedinamendez
54 – 0379 - 154602694


[1] Alberto Emiliano Medina Méndez nació en Formosa, ciudad capital de la provincia homónima, el domingo 24 de julio de 1966. Sus padres, Emiliano Medina Lareu, nacido el 11 de marzo de 1931 en la ciudad de Buenos Aires y su madre Catalina Méndez, nacida en Corrientes capital, nacida el 6 de noviembre de 1928, se encontraban en Formosa trabajando en aquellos años. Muy pronto, se radicaron en Corrientes donde Catalina tiene a buena parte de su familia de origen.

Hijo único de ese matrimonio, con una niñez feliz y con el privilegio de contar con padres que no solo se brindaron por entero a su educación y formación en valores, sino que además contribuyeron fuertemente a su cultura general. Posibilitaron el desarrollo un espíritu libre, alejado de las ataduras ideológicas, con amplitud de criterio y formación universal.

La charla cotidiana con los padres, de casi cualquier tema, fue la característica central de su diálogo familiar. Padre periodista, madre educadora, la fórmula casi perfecta, para generar el espacio necesario para la diversidad de ideas.