sábado, 5 de enero de 2013

COMETAS EN EL CIELO… LA INDIGNA AGONÍA POLÍTICA DEL PROTOCORRUPTO


EL INICIO

La esperanza es un gran falsificador.
Baltasar Graciá

Llegó en “olor de santidad”. Si se hubiera animado a enancarse en un burro sus seguidores, tan insólitos y recientes, hubieran alfombrado la Plaza con hojas de palma. En su porfiada fantasía él había urdido la más perfecta de las misturas ecuménicas -madre musulmana, ama de leche judía, católico sin saber por qué y el convencimiento teatral que el Tigre de los Llanos estaba reencarnado en su cuerpo-  como piezas paridas del imaginario de arrabal que cala hondo en los argentinos, donde en un rejunte discepoliano transitan el Gauchito Gil, Perón, Gardel,  la Difunta Correa y la Virgen de Luján.


Seguidores o no, los argentinos querían creer que para superar lo que tan mal había empezado en 1983 Tata Dios volvía a privilegiarnos poniendo a nuestra disposición todo el realismo mágico que abunda en estas comarcas. De nuevo llegaba a nosotros  “luomo del destino”. Solo que, tras sufrir dos guerras y finalmente una inflación galopante, el despelote remanente era para que lo encararan los alemanes y su conducta; no nosotros y nuestra corrupción.


Es cierto que el gobierno anterior –del que él decía venir a rescatarnos- había sido un desastre. Tan desastre que se tuvieron que rajar seis meses antes porque como “no pudieron, no supieron o no quisieron” terminaron hundiendo al País en una letrina que rebalsaba mierda y a la que alguien le había robado la cadena.


Por supuesto que aquellos “próceres” nada tienen que ver con las bandas de facinerosos que hoy saquean la República, ellos solo eran el remedo político de un grupo de boy scouts a los que el guía les birló la brújula. Sin embargo, aunque muchos de ellos eran hombres de gran inteligencia y capacidad se convertían en estúpidos contumaces cuando actuaban en función de partido. Conversión que parece ser la condición sine qua non para que un radical sea Presidente, o al menos candidato y a la que con fanatismo de conversos deben adherir aquellos que los rodean.


Triste Karma que arrastra el centenario partido y que sin quererlo termina golpeando a la República ya que se sienten obligados a dedicar sus energías a santificar a los Golpistas Imbéciles del Parque o a un “Peludo” Esclerótico mientras se empeñan con obstinados esfuerzos en maltratar a los dos mejores Presidentes que la Argentina jamás tuvo: Marcelo T.de Alvear y Arturo Frondizi. Presidentes que, por increíble que sea -y esto sí que merece estar en el récord Guinnes de la necedad- se formaron en ese partido.

Hipólito Yrigoyen (a) el Peludo

Pero bien, él venía a salvarnos de todo aquello que “consumía” el bolsillo de los argentinos, los trenes a pura pérdida, la aerolínea incómoda, el petróleo más caro del mundo, el interior postergado, los aparatos de teléfono a 3.500 U$S la línea, las cajas pan, las FF.AA. ninguneadas por el juicio a las juntas y, ¿por qué no?, también queríamos creer que nos rescataría de las manos de los sindicalistas salvajes que reconstruían, por enésima vez, su imperio de aprietes y prebendas.


LA “GESTA INDIGNA”

Nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos.
Johann Wolfgang Von Goethe

Sean de derecha o izquierda; estén corriendo por su vida en los bosques de Ezeiza o tirando tiros desde el puente 12, los peronistas tienen un concepto en su discurso que unifica sus acciones. Para ellos todo es épico, todo es la carga de los Granaderos en San Lorenzo. Desde su inicio a hoy, sea por una elección en una comarca perdida del sur o una patoteada para apropiarse una empresa, nada puede suceder si detrás no hay una idea de gesta que avale cualquier desmadre. Sus escenografías, que se repiten ad infinitum sean del lado que sean, deben contar con miles de banderas al viento desfilando al compás de los bombos ya que, tramoyistas impenitentes, creen que un acto es un fracaso si no tiene un olor a muchedumbre aunque esto solo sea conseguido a fuerza de choripán y vino.


No sé si toda esta parafernalia son resabios de la marcia sulla Roma” a la que tan afecto era su fundador, pero tampoco es importante. Al fin y al cabo la gestualidad fascista duró diecinueve años mientras que la liturgia peronista ya ha llegado a la tercera edad. Y entonces, ¿Por qué la venta de las joyas de la abuela no iba a ser una gesta?

Ya hemos dicho que todo estaba mal en 1989. Al igual que hoy nada funcionaba medianamente bien, lo cual tiene su lógica pues los radicales creen que solo se puede correr al peronismo siendo más populistas que ellos. Se inclinan a la zurda pero siguen soñando con don Hipólito, lo que al día de hoy ni siquiera es un mérito. Imbricados en este tipo de putadas políticas mucho no pudieron hacer para mejorar el País. Por lo tanto, llegó el hombre con su discurso. Decía lo que muchos pensábamos, nos habían convencido que el negocio era vender  las joyas de la abuela, esas joyas a las que según sus compinches alguien había convertidos sus brillantes en vidrio de botella, y que, más que collares y pulseras eran pesadas cadenas que nos retrotraían a épocas que debíamos olvidar.


Lo que se cuidó de mostrar fue la forma en que iba a empeñar las joyas.

Pero no había inflación, nadie, excepto los sufridos laburantes del conurbano usaban los trenes, las rutas, diseñadas para 1940 se llenaron de camiones, se multiplicaron los accidentes viales, pero a quien le importaba mientras la guadaña no le tocara.


Ahí empezó todo. No es que en épocas pretéritas no hubiera habido magistrales pungas políticos o funcionarios que se olvidaban vueltos y facturas. ¡Claro que los hubo! Pero, comparados con lo que se vino de la “revolución productiva” en más, eran aprendices de pungas. Los que antes eran alquimistas del choreo se estaban convirtiendo en científicos de la rapiña y lenta pero inexorablemente, con el acompañamiento de nuestra cándida estupidez y algo de mozzarella y “champán” –que otros tomaban, no nosotros– nos hicieron creer, a ritmo de cumbia villera, que todo era una fiesta y que por arte de magia y sin escalas estábamos en el primer mundo.


No había más retenciones, Los militares volvieron a desfilar -pero con un presupuesto que era menor al que tenían con Alfonsín- los ferrocarriles no nos sacarían más monedas de nuestros bolsillos; americanos, ingleses o españoles se harían cargo de aerolíneas, YPF y de cuantas cosa les vendiéramos. Los teléfonos andaban, y volvíamos, obscenamente alegres, al “deme dos”. 


Entonces, bien a la argentina, ¿Para qué nos íbamos a tomar el trabajo de saber cómo se financiaba la fiesta?, si hasta lo escuchamos decir que una cosecha nos salvaba. Lo que nunca nos dijo el Facundo reencarnado era que los precios de los commodities estaban deprimidos y que, estando la industria descuajeringada, solo endeudándonos podíamos sostener la fiesta, esa fiesta que creíamos gozar pero a la que mirábamos -“con la ñata contra el vidrio”- de  afuera.


Como en la fiesta no podía faltar la payasada, aprovechó la volada para forjarse como el prócer que estaba uniendo a los argentinos y, ocurrencia desgraciada, dedicó   su neurona de Viejo Vizcacha a pergeñar un indulto masivo donde, metiendo en la misma bolsa a aquellos que habían combatido por la Patria junto a los que a puro fierro la atacaron, llegó a creer que esto le aseguraba el bronce.


Por supuesto que cuando los enjuagues y trapisondas alcanzaron niveles de alta  competencia tampoco nos sentimos preocupados. Menos aún cuando puso a un fulano que ni siquiera hablaba español a manejar la aduana, ni con las valijas de la cuñada y ni siquiera cuando manoseó rastreramente al Ejército condenando a perejiles en el “Caso Carrasco”, clausurando el Servicio Militar y poniendo como jefe a un general que desde subteniente venía empeñado en armarse un “cursus honorum” hábil en sus mentiras y perverso para con sus pares. El que, mendigando el aplauso de aquellos que antaño habían asesinado camaradas a destajo, hizo un acto de contrición donde mandó al frente a soldados que valían infinitamente más que él, sin que jamás aclarase cuanto de responsabilidad tenía en el asunto de “La polaca” cuando estuvo destinado en Paso de los Libres.


Después vinieron suicidios varios, la explosión de Rio III, las armas contrabandeadas a Ecuador y a Croacia, y la frustrada re-reelección pero la fiesta seguía. Al menos los gobernadores, senadores y diputados le respondían y hasta hubo uno de ellos que dijo que él era lo mejor que le había sucedido a la Patagonia desde Fernando de Magallanes. Es historia tan reciente que ni vale la pena explayarse aunque sí debiéramos repensarla, fundamentalmente porque el guía hizo docencia, y si bien hoy pierde y en la comparación con los de hoy ya no es más que un punga de bondi, fue quien enseñó que tener caja es todo.


TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

“...Cuando estés bien en la vía sin rumbo, desesperao.”
Enrique Santos Discépolo

Y hoy que estás en los ochenta y en el debe de la vida, solo una mina raída te pudo tirar una cuerda. Y esto, aunque parezca un parafraseo de los primeros versos de la última estrofa de “El Conventillo”, es la realidad triste ante la cual el otrora aspirante a prócer debe hocicar. No hay realismo político en ser senador luego de haber sido presidente, es solo un reaseguro llamado fueros. Reaseguro que pierde importancia si aquellos académicos del chantaje que pueblan el senado juntan sus votos, lo dejan fuera del senado y le trasladan su silla curul a Marcos Paz.


No, ni siquiera le queda el refugio de su cargo, este no existe por sí mismo, solo tiene entidad en la medida que haga de la obediencia debida su razón de estar en esa silla y que, indigno de toda indignidad, se arrastre ante ella con “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.

JOSE LUIS MILIA

NOTA: Las imágenes y negritas no corresponden a la nota original.