jueves, 25 de septiembre de 2014

A CUARENTA AÑOS DE UNA INFAMIA

por Jacinto Chiclana


Esta historia me la trajo hace unos años un amigo de los de antes, de esos que vivieron la historia verdadera y saben que la que nos vendieron luego, como la mayoría de los relatos escritos con la tinta del poder, contienen mas falsedades que la verdadera esencia de los hechos.

Dice que lo llamaban el hombre de las rosas.

Había comenzado su carrera militar en la Escuela de Servicios de Apoyos de Combate, y egresado como Cabo Primero Mecánico de Comunicaciones.

Pero él quería más y entonces, poco tiempo después, egresaba del Colegio Militar de la Nación como Subteniente de Comunicaciones.

En septiembre de 1974, ya con el grado de Teniente Primero, contaba los días que le faltaban para rendir su examen de ingreso a la Escuela Superior Técnica. Su ambición era ser Ingeniero Militar en Electrónica.

Vivía solo en el Casino de Oficiales del Batallón de Comunicaciones de Comando 121, en la ciudad de Rosario y alternaba sus horas de estudio con el cuidado de las esplendorosas rosas que adornaban el perímetro de la pileta de natación.

Le decían El Ruso, alto, elegante, con facciones que delataban su ascendencia, su pelo y bigotes ligeramente rojos le daban un aspecto varonil que provocaba casi siempre las miradas de las mujeres, aunque aun en los setenta, todavía encasilladas en ciertas limitaciones y pudores que quizás hoy no existen.

Con entusiasmo e ilusión, preparaba las materias del que sería un exigente examen de ingreso, algunas de ellas con el auxilio de profesores y profesoras a las que visitaba varias veces a la semana.

Dice también que no solo era muy respetado por el resto de los oficiales y suboficiales del ya inexistente Batallón, sino que además su trato y jovialidad lo hacían un referente a la hora de pedir un consejo u obtener una ayuda.

Las anchas y espaciosas calles del hermoso cuartel de las esculturas y frisos de Lola Mora, lo veían caminar todas las tardes, cuando terminaban las actividades diarias, hacia su habitación del Casino de Oficiales, repleta de libros de matemática, física, química, y alguna otra materia de las que estaba preparando.

Aquella tarde fatídica, lo vieron cruzar por última vez, la explanada de ingreso al casino.

Poco tiempo después debía concurrir a su clase de matemática en pleno centro de la ciudad de Rosario.

A las 19.50 horas de aquel 25 de septiembre de 1974, las balas asesinas de varios hombres y una mujer, que lo emboscaron cuando se disponía a bajar del auto para cruzar la calle, pusieron triste fin a sus ambiciones y ansias de superación.

A las 19,50 horas de aquel fatídico 25 de septiembre, hace ya cuarenta años, las balas sin nombre de aquellos “jóvenes maravillosos” le destrozaron la cabeza y el pecho.

Dice también, que la mujer del grupo de cobardes asesinos, que fuera la que le tocara el vidrio de la ventanilla del acompañante para llamar su atención, fue la que lo remató fríamente de un tiro en su cabeza.

¿Su culpa? ¿Su estigma?

¡Era Teniente Primero del Ejército Argentino...!

25 de septiembre de 1974.

Gobierno constitucional elegido por la voluntad popular. Es decir un gobierno democrático y legítimo.

Detrás quedaron una hija, una exitosa carrera, sus aspiraciones, sus proyectos y sus tan sólo 35 años.

Muy pocos recordaran su nombre, muy pocos evocarán el color de sus espléndidas rosas que concitaban la admiración de quienes concurrían al hermoso cuartel, del que incluso se llevaron hasta los frisos y las estatuas de mármol de Lola Mora que adornaban sus jardines.

Muy pocos recordarán que durante los años posteriores a su asesinato vil y cobarde, una gran fotografía de él presidía la pared principal del Casino y que este era bautizado con su nombre.

Muy pocos recordarán que fue velado en su hall principal y que sobre su féretro, además de su gorra y su sable de oficial sobre la Bandera Nacional, se destacaba una rosa roja aterciopelada.

Han pasado 40 años.

Él tampoco vio crecer a su hija, ni conoció sus nietos, ni cristalizó sus aspiraciones.

Poco a poco se irán demoliendo los escasos mármoles en los que aun se incrusta su nombre junto a los otros muchos caídos bajo las balas de los “jóvenes maravillosos”.

Cada día que pase, un relator parcial y tendencioso de los que a la larga ganaron la contienda de otra manera, irá minimizando y bastardeando su memoria y eliminado el albur de ser situado del lado de “los muertos buenos” y será condenado nuevamente al formar parte de la olvidada y malquerida lista de los “muertos malos”.

Su nombre, junto con otros muertos malos que ya nadie recuerda, quedará para siempre en la penumbra de los tiempos, hasta ser barrido definitivamente bajo la funcional y vergonzosa alfombra de la frágil memoria de una sociedad bastarda, que recurrió al soldado cuando tuvo miedo, para luego olvidarlo y abandonarlo a su suerte.

¿Él?

Dice mi amigo que solo recibió los cinco balazos y un ascenso post mortem al grado de Capitán y alguna que otra fotografía suya colgada de alguna oscura pared, hasta que sea descubierta por algún interesado en borrar su existencia y sea retirada y depositada sin pompa en algún miserable depósito.

¡Y qué raro!, me cuenta mi amigo que esa noche, cuando lavaban su acribillado cuerpo desnudo sobre una fría chapa de acero en un frío depósito de la morgue judicial de Rosario, la sangre que aun seguía saliendo de sus heridas, también era roja…

Gracias, amigo, por tan conmovedora historia.

Te envidio por haberlo conocido y haber admirado sus rosas.

Y yo… ¡yo te saludo, Capitán Luis Roberto Brzic!


Jacinto Chiclana

Sólo Dios puede saber
la laya fiel de aquel hombre.

Señores, yo estoy cantando
lo que se cifra en el nombre.