viernes, 18 de octubre de 2013

LOS JUICIOS DE LESA HUMANIDAD COMO “ARMA POLÍTICA”

Cualquier parecido con la Argentina… no es pura coincidencia, el esquema del poder para perseguir a quienes le molestan, tiene características similares a las nuestras: los acusan de supuestos crímenes de lesa humanidad ocurridos hace 40 años. Aquí el matrimonio Kirchner usó esa perversidad para ‘aniquilar’ a las Fuerzas Armadas, siguiendo lo establecido en el Foro deSan Pablo, allá el poder lo está usando para desembarazarse de quienes no piensan como él. También disponen de una justicia obediente que lleva adelante los juicios de lesa humanidad y la máxima pena es la condena a muerte, una vez cumplida ya no tiene retorno… acá los dejan morir de prisión.

La comunidad internacional deberá mirar con detenimiento esta forma de gobernar, abusando del poder mediante la venganza o la silenciación de la disidencia… es inadmisible decir que se vive en democracia, cuando se oprime a un sector de la población. La justicia doméstica no ofrece soluciones.

Sinceramente,

Pacificación Nacional Definitiva
por una Nueva Década en Paz y para Siempre




LOS JUICIOS DE LESA HUMANIDAD COMO “ARMA POLÍTICA”

por Emilio J. Cárdenas Ex Embajador de la República Argentina ante Naciones Unidas




Bangladesh es a la vez una nación vieja y un país joven. Su historia, si nos remontamos al antiguo estado de Banga, es realmente profunda, desde que tiene varios miles de años.

Gran Bretaña, como potencia colonial, la bautizó ‘Bengal’, en el siglo XVII. Luego, a mediados del siglo XX, fue denominada ‘Bengal Oriental’, después de la partición con India. Concretamente en 1947. Para enseguida cambiar otra vez de nombre y pasar a ser ‘Pakistán Oriental’, cuando se creara Pakistán, en 1956. Finalmente, en 1971, se independizó y desde entonces el país se denomina ‘Bangladesh’, que quiere decir ‘la tierra de los que hablan el idioma bengalí’.

Pese a que su población es étnica y culturalmente homogénea, políticamente Bangladesh está dividida en partidos que desde hace rato no se respetan, ni toleran entre sí, con tendencia a la arrogancia en el discurso y a la violencia en los hechos. El 83% de su población es musulmana y el 16% hindú.

Como sociedad, Bangladesh conoce el hambre y la pobreza y, por razones climáticas, es castigada con frecuencia por los desastres naturales. No obstante, en las últimas dos décadas, su situación social ha mejorado algo. La desnutrición y la mortalidad infantil han disminuido. Y al mismo tiempo han crecido los porcentajes de alfabetización y la expectativa de vida al nacer. En el conocido ‘Índice de Desarrollo Humano’ del PNUD, sobre 186 países analizados Bangladesh ocupa el lugar número 146, con 69 años de expectativa de vida al nacer y un ingreso per cápita promedio anual de apenas unos 1.785 dólares. Su población es de 150 millones de almas.

En lo económico, Bangladesh es, con China e Italia, uno de los mayores exportadores del mundo de prendas de vestir. En los últimos tiempos, algunos incidentes graves han demostrado sus tremendas falencias en lo que a normas de seguridad en el trabajo se refiere. Sin ir más lejos, el pasado mes de abril la caída de un edificio de una empresa dedicada a la producción de ropa dejó un saldo de horror: más de mil muertos, que quedaron de pronto atrapados o sepultados entre los escombros.

Un arma abusiva

En el escenario de la política doméstica, las cosas se están complicando y el gobierno ha comenzado a usar hipócritamente, las investigaciones de presuntos crímenes de lesa humanidad como ‘arma’ para perseguir a la oposición. Esto es abusar de los derechos humanos y utilizarlos con perversidad para intentar destruir a quienes disienten con el gobierno hoy encabezado por Sheikh Hasina, el líder de la ‘Liga Awami’.

El instrumento concreto de persecución utilizado a ese efecto es el ‘Tribunal de Crímenes Internacionales‘, una institución desprestigiada que, pese a su pomposa denominación, es –en verdad– un tribunal doméstico más.

Recientemente acaba de condenar a muerte a Salauddin Quader Chowdhury (foto), un legislador que pertenece al ‘Partido Nacionalista’ de Bangladesh, esto es a la oposición. El sentenciado fue acusado de haber cometido crímenes de lesa humanidad durante la guerra que terminara con la declaración de independencia respecto de Pakistán, en 1971. Hace más de 40 años entonces. Los crímenes por los que se lo condenara velozmente incluyeron las torturas y el genocidio. La prueba realizada no tuvo la contundencia necesaria y dejó muchas dudas flotando. El mencionado parlamentario es la séptima persona que recibe una condena del ‘Tribunal de Crímenes Internacional’ de Bangladesh.


La manipulación artera de los derechos humanos para destruir a la oposición ha generado protestas por parte de los activistas en materia de derechos humanos. Particularmente porque existe la sensación de que las causas iniciadas se están acelerando para sacar tratar de del mundo de la política a algunos líderes opositores prominentes o para desprestigiarlos para siempre, antes de que se lleven a cabo las próximas elecciones nacionales, previstas para enero de 2014.

Hay sospechas serias –y graves– en el sentido que la condena a muerte del parlamentario antes mencionado ha sido escrita en el ámbito del Poder Ejecutivo o, por lo menos, sometida a su revisión y comentarios por parte de los magistrados actuantes, antes de ser dictada.

Hipotecando el futuro

El enfrentamiento político tiene curiosamente como protagonistas centrales a dos mujeres, la mencionada Sheikh Hasina, por una parte. Y, por la otra, a la líder de la oposición: Khaleda Zia, a quien las encuestas dan como probable ganadora en los próximos 
comicios.

El partido de gobierno, mientras utiliza al poder judicial para perseguir a la oposición imputando presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos a la década del 70, detiene, en paralelo, a los líderes cívicos de los movimientos que defienden los derechos humanos y a sus principales críticos, incluyendo a Muhammad Yunus, que recibiera el Premio Nobel de la Paz por su labor pionera en el campo de los micro-préstamos y que pareciera ahora estar contemplando la posibilidad de ingresar de lleno al mundo de la política.

Ante su situación de debilidad, el gobierno ha comenzado –queda visto– a agitar tácticamente lo relativo a los crímenes aberrantes cometidos por los militares paquistanos y sus aliados fundamentalistas (el Jamaat-e-Islami) en la década de los 70. Frente a ello, lo que genera la mayor repulsión es el manoseo del Poder Judicial, hoy abiertamente politizado, que de pronto es utilizado como arma para dañar a la oposición.

El tema es grave, no solo por lo que significa, esto es por el bastardeo de los derechos humanos. También por lo que con él pueda suceder en el futuro, desde que nada asegura que si el ‘Partido Nacionalista’ de Bangladesh, como se espera, se impone en las próximas elecciones, no dude en utilizar, él también, esta misma mecánica para perseguir a los líderes del actual oficialismo. Demostrando cuan cierto puede ser aquello tan sabio de que la maldad termina, con frecuencia, bebiendo la mayor parte de su propio veneno.

Pese a que Bangladesh no es ciertamente el único país del mundo en el que un gobierno abusa del Poder Judicial para acusar y perseguir por presuntos crímenes de lesa humanidad a los líderes de la oposición o a sus adversarios, lo cierto es que lo que allí sucede se está transformando en una creciente preocupación internacional. Es una expresión de lo que el buen penalista Daniel R. Pastor, en una obra reciente referida a nuestro propio ámbito llama el ejercicio del ‘poder falsificador‘ donde la labor judicial, distorsionada, se amolda a la verdad del poder de turno, el ‘falsificador’.