miércoles, 21 de enero de 2015

A LA HORA DEL CRUJIR Y RECHINAR DE DIENTES


El miércoles por la mañana muchos argentinos fuimos impactados por las denuncias del Fiscal Nisman que involucraban a la  presidente, funcionarios y referentes vinculados al gobierno nacional, acusados de pretender encubrir a los iraníes señalados como autores del atentado terrorista contra la AMIA. El lunes a la mañana el impacto fue mucho mayor aun, al enterarnos de que el fiscal Nisman había sido hallado muerto en su departamento con un disparo en su cabeza.


Entre ambos hechos el fiscal había sufrido durísimos ataques verbales descalificadores de su persona y su actuación provenientes del gobierno, en boca de sus voceros, de sus numerosos medios y periodistas afines  y del Ministro de Relaciones  Exteriores, Hector Timerman, que era justamente uno de los principales acusados. Nisman, sin embargo, no se había arredrado. Dio entrevistas a los medios, coordinó una presentación en sesión reservada para el día lunes en la Cámara de Diputados e  irritó a los diputados oficialistas a punto tal que prometieron asistir a la sesión con “los tapones de punta”, expresión que alude a la actitud de los futbolistas que van a golpear al rival con dureza  y riesgo de lesión  por el uso de los tapones que están en la suela de sus zapatos.


Con esos antecedentes como  contexto, la inmediata reacción ante la noticia de la muerte de Nisman fue mirar hacia los acusados  por sus denuncias pero las descripciones oficiales que se dieron de la escena del lugar en que se produjo la muerte inducían a pensar que se trataba de un suicidio.  La ciudadanía experimentó un sentimiento de incredulidad e indignación colectiva. Las expresiones públicas de repudio y pedidos de justicia atravesaron la geografía nacional y en la noche del lunes miles de argentinos  salieron a las calles y plazas a expresarse con consignas que manifestaban su identificación con Nisman y su hartazgo con el nivel de violencia e impunidad que se ha enseñoreado del país por acción u omisión del gobierno nacional y de una justicia ideológicamente dividida y operativamente ineficaz.


Tenemos al momento tres hipótesis acerca de la muerte de Nisman. La primera es que el fiscal fue asesinado por profesionales que luego de consumar el crimen fabricaron una escena de suicidio. Abonan esta hipótesis la personalidad del fiscal, el entusiasmo y empeño con que había presentado su denuncia, el momento en que se le abría la oportunidad de tener el auditorio privilegiado de los diputados nacionales y algunos datos objetivos como la ausencia de pólvora en sus manos y las previsiones que había tomado para un lunes en que obviamente esperaba estar presente. Vale mencionar que en nuestro país hay antecedentes de supuestos suicidios en casos judiciales nunca resueltos.

La hipótesis del suicidio espontáneo por depresión o circunstancias personales, que fue fuertemente impulsada en el primer momento desde las esferas oficiales, ha perdido sustento al punto que el gobierno mismo ha puesto en boca de sus voceros la tercera hipótesis de un “suicidio inducido”. Esta posibilidad, que no sería técnicamente  un suicidio ya que este acto requiere la voluntariedad del causante,  tendría similares connotaciones que el asesinato liso y llano.

Lo concreto es que se impone una investigación exhaustiva y profunda acerca de la muerte del fiscal Nisman que incluya la presunción de que haya sido asesinado. El hecho es de una gravedad institucional inusitada porque los primeros  investigados deberían ser las personas a quienes el fiscal había acusado, que abarcan a la cabeza misma del gobierno y a sus funcionarios, sin olvidar a los acusados iraníes de la causa original sobre quienes el fiscal dijo públicamente que preparaba nuevas presentaciones para forzar su declaración a través de los organismos internacionales.

Difícil será encontrar en Argentina  un fiscal que cuente con un perfil de imparcialidad e independencia como para encarar una investigación de tales características, especialmente luego de los burdos intentos del gobierno de avanzar sobre el control de los fiscales que ha generado duros choques. Tampoco es sencillo técnicamente dilucidar un hecho criminal en que los asesinos, si los hubo, fueron profesionales que disponían de una logística y medios sumamente sofisticados tanto para penetrar en el departamento del fiscal como para ejecutar el crimen y escenificar un suicidio. Por  lo expuesto, quizás sería conveniente que esta investigación fuera llevada adelante por la Corte Suprema de Justicia, con el válido argumento de que podría estar involucrado un gobierno extranjero además de la gravedad institucional de los hechos investigados, quien designaría un fiscal que reportara directamente ante ese organismo y tuviera la autoridad de consultar a cualquier agencia de investigación nacional o extranjera ya que  obran antecedentes de pericias encargadas, por ejemplo,  al FBI,  en ciertas causas. Si no se trabaja en este nivel podemos lamentablemente asumir que la muerte del fiscal Nisman no será esclarecida, al menos hasta que un nuevo gobierno permita trabajar a la justicia con la independencia e imparcialidad  que su naturaleza requiere.


Una segunda cuestión de gran importancia y urgencia es no permitir que la denuncia efectuada por Nisman y que precipitó su muerte, de una  u otra manera,  se diluya ante su ausencia. El Juez Lijo ha reaccionado adelantando su regreso y tomando medidas para preservar las pruebas. Lamentablemente, quienquiera que continúe la investigación, demorará meses en poder leer y escuchar todo lo vinculado al expediente, lo que hace presumir que si la acción de quienes provocaron la muerte de Nisman fue evitar que se avanzara en esta causa, han logrado una buena parte de su objetivo. Para que el sacrificio de Nisman no haya sido en vano será necesario no olvidar ni dormir su grave acusación aunque, como dijimos anteriormente, es probable que haya que esperar también para esto, el aire fresco de un nuevo gobierno democrático.

Finalmente, también debe asegurarse la continuidad de las medidas que el fiscal Nisman pensaba ejecutar para tratar de lograr la declaración de los acusados en la causa AMIA que es el corazón de todo el problema. Ese atentado, cometido en Argentina y contra argentinos, no debe quedar como un símbolo de nuestra incompetencia como nación para resolver los grandes crímenes que nos han marcado, como lo son los cientos de atentados de los Montoneros y de todos aquellos que por razones políticas  o ideológicas se protegen con un escudo de impunidad que denigra  a nuestra justicia.

Como representantes de un partido político pero sobre todo como ciudadanos de esta nación compartimos con millones de argentinos el clamor por justicia y la vergüenza, una vergüenza profunda e  inocultable, por el nivel de indefensión y desamparo que nos embarga como sociedad. Por encima de los errores económicos o de las deudas impagas, el peor de los pecados y la más pesada carga que nos dejan Cristina Fernández de Kirchner y el Frente  para la Victoria es la degradación de las instituciones que,  como en el caso de la justicia, son incapaces de cumplir con sus funciones básicas y dar un mínimo de protección y seguridad a los habitantes de nuestra querida patria.


Que la muerte de Nisman quede como símbolo de la decisión que debe tener  un hombre de asumir sus responsabilidades cualquiera que sea la consecuencia y que los que provocaron dicha muerte sientan que va llegando para ellos el tiempo del crujir y rechinar de dientes.

Juan Carlos Neves
Secretario General

Nueva Unión Ciudadana