martes, 11 de agosto de 2015

GUERRA FRIA: BREVE ENSAYO HISTÓRICO DE LA MISMA EN EL MUNDO Y EN NUESTRO PAÍS

Estimados Amigos:

Un corresponsal amigo nos ha hecho llegar este breve “ensayo sobre la Guerra Fríaque se recomienda leer hasta el final. Si bien la Guerra Fría parece lejana a la República Argentina y gracias a Hollywood la vemos desarrollarse entre espías en Europa, especialmente en Berlín donde se edificó el “muro” que dividió y sangró a la Alemania vencida en la Segunda Guerra Mundial, debemos comprender que en nuestra región se desarrollaron las acciones más sangrientas y osada de la Guerra Revolucionaria, que fue una de las estrategias de la Guerra Fría.

También se sufrieron sus efectos y fueron muy violentos en África, pero en ese continente se aún estaban librando las guerras descolonizadoras, que en nuestro continente ocurrieran en el siglo XIX, y sirvieron de excusa a los cubanos y soviéticos.

La ex U.R.S.S. pretendía infiltrase en América Latina en lo que se denominaba el “patio trasero de América” -Latinoamérica-, para lo cual se valían de la Revolución Cubana y su dictador Fidel Castro. Y como recientemente demostrara Juan Bautista ‘Tata’ Yofe en su último libro “FUE CUBA”, Checoslovaquia también jugó fuerte en esa infiltración a través de Cuba.

Esa acción de infiltración la desarrollan a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

Dada la gran paridad de fuerzas entre la URSS y las potencias de Occidente no se podían enfrentar directamente en un conflicto armado, ello hubiera significado una escalada en el empleo de la violencia y podría haber finalizado en una Guerra Nuclear… que todos querían evitar. Por eso eligen el camino de utilizar otras regiones del mundo en “conflictos de baja intensidad”, los cuales se desarrollan en América Latina, Asia y África.

Hoy la nueva justicia argentina manifiesta que el conflicto de los años ’70 en nuestro país “no fue una guerra”, en franca oposición a lo demostrado en este ensayo, a las manifestaciones de los propios contendientes, pero especialmente en oposición a lo admitido por la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal que juzgó a las Juntas Militares que gobernaron el país entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983.

Es oportuna la comprensión de que la Guerra Fría tuvo influencia global y lo ocurrido en el continente no fue un hecho aislado, sino el fruto de una estrategía fríamente calculada por el comunismo internacional. Esta aclaración es muy válida para las jóvenes generaciones, que no vivieron el conflicto y solo se informaron por el relato oficialista y mediático.

Si la Patria está en peligro  primero piensan en Dios y el soldado… cuando el peligro pasa, Dios es olvidado y el Soldado juzgado. En estos días la Iglesia a través de Monseñor Casaretto y el foro por la reconciliación en la UCA ha dado una clara señal para un futuro mejor.

Sinceramente,

Pacificación Nacional Definitiva
por una Nueva Década en Paz y para Siempre



POLÍTICA Y ESTRATEGIA


Por Basil Zimmermann

En noviembre de 1989, después de intensas tensiones producidas en el seno del Bloque Soviético cayó el Muro de Berlín, que los alemanes orientales, apuntalados por las tropas rusas habían erigido en 1961. Pocos podían comprender qué había pasado; pero lo cierto fue que después de la “glasnost” y la “perestroika” impulsadas por Mijail Gorbachov, igual suerte correría la no menos oprobiosa “Cortina de Hierro” y en 1991, tras un frustrado golpe de estado que virtualmente llevó al poder a Boris Yeltsin, se desvaneció sin pena ni gloria la Unión Soviética, para dar lugar a una Rusia debilitada y empobrecida. Al cabo de una década de esos acontecimientos, el autor del presente trabajo nos ofrece un ensayo sobre la llamada GUERRA FRIA, período histórico del Siglo XX que caracterizara el enfrentamiento entre Oriente y Occidente y que afectara en forma general a nuestro Continente y, particularmente, a nuestro país. 

LA DIRECCIÓN



GUERRA FRÍA. ¿Cuántas veces se han oído y leído 
estos términos en los últimos 50 años? Muchos son los que creen aún que esta expresión, que se caracterizara por una “guerra sin fuego, sin calor” es de este siglo. Será tal vez porque no han leído al lejano Infante Don Juan Manual (1282 – 1345?), distinguido diplomático, escritor e historiador español, sobrino de Alfonso X, “El Sabio”, quien calificara de esa manera a la permanente hostilidad existente entre cristianos y musulmanes a través de la Guerra de los Ocho Siglos , salpicada con inevitables treguas de decenios en oportunidades, al decir que había una “guerra muy fuerte y muy caliente que acaba con la paz, y una guerra fría, que no trae la paz”.

Más hacia nuestros días, la expresión Guerra Fría resurgió en un debate celebrado en el Congreso de Estados Unidos el 12 de marzo de 1947, donde se discutía la doctrina expuesta por el presidente Harry S. Truman (1894-1972) en la cual se prometía ayudar a los “pueblos libres que resistan a las tentativas de dominación por las minorías armadas o por personas del exterior”. Casi inmediatamente el conocido periodista norteamericano Walter Lippman utilizó esa expresión en su obra “The Cold War” y desde entonces Guerra Fría pasó a ser sinónimo de la situación creada después de la II° Guerra Mundial por el enfrentamiento político, económico y militar existente entre los dos grandes bloques de naciones en que se polarizó el mundo: el Bloque Occidental, capitalista o democrático, y el Bloque Oriental, socialista o antiimperialista, según las definiciones adoptadas por uno u otro bando.

En realidad, la Guerra Fría nació casi el mismo día (8 de mayo de 1945) en que Alemania depusiera las armas, poniendo fin, de esa manera, a la II° Guerra Mundial en Europa.

Rápidamente los estrategas y sus respectivos estados mayores se dieron cuenta que esa paz sólo había asegurado una cosa: la desaparición de la Alemania Nazi como amenaza común pero, como en la Guerra de los Ocho Siglos, no constituía una paz verdadera ni duradera, sino el comienzo de un nuevo conflicto, sólo atemperado por los enormes esfuerzos que tenían que realizar los pueblos emergentes de aquella terrible hecatombe mundial, en la cual sólo la Unión Soviética había experimentado 30 millones de muertos en los campos de batalla, en los escombros de las ciudades destruidas y en las implacables persecuciones políticas.

ACCIÓN Y REACCIÓN

Sin embargo, no existen muchas dudas de que en realidad el cauteloso enfrentamiento entre Oriente y Occidente se debió, en sus comienzos, al hecho de la disuasión nuclear que entonces ostentaba Estados Unidos, lo que hacía impensable a los dirigentes soviéticos volver a exigir un nuevo sacrificio a su pueblo, que aún sangraba por aquellas decenas de millones de heridas. Verdad es, también, que en Occidente un nuevo enfrentamiento bélico directo no ejercía el más mínimo atractivo y se pensaba que la superioridad nuclear que tenía Estados Unidos era suficiente para desalentar a cualesquier intentos de aventura militar por parte del Bloque Oriental.

Empero, es éste último comenzaron a adoptarse e instrumentarse medidas destinadas tanto a lograr la paridad nuclear como a flanquear las defensas occidentales, creando escenarios y amenazas indirectas destinadas a lograr derribar, uno tras otro y sin empeñar a sus propias fuerzas armadas, a los países periféricos del sistema defensivo occidental. Para ello se reflotaron antiguas ideas políticas y estratégicas marxistas-leninistas como la “Coexistencia Pacífica”  y la “Guerra Revolucionaria”, recordando atentamente el consejo/orden que impartiera Stalin a los elementos soviéticos que intervenían en la guerra civil española de 1936-39:”Podalshe ot artiller-eiskovo ognia” (mantenerse fuera del alcance del fuego de la artillería).

De esa manera, la primera estrategia decía buscar la conservación de la paz internacional y preparaba al pueblo soviético para realizar un fenomenal esfuerzo técnico e industrial para equiparar y superar a la “decadente sociedad capitalista”. Así, la Coexistencia Pacífica se transformó en realidad en un medio para asegurar la “conquista sin guerra”, lo que le permitía al líder soviético Nikita Jruschov sostener que “...nuestra convicción firme es que tarde o temprano el capitalismo cederá frente al socialismo. Nadie puede detener el progreso humano, del mismo modo que nadie puede impedir que el día siga a la noche”, pero también reconocía que “...esto no quiere decir que [el capitalismo] esté agonizante; hay que trabajar mucho aún para llevarlo a ese estado”, insistiendo numerosas veces en que “...no tenemos ninguna intensión de inmiscuirnos en sus asuntos [de los capitalistas]; no pensamos declararles la guerra para imponer nuestro sistema en países extranjeros. No es necesario hacerlo. Los trabajadores, los campesinos y la intelectualidad trabajadora de los países capitalistas lo harán por sí mismos, cuando vean que el pueblo de nuestra nación, que era más pobre que ellos, han comenzado a gozar de una vida próspera...”  claro que para ello esos pueblos debían ser “alentados y apoyados”.

Y en esta última cita mencionada, radica el porqué del desarrollo de la segunda estrategia: la “Guerra Revolucionaria”, el curso de acción que postulara varias décadas antes Mijail Frunze, el fundador de la Academia Militar de Moscú, a la cual se le asignó su nombre, cuando éste anunciara que: “Es imprescindiblemente necesario comprender y admitir públicamente que la existencia común y paralela de nuestro estado proletario con los estados del mundo burgués capitalista por un período prolongado no es posible... la guerra que combatiremos no será ninguna guerra nacional, sino una guerra revolucionaria de clases”.
Guerra atípica y acomodaticia en la cual la Unión Soviética no arriesgaba ni un solo hombre y podía ganar un imperio por interpósitas personas. Una guerra que empezó pronto en Grecia (1946) y que sólo pudo ser controlada gracias a la enérgica reacción de las fuerzas militares griegas apoyadas con armas, equipos y tropas británicas y la ayuda norteamericana. Una guerra que comenzó a florecer y crecer como hongos después de una lluvia en la mayoría de las regiones y países periféricos del mundo occidental, especialmente en aquellos lugares pertenecientes al antiguo mundo colonial, cuyos pueblos habían manifestado sus intenciones y reclamos para acceder a la vida independiente.

SIEMPRE HEMOS CONSIDERADO...


“NO SOMOS PACIFISTAS... SIEMPRE HEMOS CONSIDERADO ABSURDO QUE EL PROLETARIADO REVOLUCIONARIO RENUNCIE A LAS GUERRAS REVOLUCIONARIAS QUE PUEDEN RESULTAR NECESARIAS A LOS INTERESES DEL SOCIALISMO”

(LENIN, “OBRAS SELECTAS”, VOLUMEN VI, PÁG 16 – NUEVA YORK)


La reacción fue rápida y consciente de la importancia de la amenaza detectada. Rápidamente la política occidental fue creando e instrumentando alianzas y acuerdos defensivos entre países y regiones para oponerse a la guerra revolucionaria soviética. Así se creó en 11947el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) a través del Pacto de Río (en realidad de Petrópolis), que comprometía a todos los países del Continente a rechazar cualquier tipo de agresión militar extracontinental; el Pacto de Bruselas, que en 1949 diera origen a la NATO (u OTAN), Organización del Tratado del Atlántico Norte, firmado entre Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Francia, Luxemburgo, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Islandia, Noruega y Portugal, al cual se incorporarían luego Grecia y Turquía en 1952, Alemania Occidental en 1955 y España en 1981; el Pacto ANZUS, firmado en 1951 entre Australia y Nueva Zelanda; el Pacto de Angora, o Balcánico, firmado en 1953 entre Yugoslavia, Grecia y Turquía; el Pacto de Manila, o del SEATO (OTASE), Organización del Tratado Asiático del Sudeste, firmado en 1954 que comprometía a Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, Tailandia y Pakistán; el Pacto de Bagdad (u OTOM o CENTO) de 1955, Organización del Tratado del Oriente Medio, que enlazaba a Turquía, Irak, Gran Bretaña y Pakistán. Además de una serie de pactos bilaterales firmados entre Estados Unidos y países como Taiwan, Japón, Irán, Corea del Sur, etc. Es decir, una serie de alianzas periféricas instituidas alrededor del Bloque Soviético, algunas de las cuales fueron descalabradas rápidamente por la Guerra Revolucionaria comunista que, disfrazada con un manto de ayuda anticolonialista destruyó virtualmente a la OTOM, descalabró a la OTASE al conmoverla con insurrecciones en Filipinas, Indochina, Malasia, Corea, e Indonesia y desmembró al Pacto Balcánico; mientras la URSS consolidaba su posición geoestratégica al establecer en 1955 el Pacto de Varsovia, unión militar que bajo un mando centralizado soviético coordinaba la instrucción, equipamiento y personal de las fuerzas armadas de Alemania Oriental, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Rumania y Albania; mientras en 1950 establecía un pacto bilateral con la China de Mao Tse Tung y le suministraba equipos y armas a Corea del Norte para que ésta empleara en su guerra contra su hermana del Sur.

Casi simultáneamente la Guerra Revolucionaria sería desatada en el continente africano, apoyando a todo movimiento anticolonial existente en el mismo, lo que finalmente significaría y causaría el retiro militar y político de Francia, Bélgica, Portugal, Gran Bretaña y España, tras sangrientas y convulsivas luchas o “Guerras de Liberación”.

En este sentido, los estrategas soviéticos no hacían más que poner en práctica los principios básicos dictados por Lenín, según los cuales “...el imperialismo corresponde a la etapa del desarrollo del capitalismo en que los monopolios y el capital financiero han asentado ya su dominio”. El “indiscutible” Lenín preveía entonces que la desintegración del sistema colonial habría de privar a Occidente las materias primas y los mercados que dicho sistema requería para su subsistencia y desarrollo sustentable, percibiendo que los pueblos coloniales que luchaban por su independencia serían sus aliados más valiosos. Fue basándose en esos principios "inefables" de Lenín, que su sucesor, José Stalin, aseguraba en su obra “Marxismo y la Cuestión Nacional” que: “así como Europa y América [del Norte] pueden ser denominadas el frente; es decir, el escenario de las batallas principales entre el Socialismo y el Imperialismo, las naciones no soberanas y las colonias, con sus materias primas, combustibles, alimentos y vastas reservas de material humano, habrían de considerarse como la retaguardia, la reserva del imperialismo. Para ganar una guerra, no sólo hay que triunfar en el frente, sino también que hostilizar la retaguardia del enemigo, sus reservas.”

Para comprender mejor los alcances de esta cita debe recordarse que la doctrina militar soviética de la época marcaba un particular énfasis en los llamados “factores fundamentales que operan permanentemente y determinan la suerte de las guerras”. Factores que aquella doctrina enumeraba de la siguiente manera:
  • La estabilidad de la retaguardia
  • La moral del ejército
  • La cantidad y calidad de las divisiones (tropas)
  • El armamento
  • La habilidad y competencia del Comando.

Si bien se reconocía la existencia de otros “factores transitorios o temporales” que podían llegar a ser muy significativos en alguna etapa de la guerra, siendo tal vez el más importante el Factor Sorpresa, pero el factor “Estabilidad de la Retaguardia” encabezaba la lista de los factores permanentes, que habían sido instituidos nada menos que por el propio Lenin. Debe destacarse en este sentido que según el conspicuo periódico “Krasnaia Zvezda” (Estrella Roja) del 6 de marzo de 1957, el concepto soviético de “Estabilidad de la Retaguardia” comprendía no sólo la zona de comunicaciones, las funciones de la logística, la instrucción de las reservas y los reemplazos, etc., sino que también abarcaba a toda la sociedad del país y el país mismo; de manera tal que al conmover, atacar o subvertir la retaguardia enemiga, se trataba de desorganizar al mismo país adversario.

De ese modo fue concebida y desarrollada la maniobra estratégica de la Guerra Fría con vistas al rompimiento del cerco trabajosamente planificado por Occidente, atacando entre otras regiones a nuestra América Latina, mediante una serie de prácticas como, por ejemplo, la evidenciada en los órganos de prensa de los partidos comunistas continentales, cuando en 1950 comenzaron su prédica subversiva “descubriendo” que ellos eran  “... los herederos y continuadores de las mejores tradiciones democráticas revolucionarias y patrióticas de los hombres de Mayo y de las guerras de la Independencia...”  asegurando que “...recogen la herencia del Libertador los que, como los comunistas, hoy, al igual que los hombres de Mayo ayer, se inspiran en el ideal más avanzado de nuestro tiempo: el marxismo-leninismo...”  insistiendo más adelante que “...las ideas y acciones de San Martín forman parte de lo que se ha dado en llamar el acervo histórico de nuestra patria...” y que ellos, los comunistas, habían “recogido la herencia protagonista sanmartiniana”.

Mientras tanto Moscú abría las puertas de sus universidades e institutos militares a la formación ideológica y militar de los futuros cuadros subversivos que debían “liberar a los pueblos oprimidos”.
Fue pensando en ello que el mariscal Rodion Malinovsky decía en el Congreso del Partido Comunista soviético el día 3 de febrero de 1959:

“Es necesario... canalizar todas aquellas fuerzas hacia la agitación, propaganda y progreso de las tesis marxistas, los eventos revolucionarios y las campañas antirreligiosas... profundizar y agudizar los problemas internos de cada país latinoamericano, para provocar disociaciones, anarquía pública, debilitamiento cultural, pánico psicológico, relajamiento moral, decepción y escepticismo en las instituciones democráticas, con el objeto de desarmar el Estado y las masas anticomunistas frente a su enemigo oculto... aumentar urgentemente los cuadros comunistas latinoamericanos: juventud universitaria, obreros y campesinos vinculados con las actividades castrenses para entrenarlos a través de cursos especiales en las tácticas y estrategias marxistas-leninistas... Lo importante para los comunistas es divorciar ahora mismo a las masas trabajadoras e intelectuales de los sectores del orden y la legalidad, como ser las Fuerzas Armadas, la Policía, la Iglesia, etc...”

Sin embargo, como el proceso indicado resultaba un tanto lento, los estrategas moscovitas comenzaron a pensar en otro camino más expeditivo basado en la insurrección armada. De esa manera se habrían impulsado a los aventureros y seguidores de Fidel Castro y Ernesto Guevara, quienes supieron ocultar hábilmente sus simpatías hasta 1961, cuando el primero reconoció públicamente que eran marxistas-leninistas y lo habían sido toda su vida, evento que marcaría un hito trascendental en el proceso de la Guerra Fría, ya que constituyó el punto de partida de un período de grandes acontecimientos, entre los cuales figuró hasta la posibilidad de desatar la III° Guerra Mundial, que se hubiera desarrollado en el marco de un devastador enfrentamiento nuclear.

OCULTAR HÁBILMENTE 


“TENEMOS QUE POSTERGAR EL MOMENTO EN EL QUE LOS PAÍSES CAPITALISTAS SE ENTEREN DE LO QUE REALMENTE PASA... LA PRIMERA FASE [de la Revolución] NO PUEDE SER JAMÁS UNA REVOLUCIÓN COMUNISTA; PERO DESDE SU COMIENZO LA DIRECCIÓN DEBE ESTAR EN MANOS DE UNA VANGUARDIA COMUNISTA”.

( LENIN, Tesis para el II. Congreso del Komintern de Julio-Agosto de1920)


En efecto, en su afán por reforzar la posición de Cuba en su enfrentamiento con Estados Unidos, Jruschov, que entonces dirigía la política soviética, comenzó a enviar armas y misiles con capacidades para alcanzar el territorio norteamericano, hablándose incluso de una capacidad nuclear. Detectada esa circunstancia por la exploración aérea estratégica de Estados Unidos, el enfrentamiento fue inmediato y la exigencia del gobierno de Wáshington no se hizo esperar: el retiro de dichos armamentos de la isla o el riesgo de que los mismos fueran anulados por la fuerza. Como se recordará, el espectro de la temida guerra nuclear se hizo presente en 1962. Se entró luego en un breve período de regateo y finalmente los misiles soviéticos fueron canjeados por los misiles norteamericanos instalados en territorio de Turquía, y la guerra volvió a enfriarse. Aparentemente fue un empate, pero ese terrible episodio sirvió para demostrar al mundo el papel secundario y prescindible que jugaba Fidel Castro y Cuba en la estrategia global del Bloque Soviético. Aunque Castro trató de tragarse la píldora y disimular, íntimamente nunca perdonó a Jruschov el deslucido y subalterno rol que éste le hiciera representar en aquel duro enfrentamiento entre Oriente y Occidente.
  
No obstante, Moscú concedió un evidente visto bueno a Castro para que dirigiera las subversiones e intervenciones armadas cubanas en África y América Latina, aprovechando los incontenibles impulsos “foquistas” del Che Guevara que, dicho sea de paso, fracasarían estrepitosamente en el Congo y en Bolivia, hasta causarle su propia muerte. En tal sentido, fue con el guiño de Moscú que Cuba inició sus “campañas internacionalistas”, que no eran otra cosa que el envío de fuerzas militares regulares a luchar en Africa en apoyo de los movimientos insurreccionales de tendencias o simpatías marxistas. Estas “intervenciones internacionalistas” constituyen una realidad que ha sido muy escamoteada por el periodismo internacional, por lo cual es muy poco conocida en el mundo, a pesar del enorme despliegue militar que no pudo ser extraño a Moscú, que fue quien en realidad apoyó, alentó y equipó en forma bastante mal disimulada.
  
Empero, fueron los mismos cubanos, una vez finalizada la Guerra Fría quienes dieron algunas precisiones sobre esas campañas. En efecto, en 1997 fue editado en Cuba un libro titulado “Secretos de Generales” en el cual su autor –o mejor dicho su recopilador- hizo públicas las opiniones y experiencias de 41 altos y condecorados oficiales de las fuerzas armadas cubanas (1 general de Cuerpo de Ejército, 13 generales de División, 26 de Brigada y 1 Vicealmirante), que literalmente causar estupor al mundo . Así, rescatamos, entre otros, los siguientes conceptos vertidos por algunos de esos distinguidos militares cubanos, la mayoría de los cuales fueron instruidos y capacitados profesionalmente en las escuelas militares de la Unión Soviética y de otros países del Pacto de Varsovia, revelando que sus “misiones internacionalistas” tuvieron lugar en la década de los años 70 y 80, en países como Etiopía, Angola, Congo, Guinea Bissau, Venezuela, Siria, Tanzania, Mozambique, Granada, Nicaragua, Uruguay, Argentina, etc.
  
En esas verdaderas “confesiones” el general Orlando Almaguel Vidal reconoce, en la página 243 del libro mencionado, que él dirigió el repliegue de las fuerzas cubanas de Granada y el traslado de los refuerzos cubanos hacia Angola (Operación XXXI Aniversario) la cual consistió “...en un plazo de 252 días se operaron 29 buques de carga transportando un volumen de 57.253 toneladas de medios materiales y técnicos; 18.000 pasajeros de diferentes categorías en 140 vuelos...” destacando que “...el buque Las Coloradas transportaba un escuadrón de [aviones] MiG-23 con sus aseguramientos...”.  Asimismo, comandó la “Operación Victoria”, o sea el regreso de las fuerzas cubanas de Angola, en la cual se emplearon 34 buques de carga y 454 aviones, transportándose en total 80.592 hombres, indicando que el último barco llegó a Cuba el 14 de junio de 1991 (página 243). Señaló, asimismo que “prácticamente el 100 % de los uniformes, del tejido, el calzado y los grados militares [insignias] procedían de la Unión Soviética” (página 245).

El general Luis Pérez Róspide, por su parte reconoce en la página 256 del libro, que “...en el año 1964 se firmó un convenio entre la URSS y Cuba... que es el cimiento de la Industria Militar cubana...”. El general de la Fuerza Aérea Rubén Martínez Puente, reconoce que en Angola los pilotos cubanos realizaron de 800 a 1200 misiones de combate (página 271). El general Lino Carreras Rodríguez, dice por su cuenta que desde 1984 estuvo 3 años y 7 meses luchando contra “los bandidos”, es decir librando una lucha interna de contrainsurgencia que oficialmente el régimen de La Habana nunca había declarado. El general Néstor López Cuba, reconoce en página 435/6 que en 1973 se desempeñó en Siria “al frente de un batallón de tanques, que luego se incrementó a un regimiento”.  El general Leopoldo Cintra Frías expresa en página 556 que permaneció 9 años planificando y dirigiendo las fuerzas cubanas rechazando a las tropas sudafricanas, mientras que en la página 558 reconoce: “la guerra de Angola nos fortaleció política e ideológicamente... este período especial ha sido decisivo. Fueron 300.000 cubanos los que pasaron por esas tierras...” y más adelante sostiene que “avanzamos sobre la frontera de Sudáfrica con más de 1000  tanques y 150 medios aéreos. En total pasaron por Angola más de 300.000 combatientes, lo que quiere decir que por lo menos hasta el año 2015 tendremos hombres en los batallones de primera categoría de nuestras reservas con experiencia de combate...”

Con seguridad estas constancias, por venir de quienes vienen, sorprenderá a algunos y tal vez en algún momento se correrá el telón de silencio que inexplicablemente oculta aún la magnitud de la Guerra Revolucionaria que bajo el manto de las denominadas “Guerras de Baja Intensidad” o “Intervenciones Internacionalistas” caracterizaron el período de la Guerra Fría. Un tipo singular de guerra que abarcó a todo el mundo e inclusive, como veremos a continuación a nuestro propio país.

UNA DOCTRINA QUE NUNCA EXISTIÓ

Pero antes de desarrollar el tema mencionado precedentemente, merita que realicemos un breve análisis de la reacción adoptada por Estados Unidos frente a la amenaza reconocida del desencadenamiento de la Guerra Revolucionaria por parte del Bloque Soviético. Nos estamos refiriendo concretamente a la creación y desarrollo del Sistema de la Defensa Continental y a la adopción, casi al final de la Guerra Fría, de la llamada Doctrina de la Guerra de Baja Intensidad.

Con respecto al Sistema de la Defensa Continental, debe reconocerse que el mismo nació virtualmente a principios de la II° Guerra Mundial, en la Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores celebrada en Panamá en setiembre de 1939, cuando se declaró que las naciones americanas reafirmaban “...la solidaridad continental y deciden mantenerse alejadas del conflicto”, que acababa de iniciarse. No obstante, las proyecciones inequívocas que estaban adquiriendo las acciones bélicas en Europa y su entorno geográfico, hicieron que en la II. Reunión de Consulta (La Habana 21-30 de julio de 1940), las naciones americanas manifestaran que “una agresión de una nación no americana contra un Estado americano se considera un ataque a todas las naciones americanas”. Luego de la entrada de Estados Unidos en la guerra a raíz del ataque japonés a Pearl Habor, en la III. Reunión de Consulta (15 al 28 de enero de 1942 los cancilleres de los países integrantes de la entonces Unión Panamericana, aconsejaron la “inmediata reunión en Wáshington de una comisión de técnicos militares y navales para estudiar las medidas de defensa del Continente”, lo que dio nacimiento a la Junta Interamericana de Defensa (JID) la cual realizó su sesión inaugural el 30 de marzo de 1942 en Wáshington. De esa manera, la JID pasó a ser un organismo anterior mismo a la Organización de los Estados Americanos (OEA), cuya carta fundacional recién se firmó el 30 de abril de 1948, e inclusive de la misma Organización de la Naciones Unidas (ONU) formada en 1945 y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) creada en 1949.
  
La vida de la JID se ha desarrollado en tres etapas bien visibles que señalan los sucesivos progresos y la evolución experimentada por dicho organismo internacional americano.
  • La Primera Etapa (1942 – 48) comprende los azarosos años de la II° Guerra Mundial y su inmediata postguerra, durante los cuales se bosquejaron las amplias bases de la cooperación militar interamericana mediante resoluciones que comprendían la protección contra el sabotaje, el espionaje, la vigilancia antisubmarina, la producción de materiales estratégicos, la estandarización del material de guerra, la instrucción y la organización militar, entre otros temas.En 1947 se celebró en Río de Janeiro la “Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente”, la cual materializó el “Tratado de Asistencia Recíproca”  (TIAR), que reafirmó los alcances de la II° Reunión de Consulta y amplió las funciones de la JID. Así llegamos a la IX° Conferencia de Bogotá (30 de marzo-2 de mayo de 1948) de la cual surgiría la OEA, e introdujo un cambio en el estatuto jurídico de la JID.
  • La Segunda Etapa, finalizó con la IV° Reunión de Consulta celebrada en Wáshington (26 de marzo-7 de abril de 1951), donde se decidió “el mantenimiento de la Junta Interamericana de Defensa para efectuar estudios y recomendaciones para la defensa contra la agresión, hasta que los Gobiernos por una mayoría de las dos terceras partes, resuelvan dar por terminadas sus labores”. Paralelamente, la Carta de Organización de la OEA, creó el Comité Consultivo de Defensa (CCD) con la función específica de asesorar al Órgano de Consulta (o sea la Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores) en todo lo relativo a la colaboración militar. Dicho Comité, que sólo debía responder a las convocaciones extraordinarias, dispuso que la Secretaría de la JID fuera también considerada como su propia secretaría, lo que impuso a la Junta una nueva y gran responsabilidad.
  • La Tercera Etapa, comenzó precisamente con la mencionada IV. Reunión de Consulta celebrada también en Wáshington en marzo de 1951, en razón de la grave situación mundial creada por la agresiva política del Bloque Soviético. En la III° Resolución de dicha reunión sobre la “Cooperación Militar Interamericana” se encomendó a la JID la preparación, con la mayor actividad y actualización posibles, así como en estrecho enlace con los gobiernos por medio de sus respectivas delegaciones, “...el planeamiento militar de la defensa continental contra una agresión del Bloque Comunista Soviético”, importante documento que debía mantenerse continuamente actualizado, el cual contenía varios anexos referidos a la estandarización de las doctrinas de instrucción, la organización y el equipamiento de las fuerzas del Continente, para así mejor servir a la causa común.

En el año 1960 el Comandante en Jefe del Comando Sur norteamericano, general T. F. Bogart, invitó formalmente a los Comandantes en Jefe de las fuerzas armadas americanas a una reunión social la cual resultó tan propicia y agradable que terminó por transformarse en una formal costumbre que se repetiría cada 12 ó 18 meses: la Reunión de Comandantes en Jefe de los Ejércitos Americanos (CEA), así, estas reuniones pasaron a servir como motivo para actualizar el ya mencionado Plan General de la Defensa contra la Agresión del Bloque Comunista Soviético y sus diferentes anexos. En cada reunión los comandantes en jefe de capa país exponían los puntos de vista militares para el perfeccionamiento de dicho plan. De esa manera, en 1964, como preparación para la V. Conferencia de Ejércitos Americanos, el Estado Mayor General del Ejército Argentino (EMGE) recibió la orden de preparar una exposición que debía efectuar el representante argentino a designar, en un acto que tendría lugar en la Escuela Militar de West Point en 1965. Otra exposición con igual objetivo fue encargada a la Secretaría de Guerra. Ambos textos fueron luego sometidos a consideración del entonces presidente constitucional del país, doctor Arturo Illia, quien se inclinó por el texto elaborado por el EMGE sin introducirle corrección o modificación alguna.
  
Este hecho nos revela que fue el Presidente constitucional del país quien eligió y aprobó el texto ordenado, y que también fue él quien designó al general Juan Carlos Onganía, que entonces ejercía el cargo de Comandante en Jefe del Ejército, para que lo expusiera en la reunión de West Point, la cual finalmente se desarrolló el 6 de agosto de 1965. Ese texto fue luego publicado y ofrecido a toda la fuerza en el Boletín Público de la Secretaría de Guerra con fecha 10 de setiembre de 1964, lo que le resta todo viso de ilegalidad, documento secreto redactado entre conspiradores, y menos aún como una dictatorial doctrina, que algunos apresurados llegaron a tildar como el origen de la “nefasta doctrina de Seguridad Nacional”, supuesta doctrina que fuera asimismo “acusada” de haber servido de base para la también “nefasta y totalitaria” Ley 16.970 del año 1966, de Defensa Nacional, que en realidad tuvo origen (es casi una reproducción textual, aunque algo más adecuada) en un proyecto redactado también durante el gobierno del doctor Illia, cuyo Artículo 2°  define a la Seguridad Nacional como una situación “...en la cual los intereses vitales de la Nación se hallan a cubierto de interferencias y perturbaciones sustanciales” prescribiendo además que la intervención de las Fuerzas Armadas en caso de conmoción interior, ya sea originada por grupos de personas o agentes de la naturaleza de viejas raíces históricas. Es de destacar, asimismo, que la ley 16.970 permaneció vigente hasta el año 1988, cuando fue derogada y reemplazada por la Ley 23.554.

De todo ello puede deducirse, sin mayores esfuerzos, que la “nefasta Doctrina de la Seguridad Nacional” no constituyó un producto de un gobierno de facto, sino que sus raíces se hunden en el terreno de gobiernos constitucionales. Por otra parte, las versiones tendenciosas que aseguran que esa doctrina fue impuesta por la política norteamericana, puede decirse que si bien existieron “recomendaciones” y presiones para se aceptaran las ideas norteamericanas con respecto al papel que deberían jugar las fuerzas armadas americanas en el enfrentamiento a la amenaza soviética, fue evidente que esas ideas no prendieron en la mayoría de los ejércitos americanos ya que éstos se negaron a representar el rol de meras fuerzas policiales reforzadas, equipadas solamente para actuar como efectivos de antiguerrillas, que en los años 60 y 70 alcanzaban una notable notoriedad, y que desnaturalizaba la jerarquía y principal misión profesional del militar de carrera de defender la soberanía nacional. Esa reticencia profesional quedó reflejada en un documento de la JID del año 1968, y se mantiene casi invariable actualmente con la posición adversa de combatir o participar activamente en la lucha contra el narcotráfico, a menos que éste se constituya en una seria amenaza que sobrepase abrumadamente el accionar de las fuerzas policiales y de seguridad de cada país.

De esta manera, cuando en 1975 las Fuerzas Armadas argentinas fueron lanzadas a combatir la Guerra Revolucionaria que se había enseñoreado en nuestro país (Decretos “S” 261/75 y 2772/75 emitidos por el Poder Ejecutivo Nacional de un gobierno constitucional) y que los subversivos aplicaban y proclamaban abiertamente, aquéllas carecían de una verdadera Doctrina para actuar en el campo interno y debieron improvisar una, en medio de acciones a sangre, fuego y numerosas bajas y se cometieron errores. Uno de ellos fue la obstinada resistencia a reconocer públicamente que se estaba enfrentando una guerra impuesta por el juego hegemónico de las grandes potencias mundiales. Esa obstinación es lo que hoy muchos lamentan pues se privilegió la conservación de la ilusión de que se estaba enfrentando a un simple problema interno, en vez de reconocer que efectivamente la Argentina se había convertido en un real campo de batalla de la Guerra Revolucionaria internacional; que se estaba librando una verdadera Cruzada por la defensa de la democracia y de la misma supervivencia del escenario argentino contra un nuevo tipo de guerra de características globales.
  
LA GUERRA DE BAJA INTENSIDAD

Mencionábamos también la influencia de la llamada “Doctrina de Baja Intensidad” como tema de la reacción norteamericana en las luchas de la Guerra Fría, cuya adopción por el gobierno de Wáshington constituyó una clara y contundente respuesta al desarrollo de la Guerra Revolucionaria comunista en el Continente, alentada y sostenida por la OLAS y todo el aparato soviético que estaba detrás de ella. Pero al respecto, amerita algunas referencias previas.
  
El concepto de Guerra de Baja Intensidad apareció oficialmente en 1988 en dos manuales militares norteamericanos; uno, del Ejército, el FM 100-200, y otro de la Fuerza Aérea, el AFM 2-XY, en los siguientes términos:

“El conflicto de Baja Intensidad es la confrontación político-militar comprendida entre Estados contendores o grupos por debajo de la guerra convencional, pero por encima de la competencia normal, rutinaria y pacífica entre Estados. Normalmente hace parte de grandes luchas ideológicas. La guerra de baja intensidad comprende desde la guerra subversiva hasta el empleo de la fuerza armada. Se conoce por el empleo de varios medios, incluyendo  instrumentos políticos, militares, económicos e informáticos”.

Para llegar a esas conclusiones los militares norteamericanos analizaron detenidamente tanto la experiencia latinoamericana como la propia extraída de sus intervenciones en El Líbano, El Salvador, el intento fallido del rescate de los rehenes de Irán (1980), la invasión a Granada (1983), el bombardeo aéreo a Trípoli (Libia) en 1986, y el derrocamiento del presidente Noriega de Panamá (Operación “Causa Justa” de 1989), demostrando ante el mundo que Estados Unidos no permanecería impasible frente a hechos y circunstancias que llegaran a representar un peligro o amenaza para su propia seguridad nacional.

Con esos fines en 1986 el Ejército y la Fuerza Aérea crearon el Control Conjunto para la Guerra de Baja Intensidad. Al año siguiente se estableció una Junta para la Guerra de Baja Intensidad dentro del Consejo Nacional de Seguridad y se creó un nuevo cargo político: el de Subsecretario de Defensa para Operaciones Especiales y Guerra de Baja Intensidad. Paralelamente fue creado un Comando Conjunto que se denominó Comando para Operaciones Especiales (USSOCOM en su sigla norteamericana) con sede en la base aérea de MacDill, Florida. Dicho comando conjunto tiene bajo su mando a todas las fuerzas especiales de Operaciones Especiales del país (Los Boinas Verdes o Comandos, la Fuerza Delta, las Unidades SEAL y de Buzos Tácticos de la Armada, y los efectivos de la Rama de Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea). Asimismo fue notorio que mientras las otras ramas de las fuerzas armadas norteamericanas iban siendo reducidas a medida que iba distendiéndose la situación política internacional, los efectivos de las Fuerzas Especiales iban creciendo en consecuencia, evidenciando así la firmeza de la política nacional de intervenir directa o indirectamente a través del equipamiento e instrucción de las fuerzas americanas y de otros países comprometidos en la lucha contra la subversión comunista.

Todo ello constituyó un poderoso motivo para aumentar la decepción, debilitamiento y desvanecimiento, no sólo de la Guerra Fría y de la Guerra Revolucionaria soviética, sino de la misma URSS, luego de casi 80 años de existencia revolucionaria y subversiva y de constituir la más seria amenaza para la paz del mundo del Siglo XX.

Veamos ahora, entonces, cómo nuestro país llegó a convertirse en ese teatro de operaciones de la maniobra estratégica soviética destinada a derribar las defensas de Occidente a través del denominado “efecto dominó”, según el cual las piezas del juego (o sean los integrantes de la defensa periférica occidental) podían ser derribadas una tras otra con el mínimo o nulo desgaste y compromiso por parte del poder soviético.

ARGENTINA CAMPO DE COMBATE DE LA GUERRA FRÍA

Nuestro país, situado en el Cono Sur del Continente, país limítrofe con cinco otras naciones hermanas, donde existían importantes núcleos subversivos, no podía dejar de ser blanco de los objetivos de la Guerra Fría y de su estrategia subversiva, la Guerra Revolucionaria.

En efecto, ya en el ejemplar N° 11 del primer volumen de esta Revista, el “Manual de Informaciones” informaba que el 25 de setiembre de 1958 se había allanado en el Talar de Pacheco, provincia de Buenos Aires, una quinta denominada “Stella Maris”, donde funcionaba clandestinamente una pomposamente llamada “Escuela Latinoamericana de Instrucción de Cuadros ¨Aurora¨” perteneciente al Partido Comunista Argentino, cuyos alumnos eran en su mayoría extranjeros, los cuales habían ingresado al país encubiertos como “turistas”, y se habían rotundamente negado a prestar declaración; no obstante lo cual por medio del análisis de la documentación secuestrada podía establecerse sin lugar a dudas que existían fuertes relaciones con países situados detrás de la Cortina de Hierro. Lo que llamó la atención en el allanamiento fue que el aula principal de dicha “escuela” estaba coronada por una de las más conocidas máximas de Lenin, que en gruesas letras mayúsculas rezaba: “Sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario”. Sendas fotografías publicadas en aquel número de esta revista testimoniaban claramente esa circunstancia.

Poco después, el 13 de marzo de 1961, otro allanamiento permitió detectar, en proximidades de la ciudad de Corrientes, a la altura del Km 3 de la Ruta N° 12, otra escuela de formación de cuadros y combatientes guerrilleros denominada esta vez “Juvencio Fernández” (nombre asignado en homenaje de un camarada fallecido), la cual funcionaba articulada en dos cursos que, a su vez, llevaban los nombres de “Antonio Ramírez” y “Antonio Otaso Martínez” (correspondientes también a otros tantos camaradas fallecidos). En este caso se secuestraron fehacientes constancias como ser una densa bibliografía de acontecimientos políticos y militares, numerosas vainas servidas de armas portátiles, residuos de la práctica de tiro, blancos para dicha práctica, machetes de monte, cajas de municiones y otras constancias sobre la naturaleza de las “clases” impartidas, todo lo cual fue debidamente comentado e ilustrado por el “Manual de Informaciones” en su entrega del N° 4 del año 1961.

Mientras esto ocurría en la Argentina, en nuestro vecino Uruguay la “Revista Marxista Latinoamericana”, en su número 9, agosto-octubre de 1959, reconocía con todo descaro:

“...la revolución colonial mundial avanza poderosamente [...] las masas cubanas han demostrado que se puede derrotar al ejército [...] la lucha de las masas latinoamericanas es una parte de ese conjunto y recibe el apoyo indirecto de la revolución colonial mundial [...] La mejor forma de ayudarlas es impulsar la salida a la crisis de crecimiento, el Frente Único Antiimperialista y el Frente Único Proletario en escala nacional y latinoamericana, por la liberación nacional y social, por los gobiernos obreros y campesinos, que dirijan la lucha por la constitución de las Repúblicas Socialistas Soviéticas Latinoamericanas”.

Para comprender el proceso subversivo argentino debemos previamente reconocer cuáles fueron los orígenes del mismo. Así, establecida la estrategia de la aproximación indirecta, o de la conquista sin guerra “caliente” y directa entre el águila y el oso, como algunos han dado en llamar al enfrentamiento que durante la Guerra Fría tuvieron ambos polos políticos opuestos del mundo, se movilizó e integró bajo el escudo cubano el encuentro internacional de los principales movimientos antiimperialistas infiltrados o captados por la ideología marxista. De esa forma se inició en La Habana, el 2 de enero de 1966, la primera reunión de la “Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina”,  la cual dispuso, con el fin de coordinar todos los esfuerzos subversivos, la creación de un organismo estable denominado, precisamente, la OSPAAAL ( Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina), a cuyo frente se puso al conspicuo guerrillero cubano Osmany Cienfuegos, del Partido Comunista de Cuba. Conocidas son las palabras pronunciadas por Fidel Castro en el acto inaugural de aquella conferencia:

“Y en cuanto a nosotros, aquí, delante de nuestro pueblo, lo que no ocultamos: ¡Con Cuba, cualquier movimiento revolucionario, en cualquier punto del mundo, podrá contar con nuestra ayuda incondicional y decidida”.

De la OSPAAAL no tardaría de desprenderse el organismo que tendría a su cargo el desarrollo de la maniobra estratégica soviética en nuestro continente. Así surgió la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), cuya primera reunión se desarrolló, también en La Habana, del 31 de julio al 10 de agosto de 1967, fecha en que se lanzó al mundo aquella célebre proclama revolucionaria, inflamada de palabras que reconocían que “los principios del marxismo-leninismo orientan al movimiento revolucionario de América Latina” (4ta. Declaración).

“La guerrilla como embrión de los ejércitos de liberación constituye el método más eficaz para iniciar y desarrollar la lucha revolucionaria en la mayoría de nuestros países” (10ma Declaración); “Hemos aprobado los Estatutos y creado el Comité Permanente con sede en La Habana de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, la que constituye la genuina representación de los pueblos de América Latina” (última Declaración).

Fue entonces, cuando estaba en plena selva boliviana intentando infructuosamente desarrollar su al final fallido “foco”, que el “Che” Guevara remitiera aquel famoso mensaje que desnudaba su personalidad, en el que reconocía que los guerrilleros debían profesar “...el odio intransigente al enemigo” para convertirse “en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar... un pueblo sin odio no puede triunfar”(10).

Téngase presente que todo esto se llevaba a cabo con el explícito visto bueno de la Unión Soviética, cuyo representante en la Conferencia Tricontinental expresó el 7 de enero de 1966: “Manifestamos nuestra solidaridad fraternal con la lucha armada que libran los patriotas de Venezuela, Perú, Colombia y Guatemala”, o sea países donde ya se había anticipado la acción subversiva de las guerrillas marxistas.

Pero en realidad no eran los únicos países donde se había producido esa anticipación. En efecto, según declaraciones formuladas por el general de Cuerpo de Ejército cubano Abelardo Colomé Ibarra en el ya mencionado libro “Secretos de Generales” (páginas 26 a 28), que en el año 1962 él partió en “misión internacionalista”  hacia Bolivia y Argentina con la finalidad de “Preparar las condiciones para un alzamiento guerrillero en Argentina, que estaría encabezado por el periodista Jorge Ricardo Masetti, quien había hecho una buena afinidad con su compatriota Ernesto Che Guevara”. Al preguntársele con qué nacionalidad entró en esos países, el general Colomé Ibarra respondió: “Argelina... los argelinos habían obtenido su independencia hacía muy poco tiempo y sus principales dirigentes se portaron muy solidarios con nosotros. Nos dieron pasaportes argelinos y nos dijeron que si teníamos algún tropiezo nos reclamarían como ciudadanos de ese país”.

Con respecto a cuál era su responsabilidad, respondió que era la de “buscar una ubicación para crear una base de apoyo y hacerme una fachada para recibir el personal, las armas y pasarlos para Argentina... con la cooperación de un profesional de Cochabamba compré una finca de cuatro hectáreas en Emborogu, sitio ubicado al sur de Tarija, muy cerca de la frontera con Argentina”.

Lo que ocurrió entonces es ahora bien conocido: la Gendarmería Nacional descubrió y desbarató la guerrilla de Masetti, el cual al huir se perdió en la selva y nunca se supo más de él, anticipando lo que le sucedería al propio Guevara, cuyo foco fue destruido en Bolivia, y él mismo fue herido, capturado y finalmente eliminado por los bolivianos en 1967.
  
Y NOSOTROS EFECTIVAMENTE...



“NOS ACUSAN DE QUERER SUBVERTIR EL ORDEN EN ESTE CONTINENTE Y NOSOTROS EFECTIVAMENTE PROCLAMAMOS LA NECESIDAD HISTÓRICA DE QUE LOS PUEBLOS SUBVIERTAN EL ORDEN ESTABLECIDO EN AMERICA LATINA Y EN EL RESTO DEL MUNDO. NOS ACUSAN DE PREDICAR EL DERROCAMIENTO REVOLUCIONARIO DE GOBIERNOS ESTABLECIDOS EN AMÉRICA LATINA, Y NOSOTROS EFECTIVAMENTE CREEMOS QUE TODOS LOS GOBIERNOS... DEBEN SER BARRIDOS POR LA LUCHA REVOLUCIONARIA DE LOS PUEBLOS. NOS ACUSAN DE AYUDAR AL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO, Y NOSOTROS EFECTIVAMENTE PRESTAMOS Y PRESTAREMOS AYUDA, CUANTAS VECES NOS LO SOLICITEN, A TODOS LOS MOVIMIENTOS REVOLUCIONARIOS QUE LUCHAN CONTRA EL IMPERIALISMO EN CUALQUIER PARTE DEL MUNDO...”

(Declaración del Comité Central del Partido Comunista Cubano del 18 de mayo de 1967)



Ahora bien, hay que reconocer que la actividad subversiva en nuestro país no nació precisamente debido a los impulsos de la estrategia soviética de la Guerra Fría y de la Coexistencia Pacífica, sino que en realidad aquélla fue conformándose a partir de la resistencia partidaria surgida a partir del derrocamiento del gobierno peronista de 1955, cuando los elementos desplazados comenzaron a aglutinarse en lo que se dio en llamar la “Primera Resistencia Peronista”, en la cual pronto se distinguirían los sectores izquierdistas guiados principalmente por John William Cooke, y derechistas que respondían a las ideas del general retirado Iñiguez. Así, desde un principio se puso en evidencia que los sectores de izquierda buscaban capitalizar esa “Resistencia”, que por esos días estaba desorientada por su falta de experiencia y la diversidad ideológica existente entre los distintos grupos opositores a la denominada “Revolución Argentina”.

De todas maneras, como los comunistas y sus imitadores o compañeros de ruta contaban con un mayor entrenamiento y experiencia en materia de clandestinidad, pronto se tornó claro que la sedicente “Resistencia” finalizaría por ser copada por los dirigentes de aquella tendencia, previa lucha por el poder y depuración entre las mismas fuerzas opositoras. Ello dio lugar a una serie de uniones, alianzas y separaciones pragmáticas entre los distintos grupos subversivos en medio de un verdadero caos de siglas y pronunciamientos. Pero en cada paso era cada vez más evidente el avance ideológico de las ideas marxistas que terminarían por ser, consciente o inconscientemente, incorporadas tanto en su léxico como en su praxis.

Así, pronto tanto los sectores realmente marxistas como los desprevenidos peronistas comenzaron a hablar abiertamente de Guerra Revolucionaria para implantar una “Patria Socialista”, entendiendo por tal a un régimen antiimperialista que cada vez se acercaba más al modelo imperante en Cuba, país a donde tanto unos como otros iban sus líderes revolucionarios a perfeccionar sus conocimientos ideológicos, militares y subversivos.

Así también, fue como Mario Roberto Santucho, jefe indiscutido del marxista-leninista Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) escribía el 9 de octubre de 1974 en el periódico partidario “El Combatiente”:

“Como marxistas-leninistas podemos afirmar categóricamente que el camino de la liberación nacional de nuestra patria, es el camino de la revolución proletaria y de la Guerra Revolucionaria librada por todo el pueblo bajo la dirección del proletariado revolucionario...” 

Mientras que los pseudo movimientos peronistas, como las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y Montoneros, declaraban conjuntamente en 197312:

“...el desarrollo de la lucha armada como forma principal de la Guerra Revolucionaria, hacía necesario el desarrollo de otras formas de lucha política no armada. De ahí surgió la necesidad de concebir a la vanguardia no solamente como un organismo militar, sino como una organización político militar. Esta organización destinada a conducir a la clase obrera debe estructurarse como partido revolucionario que desarrolle y conduzca la Guerra Revolucionaria integral en todas sus formas”.

Y a pesar que esa declaración de principios reconocía que “esa función de conducir estratégicamente hasta hoy ha sido desarrollada unipersonalmente por el general Perón”, pocos párrafos más adelante, como anticipándose a los hechos, reconocía asimismo que “...esa herramienta organizativa será conducida estratégicamente conjunta y progresivamente con el general Perón, en la medida en que conduzca realmente el proceso a través de los distintos niveles de encuadramiento hacia los objetivos de liberación nacional y social ya indicado. Esa organización política deberá desarrollar una estrategia de toma del poder a través de la guerra revolucionaria integral” (página 598).

Esas prevenciones también existían entre los integrantes del llamado “Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo”,  los cuales en su declaración de apoyo al FREJULI, decían el 20 de febrero de 1973:

“...también en el Frente Justicialista hay intereses espurios, egoísmos y traición. Los odiamos como los odia el pueblo. Y en su momento no vacilaremos en denunciarlos”

¡Extrañas palabras, en verdad, en boca de quienes debían predicar la paz y el perdón de los pecados!

Bueno, todo el mundo recuerda el caso, cuando el general, tras captar sagazmente el proceso subversivo revolucionario marxista que se estaba desarrollando, denunció a los montoneros como mercenarios infiltrados en el Movimiento Peronista en el primer acto público que celebró el 1° de mayo de 1974 en la Plaza de Mayo, lo que provocó el disgusto de éstos, quiénes no sólo se retiraron de la plaza, sino que pasaron a la clandestinidad para desarrollar con saña y crueldad una escalada de la Guerra Revolucionaria con asesinatos terroristas, secuestros y asesinatos de personas y asaltos a unidades militares.

No vamos ahora a describir el desarrollo bélico que tuvo la Guerra Revolucionaria en nuestro país, por exceder ello los alcances de este trabajo. Pero sí podemos reconocer que hacia fines del año 1978 dicha guerra había prácticamente concluido con la más completa derrota y desmantelamiento de las organizaciones armadas revolucionarias, las cuales decidieron, no deponer las armas ni rendirse, sino ocultarlas y continuar la lucha, como había sentenciado alguna vez el siempre consultado y recurrente Clausewitz, “por otros medios...” Pero sobre lo que no existe ninguna duda es que efectivamente existió en nuestro país un período de Guerra Revolucionaria, y no porque lo diga el que esto escribe, sino porque los mismos que la desataron lo reconocían y proclamaban en su momento. Lo curioso de todo este proceso de constante evolución es que en oportunidad de su desarrollo los vencidos la anunciaban a los cuatro vientos, con todas sus letras e inequívocamente en casi todas sus proclamas y publicaciones; mientras que los vencedores, aunque la combatían enérgicamente con grandes esfuerzos y bajas, parecían ignorarla y no la mencionaban por su nombre sino que recurrían a eufemismos. Hoy día, en cambio, el panorama es inverso y aquellos mismos vencidos niegan obstinadamente que alguna vez se haya librado una Guerra Revolucionaria en Argentina, mientras que los arrepentidos vencedores se esfuerzan por tratar de hacer comprender a la opinión pública que sí una guerra y que la misma estaba perfectamente encuadrada en el concepto de la maniobra estratégica soviética que hablaba de enervar, paso a paso, lenta pero inexorablemente, sin arriesgar por su parte la vida un solo soldado soviético, y sin correr el riesgo de un enfrentamiento nuclear, el andamiaje defensivo periférico de Occidente, en el cual nuestro país constituía uno de los tantos campos de batalla.

Es de notar, también, que cuando la Unión Soviética se alejó de esa estrategia e intervino en 1979 abiertamente con sus fuerzas armadas en Afganistán, sufrió en carne propia los efectos de su propia medicina y debió retirarse vergonzosamente de ese país al igual que anteriormente hicieran lo mismo los franceses en Indochina y Argelia y los norteamericanos de Vietnam. En dichos casos quedó demostrado que la superioridad numérica y técnica de las potencias nucleares resultó inútil, no idónea o insuficiente para librar con éxito una guerra revolucionaria contra un adversario elusivo, decidido e impulsado por un fuerte y auténtico sentimiento patriótico nacional, que además contaba con el apoyo ideológico y logístico militar, abierto o embozado del bando contrario, que pasaba a través de fronteras excesivamente permeables.

De todas maneras, la Guerra Revolucionaria fue prácticamente barrida del continente debido en gran parte al rápido desgaste de la misma, a la imposibilidad estratégica y táctica de la Unión Soviética de mantener el ritmo bélico en todos los frentes que había abierto, al perfeccionamiento de la lucha contrasubversiva y, en gran medida, por la gran usura que ese tipo de guerra entrañaba para la propia economía soviética que, además, se deterioraba rápidamente en su vano esfuerzo por equipararse y superar a las economías de los países capitalistas. Pero lo que constituyó la gota que terminaría por rebasar el vaso fue el anuncio del lanzamiento de la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) más conocida como la “Guerra de las Galaxias” por parte de Estados Unidos, que hábilmente la presentaron como una barrera infranqueable para los misiles soviéticos –lo que no era cierto, pero los rusos no lo sabían, no estaban seguros, o podían verificar-. Eso les hizo creer que finalmente en poco tiempo sus armamentos quedarían obsoletos y dejarían de servir como armas disuasivas seguras. Finalmente, la suma de todos esos factores y circunstancias: la retirada de Afganistán, la existencia de la IDE, la accidentada suerte de la Guerra Revolucionaria en África y América Latina, el crecimiento de las demandas de mayores libertades en los países no rusos integrados a la fuerza en la URSS, y el considerable deterioro de la economía soviética, que continuamente se alejaba cada vez más de la tan mentada meta de alcanzar y sobrepasar el desarrollo de Occidente, hicieron nacer entre los líderes moscovitas los signos indubitables del derrotismo, al punto que G. A. Trofimenko, distinguido miembro de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética llegara a expresar consideraciones como:

“Somos pasajeros de un barco: la Tierra, y no debemos permitir que naufrague. No habrá una segunda Arca de Noé... hemos dejado de considerar al Tercer Mundo como el campo de batalla entre el capitalismo y el socialismo...”

Al cesar el apoyo de Moscú cesaron casi simultáneamente las “misiones internacionalistas” cubanas, cuyas tropas fueron repatriadas a la isla mientras las tropas soviéticas comenzaron a replegarse de Europa Oriental, dando lugar al surgimiento de nuevos gobiernos nacionales y el desmoronamiento de los regímenes comunistas instalados en dichos países. En pocas palabras, el tan temido Bloque Oriental dejó virtualmente de existir en la década de los años 90, y el mundo comenzó a respirar nuevos aires de paz y tranquilidad.

Pero el intervalo no duraría mucho tiempo. Otras amenazas comenzaron a aparecer en el horizonte de la situación mundial... ese será, precisamente el tema de un próximo estudio: el análisis de las perspectivas de la llamada Era de la Globalización.

OBRAS CONSULTADAS

DICCIONARIO DE TÉRMINOS HISTÓRICOS: Chris Cook –Editorial Alianza- Bs. As. 1993.
GUERRA REVOLUCIONARIA Y COMUNISMO, Tomo III: Alan Yotuel – Edit La Mandrógara, Bs. As. 1961
GUERRILLAS Y SUBVERSIÓN EN AMERICA LATINA: E. MARTINEZ CODÓ – Edit.Manual de Informaciones, 1968 .
LA CONQUISTA SIN GUERRA: N. H. Mager y Jacques Katel – Editorial Novaro, México, 1964.
GUERRA REVOLUCIONARIA COMUNISTA: Cnl Osiris G. Villegas, - Círculo Militar, Vol. 525, 1962
REVOLUTIONARY WAR IN WORLD STRATEGY 1945-69: Robert Thompson, Taplinger Publishing C. , N.York, 1970
TERRORISM: THE SOVIET CONNECTIO: Ray Cline y Yonah Alexander – Crane, Russak & Co. N.York, 1984.
SECRETOS DE GENERALES: Luis Báez – Editorial Losada, Barcelona 1997.
DOCUMENTOS (1970-1973): Roberto Baschetti, Edit de la Campana, La Plata, 1995.
HOMBRES Y MUJERES DEL PRT-ERP: Luis Mattini, Edit de la Campana, La Plata, 1995.
ESTRATEGIA SOVIÉTICA EN LA ERA NUCLEAR:  Raymond L Garthoff, - Círculo Militar, Vol 514, 1961.
LA GUERRILLA EN TUCUMÁN: Cnl Eusebio González Breard – Círculo Militar, Vol 774, 1999.
LA LLAMADA DOCTRINA DE SEGURIDAD NACIONAL: General Osiris G. Villegas – en REVISTA MILITAR N° 721.
LA ARGENTINA Y LA GUERRA REVOLUCIONARIA: General Ramón G. Díaz Bessone, en Idem N° 722.

¿PELIGRO INMINENTE?: WOLA – Tercer Mundo Editores, Colombia, 1993.